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jueves, 16 de agosto de 2012

Crónicas de una muerte anunciada (la de lo artístico en la gimnasia artística), Parte II



Ya pasaron nueve días desde la última final de gimnasia en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Todo lo que los espectadores consuetudinarios (por usar un término londinense) hemos esperado durante cuatro años se terminó, se extinguió, dejando ese vacío existencial que solo puede ser llenado con una melancolía irremediable o con historias de historias de historias acerca de cada uno de los acontecimientos sucedidos en el campo de juego. Y como nos gustan mucho los metarrelatos, aquí viene la segunda parte de la crónica gimnástica iniciada con la final de viga. Como buena adicta, seguí convenciendo a un amigo que nunca había probado a compartir conmigo la final. Resulta que ahora mi amigo, Seba PelaDios, es ya más experto en la disciplina que el 77% de los comentaristas deportivos.   
Ya saben la consigna: amor a Rumania, desprecio a EEUU, respeto a Rusia. Rojo para mis comentarios, azul para los de Seba PelaDios, amarillo para los mensajes de texto que se intercambiaron durante el visionado de la final.
(Y para que la vean junto a nosotros, comentada por nuestros paralelos ingleses:)

Londres 2012. Suelo, manos libres, piso, salta que te salta:

La primera fue la rusa Kseniia Afanaseva. Actual campeona del mundo, una de las preferidas para ganar, una de las que mantienen el arte en este deporte. Se retorció y tijereteó por los aires. Amo su coreografía, especialmente la parte en que hace una especie de nado sincronizado (con ella misma). Las chilenas que podría hacer esa mujer en la selección. Deberían meter a estas minas en el equipo de fútbol. 


Afanasyeva y su giro original. Y usa Bajofondo.

Lástima que se fue del cuadradito ese. En el piso ya estás en el piso, así que es complicado que te caigas, pero te salís de los bordes del cuadradito ese y fuiste. Otra vez advertiste, sin saberlo, que eso lleva penalización. Kseniia fue. Una pena. Esto le abre las puertas a you-know-who…

Jordyn Wieber, yanqui, también se nos salió. Su peor serie de suelo en años. Campeona mundial del All Around, y se va de Londres sin ni una medalla individual. Después el entrenador (un twittero detestable) se excusó diciendo que compitió lesionada. Se retorció, bailó, saltó, metió onda, y en una se caía se caía y se dejó caer de rodillas para hacer un firulete tipo Naymar/Suarez/Maradona. Ta bien, si metés la pata, dibujá. Otra vez, qué ojo afinado resultaste tener. A mí me dio la misma impresión. Cuando Wieber clava, se mantiene para mostrarlo. Le podrían haber descontado por caída. Astuta la gringa. Menos mal que se salió de los límites, sino le encajaban la plata a ésta, estoy seguro, de ortivas que son nomás. Sí, de sobrepuntuaciones yanquis ya estamos hasta la coronilla.
Lo que el gif no muestra es cuando se salió de los límites


La otra gringa, Alexandra Raisman, la que nos robó el bronce en el fierro ese donde juegan a hacer equilibrio (la viga), bueno, esa misma. Acá se lució un poquito (clavó todas las diagonales la muy maldita), metió unos pasitos de baile (¿Baile? ¿WTF? ¿Los play mobil bailan?), pero qué querés que te diga, ya le tengo bronca. Que reviente. Lamentablemente, nuestros deseos no son órdenes. 15,600, el puntaje de suelo más alto del cuadrienio. Fucking shit.


Todo el mundo pira con esa primera diagonal. 


Mariana: (12:49) Los comentadores de Terra son de Terror.

Seba: (12:50) Abominables. Y esta puta yanqui ya le tengo bronca. Podio las pelotas.


Pero llegó el camionazo, Catalina Ponor. Y la rompió, y la rompió, y la rompió otra vez. Agarró todos los tujes posibles y los rompió violentamente. El ejercicio de su vida, todavía más perfecto que el ejecutado para ganar el oro en Atenas 2004 (¿mencioné que Catalina fue oro en viga y suelo y por equipos en esos Juegos, hace OCHO años?).


Cuádruple giro y una diagonal más difícil que la que hacía cuando tenía 16 años


Mariana: (12:53) Si Cata no supera a la p#%* yanqui me corto un hue#!.

Seba: (12:54) Tatatata… Nos están robando!!


 Pero claro, no habla inglés, y aunque fue mejor que la misma yanqui que le robó el bronce en el fierro ese, la dejaron por debajo de la misma, otra vez, porque sí, porque no hay otra razón. Raisman tiene más dificultad, pero que tenga menos ejecución que ella es im-per-do-na-ble. A los jueces les importa un huevo (el mismo que todos y todas nos estamos por cortar) la presentación artística, la personalidad. Prefieren mantener las gimnastas en el sistema, mecánicas y sin un ápice de individualidad. Ponor fue mejor, y está mucho más buena y fuerte, (improperios censurados por la editora).


Australia (¿?) (aunque usted no lo crea, es uno de los países secundarios del panorama gimnástico), Lauren Mitchell (campeona mundial de suelo en el 2010, aunque usted no lo crea). Discreta, pero no se salió de los limites, y eso bastó. A veces no cometer errores es más que suficiente. Para mi gusto tuvo varias imprecisiones. Pero es verdad, generalmente una rutina mediocre sin errores es mucho más valorada que una brillante, con algún error. ¿Aly Raisman bronce en viga, anyone?


