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viernes, 22 de junio de 2012

Writing around (fugly words)



Me pregunto si el amor por las palabras no será solamente el amor por las palabras bellas. Y no hablo de palabras “bellas” como representantes de objetos bellos (aunque esté convencida de que la palabra puede embellecer al objeto), sino como palabras lindas en sí, ese compendio de musicalidad-sonoridad-unicidad-multiplicidad que las hace placenteras solo al leerlas/oírlas. Por ejemplo, todos esos sustantivos que cité para definir los atributos de las palabras bellas.

Quentin Massys, La Duquesa Fea
¿Puedo amar también a las palabras aunque sean palabras feas? ¿Cómo la Bella amaba a la Bestia (aunque después tuviera que devenir en un ser bello como ella para que finalmente el amor se consumase)? Y en realidad, gran parte de mi trabajo (redactar-corregir-publicar) consiste en lidiar con palabras feas. ¿Y saben qué? Mi trabajo es placer para mí, porque trabajo con las palabras.

Es fácil pensar en palabras feas asociadas a significados feos. La palabra “cacofónico” es el primer ejemplo. “Lo que suena feo”, sería etimológicamente. Y por supuesto, para eso tiene que recurrir a imágenes escatológicas. “Escatología”, otra palabra bastante desagradable, que al usarse casi como eufemismo (más que como tecnicismo) solo redunda en las imágenes orgánicas que nos vienen a la mente. En cambio la palabra “orina”, si se piensa como un nombre propio femenino (similar a “Irina”, “Alina” –perdonen la obsesión por los nombres rusos-, “Oriana”) hasta puede resultar bonita. Otra vez, nadie le pondría Orina a su hija, malditos significados que nos roban la magia seductora del significante.

Vulva. Escroto. Glande. Quizás las palabras genitales (aunque “genital” es una palabra que me agrada) tocan algo tan íntimo que ruboriza, viola, acalla. El estúpido pudor que provoca decirlas solo por lo mucho que se nos ha vedado hablar de nuestro sexo. Es la cultura de la clausura la que afea la fonética prohibida de las palabras.

También con la anatomía se vinculan otras palabras que hasta causan espanto. Flemón. Flema. Pústula. Son palabras que llaman  al asco porque se supone que debemos tenerles asco, como se supone que nos debemos bañar todos los días y que debemos gozar la pulcritud.  Debo admitir la fealdad de estas palabras bacteriales aunque mis ojos admiren la estética del pus.

Hoy discutía sobre el significado (o no) de los nombres propios. Los nombres propios que, por definición, no tienen significado; son meros índices. Era la única en la discusión que defendía la postura asignificante. Yo lucho por que las palabras recobren su pureza sonora desprendidas de lo que “quieren” decir. Pero ellas insisten, el mundo insiste en que el sonido y el sentido sean piel y carne. Las palabras lindas embellecen a las cosas, las cosas feas afean a las palabras. Aunque, como dicen, no hay fealdad si no “belleza rara”. Y es la rareza, la extrañeza, la ruptura lo que identifica al lenguaje poético. El origen de la palabra "monstruo" (el epítome de lo feo, la fealdad concentrando todo lo inmoral) está ligado a "mostrar". Lo terrible también nos revela el mundo.

Como muestra, uno de mis poemas preferidos, una especie de bellísima oda a la fealdad en la pluma de Neruda. Tanta fealdad, tanto extrañamiento, que el título tuvo que ponerlo en otro idioma.

Walking Around

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

                             Pablo Neruda, Residencia en la Tierra, 1935


¿Cuáles son las palabras que te punzan con su anti-belleza?



jueves, 11 de agosto de 2011

El mes de la nostalgia, Parte II: Te extraño en todos los idiomas


“Buenos Aires te extraña”, dice un afiche publicitario que invita al turismo en la ciudad del tango. Una pareja de bailarines milongueros se abraza acompañando el eslogan. Y pienso en Gardel, y en su Buenos Aires querido que nunca pudo volver a ver. Sí, ya se asoman las primeras gotas de nostalgia. Buenos Aires extraña a Gardel. Gardel extraña a Buenos Aires. ¿Son ya como dos extraños?
¿Qué queremos decir cuando decimos “te extraño”? ¿Qué sensaciones/sentimientos nos llevan a traducir el deseo en palabras? Y digo “deseo”, ya, porque creo que extrañar es eso: es desear tener cerca a alguien (una ciudad también puede ser alguien) que  se encuentra físicamente lejos. ¿Pero por qué decimos que “extrañamos”? ¿Tiene que ver con lo “extraño” (adjetivo) o con un “extraño” (sustantivo)? Sí. Al menos en nuestro idioma. Cuando ese ser entrañable, que cobijamos en las en-trañas de nuestro afecto, está lejos, ya no lo entrañamos: lo ex-trañamos. Se vuelve una cosa extraña, ajena, lejana. El prefijo “ex” siempre indica algo que está fuera. Y sin embargo, el recuerdo está tan dentro.
En España, no obstante, no se dice “extrañar”. Allí la ausencia sentida se transmuta por la ternura del “te echo de menos”. De nuevo, lo externo, lo que está afuera: “te echo”. Lo nuevo, respecto a nuestro extrañar: la falta, lo que está “de menos”, la parte que nos falta. Las entrañas  del afecto que se van de nuestro vientre y hacen que nos duela el estómago cuando quien amamos está ausente. Es cuando podemos decir: no sabes cuánto te he echado de menos.
John William Waterhouse, Penelope
La falta de lo querido se hace aún más tangible en la –siempre bellísima- expresión francesa: “tu me manques”. Tú me faltas. Así de simple. Tan simple como estremecedor. Cuando se traduce al español, la frase se reescribe como “te extraño”. Pero es mucho más que eso: es “tú formas parte de mí y tu presencia aquí me hace falta”. Me haces falta, es decir, te necesito. Aquí, no allí. El aquí y el allí, desencontrados. También en italiano, si traducimos nuestro “te extraño”, nos encontramos con un “mi manchi”. “Nos encontramos”, sí, aunque esa falta indique todo lo contrario.