Vanessa Ferrari, italiana. Una gacela tetona que madre mía. Y… Tiene sus 22 años. No es ninguna púber al estilo chino. Y, sobre todo, no solo no es china, es italiana. Imaginate si no fuera gimnasta. (Igual lo que más me llamó la atención fue el diseño extravagante de leotardo, nunca había visto uno sin una manga). Ya antes de arrancar metió una respiración profunda que viste que se te inflama el pecho al mango y dije fuaaaa re macho sexista asqueroso. Lo dijiste tú, no yo. Como editora podría censurarte. Seguro que la gimnasia artística es un invento de los hombres, me la juego. Y anduvo bien. No es fácil tener tetas en esta disciplina, por eso escasean casi tanto como en la selección de fútbol femenino de Japón. Vamos por el comentario gimnástico: mi streaming se congeló, no pude ver la serie, pero dicen que anduvo bien, mucho estilo y mucha dificultad. 14,900, nada mal.
Ferrari derrochando estilo (en movimientos y en moda)


Aliya Mustafina, otra rusita. ¿Rusita? No se usan diminutivos para hablar de la GRAN Aliya Mustafina. Puta que son lindas. Sabía que te iba a gustar. Yo qué sé qué hizo, no paraba de ver su belleza. Belleza pura, lisa y llana, no sé si soy claro, pero belleza al fin. Belleza emana de esa rutina con esa música melodramática y esos movimientos de bailarina. Uno de mis suelos preferidos de estos Juegos. Una carita que me la como con mermelada de higo ¿me entendés lo que te digo? Con rima y todo. Mustafina inspira poesía. Tenía el número 404. ¿Para qué carajo sirve el número en la espalda? No sé, pero me acuerdo. (*SPOILER*) Dejó afuera del medallero a la tetona de Italia, una lástima. Bronce para Rusia. Puntuó igual que Ferrari, pero al tener mayor ejecución, la sacó del podio y se convirtió en la gimnasta más condecorada de Londres.



                                           ¿Ya dijimos "belleza en movimiento"?


Sandra Raluca Izbasa, rumana carajo. Campeona olímpica en suelo 2008, la única capaz de desbancar a Raisman, con un suelo que es ARTE en movimiento.  La jeta que metió antes de arrancar (“bitchface” o “gameface” en la jerga blogimnástica), yo le daba el oro.


Sí. ESA cara.

 Y cuando comenzó la música, Shine on you crazy diamond de Pink Floyd… me enamoré por los siglos de los siglos. Poesía hecha gimnasia. 


Podría ver este gif 87 minutos seguidos

Pero el final Izbasa, el final… se nos acabó la cancha, nos caímos, faltó equilibrio, quedamos de rodillas…puta madre. ¡¡¡¡Nooooooooooooo!!!!! ¿Por qué se tuvo que caer en la ÚLTIMA diagonal??? Acá es cuando todos en mi oficina (sí, miré las finales en la oficina, con el debido permiso) se dan vuelta para ver si me ha pasado algo ante el grito de horror que emito. ¿Qué nos pasó? Trato de pensar todas las teorías posibles y no puedo explicar qué pasó. Quizás Sandra sintió que no le daba para superar a Raisman, y se quedó sin fuerza. No me importa, ya tiene el oro en salto, y esa es la mejor rutina de los Juegos, y posiblemente de los últimos cinco años.  

¿Qué nos pasó? Nos pasó que está todo robado. Que Ponor era el oro pero le dejaron la plata porque obvio, no habla inglés. Me dirán que la australiana sí, pero no se confundan. Estados Unidos era colonia británica, Australia una prisión, no es lo mismo. Es como el hijo legítimo y el bastardo. Chau bastardo.

15,200 para Ponor, 15,600 injustificadísimos para Raisman. Llegó la corrupción a las olimpíadas, y empezó por la gimnasia artística.

 Y así es cómo la porquería de código de puntuación en la gimnasia (y las bonificaciones pro-yanquis… ¿cuál creen que es la federación más rica del mundo?) resulta en la campeona de suelo menos artística, menos interesante y menos inspiradora que existió jamás. Estoy pensando seriamente en convertirme a la gimnasia rítmica. El problema es que no tiene muchas rumanas. 


sábado, 11 de agosto de 2012

Crónicas de una muerte anunciada (la del arte en la gimnasia artística), Parte I.

Catalina Ponor, leyenda viviente de la gimnasia rumana

La gimnasia es una evasión de la vida. Para empezar, en la vida la gente no vuela, en la gimnasia sí. En la vida nada llega a la perfección, en la gimnasia, quizás. En la vida los movimientos son pura prosa, en la gimnasia el movimiento se convierte en arte… Hasta que estos Juegos Olímpicos asesinaron la parte “artística” de la “gimnasia artística” a través del 60% de los oros que otorgaron.

Claro que, además, la gimnasia es evasiva porque nos transporta a la realidad paralela de una ficción. No me detendré otra vez en las competencias como narraciones relatadas. Solo diré que en a lo largo de seis jornadas me evadí por completo del universo circundante para sumergirme en el mundo de las finales olímpicas de gimnasia. Porque si los Juegos Olímpicos son el gran relato de la gimnasia, también son el súmmum de la evasión.

Afortunadamente, no estuve sola en esta obsesión desquiciada de mirar gimnasia y alentar a las rumanas desde el otro lado del planeta. Mi buen amigo Seba PelaDios, que no sabe nada de gimnasia pero sabe mucho de estética femenina, me acompañó en el frenético visionado (desde el otro lado de la región metropolitana, mensajes de texto de ira y admiración de por medio). Por supuesto que, aunque nunca antes había mirado gimnasia, mi buen amigo tenía muy claro cómo debía mirar: amando a las rumanas, aborreciendo a las yanquis, respetando a las rusas. Así fue que surgió esta crónica compartida de las finales de viga y suelo en gimnasia artística. Sus comentarios en azul, los míos en rojo, los mensajes de texto en amarillo. Se incluyen videos de las rutinas para que el lector tenga alguna idea menos pálida de lo que estamos hablando.


Mar: (9:39) 10.50, viga. 12.00, suelo. Rumania en ambas finales. Necesito tu crónica, sería lo mejor de mis Juegos.

Seba: (9:46) Hoy es mi día libre, y debería dormir hasta después del mediodía. Curiosamente, por razones ajenas a la empresa, no es así. Por lo tanto, lo veré en vivo y en directo, y cronicaré como corresponde.

Londres 2012, Parte I. Minas en el fierro ese. Final de Viga o Barra de Equilibrio

La china Sui Lu (actual campeona del mundo en viga, una de las favoritas), una china tan chiquita… Y arrancó y claro, no parecía gran cosa. Pues lo es, tiene una técnica asombrosa, líneas casi perfectas, altísima dificultad... Aunque en mi opinión le falta alma. Las chinas son tan mecánicas, excepto cuando se caen a la miércoles. Tan nena, de esas que vienen al cumpleaños de tu hija, ¿Qué te vas a imaginar que se va a retorcer por los aires sin caerse? ¿Que te va a meter (*SPOILER*) una medalla de plata en el tuje? ¿Que tiene 20 años si parece de 12? Por cierto, las chinas tienen un oscuro historial en la falsificación de edades.

                      

            Acrobacia, más acrobacia, más acrobacia... Cero coreografía, cero personalidad


Y la rumana Catalina Ponor, un camionazo. Mezcla absoluta entre rockstar y diosa guerrera del Olimpo. Cinco espaldas mías y cuatro piernas, 24 años, 1.50 de altura. Pero fue un desastre. Sí, fue un desastre para sus estándares. Dos grandes desequilibrios y un desmonte bastante imperfecto (aunque se animó a elevar la dificultad). Catalina fue campeona olímpica en viga hace OCHO años, se retiró durante seis años y volvió en 2011 con más dificultad de la que tenía antes. Catalina simplemente no se cae, no titubea, nada. Esta que vimos no es la verdadera Ponor. ¿Qué nos pasó? No sé, pero al menos estoy enamorado. Todos estamos enamorados de Ponor.  Eso suma puntos ¿no? Yo juez y gendarme le doy puntos por camión. Chiquititas saltamos y nos retorcemos todos. Exactamente. La mina tiene mi edad, más noche que la que tuve yo toda mi vida y va ahí y la rompe en una barra de diez centímetros de ancho. Bueno, CASI siempre la rompe. Igual creo que los jueces también se enamoraron. 15,066. Queda segunda, aunque quizás no sea suficiente.
           
                  
                                                              Enamórense.       
  
La otra chinita  Deng Linlin (una veterana del equipo chino, campeona por equipos en los Juegos del 2008), de 1,46 m de altura…¡fa! Terminó para atrás, fue un robotito. Otra vez, aciertas. Son robots, cuando no fallan. Debo reconocer que hoy las chinas estaban bien aceitadas, como recién salidas de un service de alta tecnología.). 15,600. (¿Deng Linlin? ¿Quién demonios se lo esperaba? Casi no había tenido participación mundial desde el 2009, cuando ganó el oro mundial en este mismo aparato) Rompió ortos. No sé que es 15,600, pero fue 15,600, eso estoy seguro. 15.600 es TREMENDA nota. Casi inigualable, aunque algunas gimnastas que siguen, si no fallan, podrían estar rozándola. 

 

                Perfección, pero sin alma. I'm a cyborg but that's OK.

En cambio, Larisa Iordache, rumana… Mi gimnasta preferida. Otro desastre. (Gritos marianísticos de angustia y desesperación). Metió un hermoso final, pero nada más. ¿Qué nos pasó (otra vez)? Una cronista dijo, respecto a esta rutina: “si pudiéramos olvidar los primeros diez segundos”… Si no se hubiera caído, metía el podio. Que qué nos pasó: una lesión de porquería, justo antes que empezaran los Juegos. Mi fanatismo es la yeta de mis gimnastas favoritas, primero Ana Porgras se retira, ahora Larisa sin ni una medalla individual.


Imperfección, pero con alma. ¿Por qué, por qué, por queeeeeeeeeeeeé se tuvo que caer?

Mariana: (11:15) Tragedia

Seba: (11:15) Qué nos pasó? Fuimos horribles.

Kseniia Afanasyeva. Ya subió como para comprarme (alguien me advirtió que me iban a gustar las rusas). (Yo.) Le faltó culo para mi gusto. No, suerte no, que no tiene mucho culo digo. Yo jurado eso lo punteo. ¿No puntea el tuje? Debería. Ni tuje real ni fortuito, ya ves que tuvo una serie buena pero la baja dificultad le dio un puntaje mediocre: 14,5.




Al menos uno de los especímenes artísticos que sobreviven en el deporte.

Gabrielle Douglas, la yanqui. ¡JA!! Se cayó, eso le pasa por haberse metido en medalleros que no le corresponden el otro día. En no sé qué haciendo no me acuerdo. En el All Around. Con esta actuación nefasta y otro error en la final de asimétricas Douglas se convirtió en la primera campeona All Around en no ganar medalla alguna en las finales de aparatos. Ya lo decía yo que eso había sido un día de suerte.