El dolor de la falta se materializa en otra faceta del desencuentro cuando pasamos al inglés. “I miss you”, dicen los anglófonos. Pero “miss” no es solo “extrañar”, es también “perder”. Es lo que se tuvo y nos fue arrancado. Te extraño: te pierdo. (Idea Vilariño, siempre: “Como si ya te hubiera perdido alguna vez”). Cuando perdemos algo, significa que no lo podemos encontrar. Permanece perdido hasta que lo (re)encontramos. Perder: “ex-traviar”, asombrosamente parecido a “extrañar”, aunque “extraño”, en inglés, se diga “stranger”. La nostalgia como pérdida, como algo que se nos escapa. El problema es si al final “perdemos” también la batalla contra la distancia.
En portugués (en Brasil) todo es más alegre y colorido. Incluso los sentimientos más dolorosamente indescriptibles. Los brasileños cuando extrañan no usan un verbo, usan un sustantivo: saudade. Tan intraducible como inefable el sentimiento. Puede, quizás, equipararse con nuestra nostalgia, con nuestra melancolía. Pero la "saudade" es más que eso. "Tenho saudade de você" se dice siempre con sonido a Bossa Nova, en algún atardecer oceánico que es la mezcla perfecta entre dulzura y desazón.


Giorgio de Chirico, Il Rittorno di Ulisse, 1968.

Hay un precioso capítulo de Milan Kundera en su novela-ensayo La ignorancia, donde recorre las variaciones  idiomáticas de la nostalgia asociadas a las ansias de volver a la tierra natal (el eterno retorno de Ulises, la eterna espera de Penélope). Allí menciona otro sinónimo del verbo “extrañar”: “añorar”. La añoranza no solo comparte con la extrañeza la letra ñ. Como explica Kundera, añorar viene del verbo catalán “enyorar”, que a su vez deriva del latín “ignorare”. Esa génesis de la añoranza en la ignorancia no se da solo etimológicamente sino pragmáticamente, en el sentir. Añoramos porque ignoramos. “Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país está lejos, y no sé qué ocurre en él”(1). Es por eso que extrañamos tanto. Cuando menos sabemos, cuanto más dolorosa es la incertidumbre, mayor el deseo de disolver las distancias.
Y aquí viene mi ligazón entre ambos verbos, extrañar y añorar (además de la ñ que comparten): lo ignorado, lo desconocido, es al fin y al cabo lo “extraño”. El “stranger”, en inglés, que pensábamos nada tenía que ver  con el enternecedor “I miss you”.
Kundera cuenta que “nostalgia” se compone de los vocablos griegos nostos y algos. El primero significa regreso, el segundo, sufrimiento. La nostalgia se revela como “el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”. Regresar a nuestra tierra, al lugar que añoramos. Regresar a la persona que para nosotros es nuestro lugar. Regresar a lo que éramos, y ya tal vez no sea. Regresar para progresar, tal vez. Regresar, volver. Volver a vernos. Y el deseo incumplido: la nostalgia. Agridulce, sigilosa, serena, poderosa. La nostalgia que nos aprisiona pero que es una de las sustancias más potentes para mantener con vida los deseos, aunque solo sean deseos de regresar, de volver el tiempo atrás. A fin de cuentas, deseos de lo ilógico, casi de lo imposible. Y también deseos que son antídotos contra el olvido.


Francesco Primaticcio, Ulises y Penélope
Pero ¿qué pasa cuando sentimos que extrañamos lo que aún tenemos cerca?
 ¿Se puede tener una nostalgia anticipada? ¿Una nostalgia del futuro? ¿Pero… cómo? Quizás simplemente la nostalgia también lleve en su regazo ese deseo de retornar eternamente.








(1)  Kundera, Milan, La Ignorancia. Tusquets Editores, Barcelona, 2000.