Demasiadas entrevistas y poca concentración hacen que Gabby se ponga inconsistente.

La otra rusa, Viktoria Komova. Arrancó tan bien, tan bien… y pum, al piso. Como gimnasta tan perfecta como archi-perfeccionista, es una característica de Komova rendirse si un elemento no le sale absolutamente magistral. Es como si prefiriera directamente perder un examen antes que no aprobarlo con 12. Y al final también. Otra vez, o es todo, o es una garra. Una lástima, porque cuando uno se queda sin rumanas obviamente se quiere fornicar a las rusas. Totalmente. Y sin embargo las chinas, las más chiquitas, (*SPOILER*) ganaron. Luego a uno lo acusan de pedófilo. No empecemos con la pornografía infantil asiática.

Komova vuela, vuela, vuela... Hasta que la gravedad y el perfeccionismo la succionan hacia el piso.



Pero quedaba la otra yanqui, Alexandra Raisman. Es una roca la muy maldita. Aunque no estuvo tan sólida como otras veces. Igual, aunque hubiese clavado todo, me hace tan poca gracia como una pared blanca con puertas grises. A-bu-rri-da. ¡14.966! ¡Queda cuarta detrás de las chinas y Ponor!



Una de las grandes asesinas del arte en la gimnasia. Si esto es digno de podio entonces yo soy bailarina del Sodre.

Mariana: (11:25) Catalina bronce!

Seba: (11:26) Si? JA!! Justo se me cortó y ya estaba puteando a la gringa en mi crónica porque di por descontado que esa puta nos dejaba afuera. VAMO NOSOTRO CARAJO!!

Mariana: (11:27) Igual están evaluando su puntaje. Hdp.

El entrenador de Raisman pide que revisen la nota de dificultad, los jueces aceptan la solicitud y le suben una décima. Queda empatada con Catalina, pero como tiene mayor ejecución (que Raisman gane por ejecución es imperdonable), se queda con la medalla la muy, muy maldita. Ya puedo ir a pedirle un papel a Julio Bocca.

Mariana: (11:30) (Improperios varios, irreproducibles).

Seba: (11:31) Yo sabía… Cómo sabía?... No sé, pero sabía. Puta. Sigo puteando entonces.



 La puta gringa nos dejó sin bronce a los rumanos. Obvio. Me la vi venir. Si esto es todo a dedo. No podían negarle la victoria a las chinas, pero lo que queda… A ver, a ver, ¿usted habla inglés? Tome, tome, sírvase, una medalla. No, no, no me agradezca, es un regalo. Un regalo inmerecido. ¿Qué? ¿Qué dice usted, señora rumana? Disculpe, no le entiendo, acá en Londres solo hablamos inglés. Sorry. 


Mariana: (11:40). Lo peor de todo es que el entrenador de Raisman es RUMANO. Vendepatria del or*o.

Seba: (14:05) Qué? Ah, ta, cuanta infamia junta!!

viernes, 27 de julio de 2012

Por qué el deporte también hace llorar y otros relatos olímpicos



-Pero podés ver los resúmenes en los compactos de los informativos– intenta argumentar inútilmente mi padre cuando le cuento desesperadamente que las competencias olímpicas de gimnasia coinciden con mi horario de trabajo. 
-No. No puedo mirarlo fríamente en diferido conociendo el resultado de antemano. Necesito vivirlo, sufrir, llorar, putear.
Mi padre vuelve a intentar consolarme dando una breve muestra de su único conocimiento sobre gimnasia y su inmenso conocimiento sobre mí. 
- Esperemos las rumanas hagan honor a Nadia Comaneci.




Vivirlo. Sufrir. Emocionarse hasta las lágrimas. Putear hasta tirarle con un almohadón al televisor. Catarsis. Catarsis. Catarsis. Catarsis. La necesidad de identificarse con un yo exterior, ideal, donde se proyectan las aspiraciones frustradas y los deseos más profundos. Un yo exterior que en esta época del año es ineludiblemente un deportista (un remero, un halterofílico, otra vez un jugador de fútbol) y que en todas las épocas de mis años es una gimnasta, rumana. Podría citar a Freud y su “Psicología de las masas y análisis del yo”, pero me es más sencillo linkear algunos argumentos explicativos de por qué amo la gimnasia y por los que Rumania y Uruguay son gemelos en el universo deportivo (acá van otros dos, por si hacían falta: la abreviatura de Rumania en inglés es “ROU”, igual que la sigla de nuestra República; la entrenadora de cabecera del equipo femenino  rumano se llama Mariana, igual que yo).

Gimnasta, remero o halterofílico (deporte con nombre perverso si lo habrá), la cuestión es que esa identidad (o aversión) espectador-deportista solo puede producirse cuando ese personaje es introducido en un drama, un relato, una escenificación. Una historia que se nos narra desde las pantallas, nos involucra, nos mantiene en vilo, hace sacar lo más violento y lo más sensiblero, aunque sea en dosis mínimas e imperceptibles. Los deportes olímpicos nos con-mueven, porque se nos narran. Más allá de la espectacularización, las globalizaciones mediáticas, las multinacionales con sus multillonarios intereses acaparando nuestros televisores y nuestros ojos y nuestras apaleadas y alienadas conciencias. Más allá de todo eso, simplemente me interesa pensar los eventos olímpicos como relatos. Como esos relatos que nos contaban en la niñez y que necesitamos ver reinventados en formas (no tan) diversas al “había-una-vez”.

Ya lo dijeron los griegos


Puede ser que los “grandes relatos”, como predican algunos posmodernistas, hayan caído. Qué importa: tenemos los pequeños relatos.  Que si Michael Phelps se coronará como el atleta más laureado de la historia, quitándole el lugar a la gimnasta soviética Larisa Latynina. Que si los ingleses abuchearán a Suárez en el desfile inaugural. Que una saltadora griega no contuvo su pulsión comunicante y twitteó una bestialidad racista, perdiéndose los Juegos Olímpicos para los que había entrenado toda la vida. Que si la selección uruguaya de fútbol estará a la altura de las expectativas y de las predicciones del 88% de los portales que lo dan como medallista.

Omar Rincón define a las “culturas mediáticas” actuales como un cúmulo de narraciones que responden a la lógica de la sociedad del entretenimiento. Por supuesto, el deporte es uno de los eventos más narrativizados de los medios, desde las infinitesimales películas sobre deportistas hasta los relatos en simultáneo de los partidos. Y bien que nos entretienen, claro.

Y como todo en la vida, lo dejaron registrado en un jarrón.
Pero la relación entre el deporte y el relato es muy anterior al imperio de las pantallas y a la invención del periodismo deportivo. Como todo en esta vida, los antiguos griegos inventaron los deportes olímpicos atribuyéndoles orígenes míticos. Dicen que fue Heracles (más conocido como Hércules) el propulsor de los Juegos en honor a su padre, Zeus, el dios más importante del Olimpo (de ahí la derivación, naturalmente, aunque algunos señalan que la raíz es “Olimpia”, la ciudad de los primeros juegos). También dicen que, cuando los juegos se celebraban cada cuatro años, las guerras se detenían (¿quizás simplemente porque se trata de también de una batalla, pero representada, como persiste en las metáforas bélicas de los comentaristas deportivos?). 

Los atletas eran venerados; la fuerza y la destreza asociadas a la belleza del cuerpo eran parte de la areté (cualidades enaltecedoras para los griegos); el deporte era una vía para alcanzar la gloria por la que los deportistas sacrificaban todas sus horas. Años de entrega, segundos de competencia, gloria eterna. Sabemos que Aquiles prefirió una vida corta y llena de honra que larga, aburrida, olvidable. Basta conocer la rutina de un deportista de elite para descubrir que las cosas no han cambiado tanto  en todos estos siglos. 

Nadia Comaneci, Carl Lewis, Larisa Latynina, Michael Phelps. Todos nombres que nadie duda de equiparar al estatus de “héroes” o “leyendas”, sobre todo los reportes que tanto han pululado sobre la historia (narraciones otra vez) de los Juegos Olímpicos. Las “hazañas” y los momentos “épicos” también se venden al por mayor en los pseudocumentales, flashes televisivos y artículos web que sirven de antesala el inicio de Londres 2012.


Dramatizar lo irreal


El deporte no es real. Es en sí mismo una representación. Tiene el origen en algo real (la maratón surgió por la necesidad de llevar mensajes de una ciudad a otra) o mítico (la pelota asociada a los astros en el Popol Vuh), pero es siempre una escenificación, un juego, una suspensión de las circunstancias actuales para crear un universo con reglas propias y solo válidas para esas coordenadas espacio-temporales del hecho deportivo. Por eso son “Juegos”, precisamente.

Pero el hecho deportivo no queda allí. Las culturas mediáticas actuales (otra vez Omar Rincón)  deben dramatizar todos los sucesos, incluso los más caóticos, para insertalos en la coherencia de la narración. Así, permanentemente se busca lo narrable de una competencia, se ficcionalizan las acciones, se generan expectativas a través de predicciones anafóricas.

La gimnasia, por ejemplo, nació con una gran historia: Nadia. Antes estuvieron Latynina, Carlavska, Korbut, pero fue Comaneci quien desencadenó la verdadera (r)evolución de la gimnasia y sembró sus arquetipos con aquel primer diez perfecto. El eterno icono  de la perfección que en realidad no fue perfección pero qué importa.

La portada de Time cuando Nadia asombró al mundo


Y son esas historias grandes y mínimas las que me envuelven día a día para que lea decenas de noticias y reportes y previews y análisis de gimnasia en la esfera virtual de la “Gymternet”. La triste historia de la gimnasta que nunca llegó a los Juegos Olímpicos por culpa de una lesión insistente; la de la gimnasta con aires de diva que no pudo volver al gimnasio a tiempo y fracasó en competir en sus segundos Juegos; la del equipo que todos daban por muerto y se recompone en el momento exacto para dar pelea (¿metáforas bélicas, yo?). Los principales eventos de las competencias son con frecuencia catalogados como “storylines” en un fascinante paralelismo con el cine y la TV; las transmisiones de la NBC de Estados Unidos necesita mostrar clips lacrimógenos (llamados “fluffs”) sobre el inmenso esfuerzo de las atletas para luego mostrarlas ejecutando una rutina; la palabra “drama” es utilizada en casi el 47% de los comentarios de los foros cibernéticos sobre gimnasia.

No es simplemente que el melodrama “venda” o “entretenga”. Es también que los simples mortales precisamos las empatías, los personajes detrás de las frías rutinas, los héroes detrás de los deportistas, los dioses detrás de los héroes. 


Y después nadie comprende por qué rompo mi abstinencia de llanto cuando descubro que mi gimnasta preferida tiene una inflamación en el pie que compromete sus posibilidades de medalla. 


lunes, 5 de diciembre de 2011

No es otra tonta película croata




Película croata, cortesía de imágenes de Google
bajo el rótulo de búsqueda "Croatia Movie"
A veces me siento un personaje de Sitcom. O peor, de una típica comedia americana, pero uruguaya. Otras, soy el personaje de una película independiente aburrida. Una película independiente aburrida de algún país centroeuropeo, Croacia, por ejemplo, tampoco vamos a tener grandes aspiraciones. Uno busca lleno de esperanzas y termina tornándose un cruel y tragicómico personaje de una película que todavía no se rodó. Una especie de copia del original inexistente (gracias, Jameson), un arquetipo individualizado de todos esos contenidos ficticios que ha consumido (y lo han consumido a uno) durante tantos años de mirar películas y series y telenovelas.

Voy llorando en el mugriento ómnibus 175 y la escena es de un polvoriento filme croata que tal vez pasarían en algún invierno en Cinemateca. Relato el episodio en el trabajo al día siguiente bajo el rótulo “conseguir que te den el asiento en un ómnibus repleto” y la escena es de una Sitcom al estilo The Office pero sin cámaras y con actuaciones no tan hilarantes. Y la verdad es que si tengo que elegir prefiero ser el personaje de una Sitcom. Ni siquiera la protagonista: más bien un secundario de esos risueños que pasan por los lugares tarareando alguna melodía y riéndose de que la vida no le sonríe.

Reírse de la desgracia. Varios definen al humor desde esa concepción. En realidad yo no me río de mi desgracia. Me río de la forma estúpida en que suelo enfrentar mis desgracias. O, más bien, me río de la capacidad histriónica de convertir sucesos no demasiado relevantes (al menos no en comparación al hambre mundial y a las guerras de Oriente) en desgracias. Y es ahí cuando la desgracia se vuelve graciosa. La desgracia me hace gracia. Hasta que irrumpe de nuevo la cámara del director croata a pintarme ojeras horribles y días sin sentido.

Imitar la ficción

Muchas teorías del séptimo arte se han hartado de analizar (y en ocasiones, ensalzar) la conexión inextricable del cine con  la realidad. Todo razonamiento lógico indica que, si el cine es un arte mimético, como todas las artes performativas o escénicas (gracias, Aristóteles), entonces imita a la realidad. El cine imita a la vida. Y no obstante, nos pasamos escuchando frases que invierten esa lógica casi mecánica. “No te hagas la película”. “Estoy de novela”. “Precios de película”. “Sus palabras son puro teatro”. En  muchos casos parece que es la vida la que imita a la ficción. ¿Cuántas veces hemos escuchado ya una banda sonora tristísima en una de esas tristísimas despedidas? Podemos pensarnos como protagonistas de una escena que solo está siendo filmada en nuestra memoria, o vernos a nosotros mismos como personajes totalmente terciarios, bolos, extras, en una escena donde los protagonistas son los otros.

Imitando la ficción, literalmente. Y esperando un tren. Foto: Joaquín Moreira


Aunque lo que duele es que siempre, los protagonistas de nuestra película somos nosotros mismos. Una película que en su realidad nunca se condice con lo que nuestra ideal película de la realidad desglosaría escena por escena. Como en esta secuencia de 500 Days of Summer. Contraposición expectativas/realidad. Cine/ realidad. Y lo irónico es, justamente: ¿cuántas veces la vida se parece a esta maldita split screen?




Imaginen la siguiente escena en un concierto lleno de gente: individuo entusiasta ve que otros individuos atractivos le hacen señas, el individuo entusiasta hace el típico gesto “¿a mí?” y los individuos atractivos le piden que se corra, que está tapando la papelera a la cual quieren lanzar un papel cual aro de básquetbol. Bueno, esa típica escena de loser me ocurrió. No estaba tapando una pantalla ni un espectáculo. Querían que me corriera porque estaba tapando una papelera. Nunca me reí tanto de mí misma como ese día.

Let’s face it before sunrise

Enfrentémoslo de una vez: el amor “real” no como el de las películas. Si la vida fuera una comedia romántica cursi y lineal… Pero la vida es más bien como esa noche increíble en Antes del Amanecer. Ahí el ómnibus 175 se convierte en un tren que atraviesa Europa y yo bien podría ser Julie Delpy con un vestido por el estilo y el pelo largo aunque no rubio, y bien que podría encontrarme con Ethan Hawke o alguien por el estilo. Pero en el 175 no hay Julie Delpys ni Ethan Hawkes, ni paradas en Viena hasta que amanece, ni amores de película que después se desvanecen. Realmente deberían  reincorporar los trenes en este país, sin dudas es un vehículo mucho más romántico que el 175. Al menos sería un paso.


El problema es que en las mentes soñadoras y perfeccionistas como la que me ha tocado, las marcas de la ficción solo pueden hacer mellas dolorosas. Quizás podría ser yo mi propia guionista, pero ya con ser mi actriz tengo demasiado trabajo como para escribirme y reescribirme escena tras escena. Todo sería más fácil si mi guionista fuera una buena persona (¿dónde está mi Richard Linklater?) y me fuera llevando por los lugares exactos en los momentos exactos, como aquel tren que iba por Viena. 

Y quizás todos los 175 son un tren a Viena. Hay que ayudar el azar para que se convierta en oportunidad. Por más casualidades cósmicas que el mundo pueda regalarnos (y vaya si las regala), Antes del Amanecer no hubiera llegado siquiera al mediodía si Julie no le hubiera hablado a Ethan (¿o fue al revés?). Filosofía barata y sandalias de cuero, lo sé, pero esta especie de tesis coelhesca veraniega es una de las pocas tonterías que me están haciendo sentir bien últimamente.

Una sabia amiga me decía –hablando, como de costumbre, de cómo el amor real no tiene nada que ver con el de las películas- que todo sería mucho más fácil si pudiéramos enamorarnos al chocarnos con alguien que tirara al suelo las carpetas y papeles que llevamos. Mi amiga decía que era imposible, que a nadie le pasa. A lo cual le respondí: vamos a tener que andar con más carpetas en los brazos.







martes, 23 de agosto de 2011

El mes de la nostalgia, Parte IV: I believe in Yesterday




Su título, su melodía, su lírica, su condición de greatest hit de la banda más emblemática de la historia de la música… Todo hace de Yesterday el himno por excelencia de la nostalgia. Además de representar el género que hoy denominamos “oldie” (y, por lo tanto, probablemente sea reproducida en las pistas del 24 en el momento de las lentas, junto a How deep is your love de los Bee Gees), Yesterday es la canción que más se ha transmitido en la radiofonía planetaria y, si no me equivoco, también la más versionada. Si hay un botón del aparato radial que caracteriza a Yesterday es, más que Play, el Rec: recordar. Una canción sobre el recuerdo que ya ha sido salvada para siempre del olvido.

Los Beatles han sido maestros en el arte de cantarle al desolvido con dulce melancolía: al sepia de Yesterday se suma la eterna delicadeza de Michelle (a quien siempre imaginé como un amor de verano irrecuperable), los lamentos de While my guitar gently wheeps y la nostalgia conjugada en futuro de mi siempre favorita If I fell.

“¿Por qué se tuvo que ir? No lo sé, ella no lo diría…” Dejando a un lado el hecho de que cualquier traducción asesina la musicalidad de esta indeleble melodía, lo cierto es que el “Ayer” de Los Beatles es hallable en muchas otras piezas musicales. Y es que la nostalgia en las canciones no es patrimonio exclusivo de Los Beatles, claro. Los tonos grises y las notas de tristeza susurrada han sido el vehículo por excelencia del simple mortal para hacer inmortales a los amores abandónicos, esos que desean olvidarse pero que se hacen aún más imborrables a través de la canción. El relato del amor perdido (o la ausencia del amor, que ya supimos abordar lingüísticamente en episodios anteriores de esta serie de artículos nostálgicos) se recicla continuamente en baladas, melodías de piano, éxitos del rock n´roll, cumbias, guitarras.

Explorando esos relatos de nostalgia transmutados en música (y resuena la idea de una lengua universal para traducir sentimientos también universales e inefables), se me ocurrió hacer un “ranking” hondamente personal con las piezas que producen una inexplicable nostalgia en mis oídos, en mis entrañas. Y no necesariamente por pertenecer a mi pasado como escucha, sino por evocar ellas mismas el pasado, por mirar el ayer con ojos melodiosos y creer en el ayer con nuevas voces y músicas y poesías inolvidables.


 

10. Hard headed woman, Cat Stevens

Añorando lo que nunca sucedió, Cat Stevens le canta a la mujer que aún no conoció a través de una melodía que me transporta a las tardes de lluvia de mis diecisiete años y me invade (como entonces) de un dolor azucarado que jamás entendí bien de dónde provenía. Un artista como tantos que llegaron a mi tímpano gracias a otra nostalgia, la de mi madre.



9. Hotel California, EaglesSí, ya sé, el Hotel California es a la vez índice, icono y símbolo de la nostalgia en su faceta más industriacultuiralizada… Pero ¿quién puede negar su efectividad? Desde los primeros arpegios hasta los sollozos finales de la guitarra, la canción nos cautiva en un viaje sin retorno a ese hotel donde solo quedan las memorias.





8. Un día de noviembre, Leo Brouwer

Gracias a mi padre conocí, casi subconscientemente, melodías increíbles. Decir “lluvia”, “cielo gris” y “añoranza de una tierra lejana” es limitado para describir las sensaciones que me produce esta pieza de guitarra, pero alcanza para delinear la profunda sinestesia que genera su nostalgia.




7. Garúa, Enrique Cadícamo /Aníbal TroiloPor supuesto, tenía que haber un tango en esta selección. El camino más explícito nos hubiera llevado a Nostalgias (que por cierto hace gran honor a su nombre), pero las puñaladas de melancolía y cielos grises me llevan a garúa, el himno arrabalero de los paralelismos psicocósmicos. Cómo no estremecerse ante esos recuerdos tan hirientes que hacen que hasta el cielo se ponga a llorar. Sobre todo si lo canta Goyeneche acompañado de Piazzolla.




6. Light years, Pearl Jam

Si un día perdiera a quien me regaló esta canción, de seguro lo recordaría con toda la nostalgia de los años luz a los que ella alude.



6. I still got the blues, Gary Moore“Blue” no solo es “azul”, no solo es un género musical. Es también “pena”. Por supuesto, tal es la clave para interpretar la denominación del blues, con sus guitarras sollozantes ante tantos amores perdidos.









4. La Valse d’Amelie, Yann Teirsen
El siglo XIX se denomina “siglo de la nostalgia”. Los románticos, nostálgicos empedernidos, tuvieron mucho que ver con el apogeo del vals, esa cadencia de tres tiempos dulce y melancólica a la vez. En esta ocasión, un vals a la francesa, un vals que es una balsa que se pierde, y que despierta tanta mélancolie como ternura.



3. Cavatina, Stanley Myers

 

Y si hablamos de ternura, la guitarra de Cavatina la multiplica por millares. Siempre me gustaron las notas musicales dramáticas. Hadas y gimnastas otoñales se me representan como duendes de la infancia cuando escucho esta pieza.



2. Oh, Melancolía, Silvio Rodríguez

 

Cuando una canción lleva en su título una evocación de la más pura nostalgia, solo queda rendirse ante los encantos melódicos de esa soledad descrita como damisela volátil.



1. Michelle, The Beatles
¿Ya dije que Michelle me resuena como ese inapelable amor veraniego que ya solo puede reencontrarse en la memoria? Y lo curioso es que la letra no habla de un amor ya lejano. Será la melodía la que conduce a los recovecos-ecos del recuerdo.










¿Cuáles son las canciones que remueven tu nostalgia?




 

lunes, 13 de junio de 2011

El reporte del deporte


Esta madrugada soñé que comenzaban los Juegos Olímpicos y que los medios apenas les daban cobertura, y la gente apenas se interesaba. Yo era la única espectadora expectante, mientras que el resto del país seguía como si fueran días normales de noticias grises y rojas.

Cuando, un rato después de despertar, comencé a escuchar las primeras noticias de la mañana, comprendí que las Olimpíadas son lo último en que se piensa para que resuene el deporte. Nacional campeón, Peñarol versus Santos, que Forlán y Zaira, que la Copa América, que Chris Namús, que los hinchas y los jueces y las copas y los twitter… El dial noticioso de este lunes se detenía una y otra vez en alguno de estos temas.

Alentar está de moda

Ruy Ramírez
 Aún no eran las ocho cuando por la ventana del ómnibus divisé un Ábitab con una cola de media cuadra: hinchas aurinegros con mate en mano deseosos de obtener su preciada entrada (sobre todo por el precio). Caí en la cuenta (y esto también lo comentaban algunas voces radiales) de que ser hincha es la nueva gran tendencia uruguaya, una suerte de fashion trend que tuvo como irrupción la sobresaliente performance charrúa en el pasado Mundial, del cual hace ya un año.

Lejos está de mi intención –lo cual pecaría de ridículo- decir que el fútbol es algo reciente, o que los fanatismos y simpatías por cuadros y jugadores son algo de ahora. Digo que hace poco más de un año el fútbol era demonizado por medios y vecinas como el ojo de las tormentas violentas, y que el hincha era sinónimo de barrabrava y delincuente. Este lunes concluí que eso ha sido sustituido por el fútbol en familia, el fútbol uniendo a los uruguayos (o rivalizándolos pero de forma pintoresca y cordial, porque de todos modos siempre festeja “la mitad del país”, y eso ya es unión), el fútbol como espectáculo cuyas entradas de reventa no podría pagar ni con mi sueldo entero, la condición de hincha con su renovada aceptabilidad y aprobación, el deporte como nuestro star-system de héroes y heroínas (cualquier semejanza con el nombre de un narcótico es mera co-incidencia).

El Garoto homicida

Y entre esos heroísmos y batallas y metáforas bélicas que tanto se han estudiado para referir a las canchas, nos encontramos con la “princesa guerrera” (fórmula traducida a la jerga popular y cumbiera como “bombón asesino”) con nombre de varón y trencitas de elfa: Chris Namús.

Interesante fenómeno mediático-deportivo, ideal de la dualidad conjugada entre fuerza y femineidad, vigor y belleza, la eterna figura de la hiedra venenosa o el canto mortal de la sirena, una chica de barrio con cara de ingenua, guantes de boxeo y muchas lágrimas derramadas sobre la pantalla y muchas sonrisas en publicidades de Antel y muchos triunfos dudosos con moretones en los ojos y sangre entre los dientes. Y la euforia del público que de repente es fanático del boxeo femenino y se deleita de ver mujeres musculosas matándose a guantazos porque (como algunos desnudos “artísticos”) la violencia está legitimada entre las cuerdas del cuadrilátero y los también cuatro lados de la pantalla (*), pero Dios no quiera que en el liceo las nenas se agarren de las mechas.


Una fábrica que no cierra por derrumbe

 
Los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia

Al fabricarnos mitos y héroes, los relatos deportivos re-mediatizados aún mantienen en sus discursos los valores de la época en que el deporte solo era relatado en los grabados de los jarrones: la antigua Grecia. La perfección corporal como parte de la areté, de las máximas cualidades a las que podía aspirar un hombre, por las que se convertía en paradigma de todos sus contemporáneos, de toda su cultura. El imponerse sobre el adversario y arrancarle la vida a tirones para conservar la honra.

Todo eso se recicla en nuestros atletas insignes que, como Atlas, sostienen nuestro mundo sobre sus hombros mitológicos portando una identidad simbolizada. Aunque esos hombros a veces se disloquen y pierdan por knock-out o terminen con estragos alrededor del Estadio.

jueves, 19 de mayo de 2011

La Boda e-Real


Había una vez –hace solo algunos días- uno de los tantos eventos mega-mediáticos que la televisión, en su voracidad de actualidad, ya ha olvidado, pero que las tapas de algunas coloridas revistas aún evocan: la Boda Real del príncipe William (rebautizado “Guillermo” para los hispanohablantes) con la angelical y ahora princesa Kate (digo, “Catalina”, que suena mucho más “Real”, en el sentido de “realeza” -¿hay algún otro sentido de “real” en esta historia?-).


Había otra vez -hace unos 30 años- la boda del Príncipe Carlos con la –también- angelical Diana Spencer, suceso que, en su colosal televisación, es considerado por muchos estudiosos de la comunicación el primer gran acontecimiento mediático.

Aunque esa misma cobertura telenovelesca se haya mantenido casi intacta, las nupcias de Will y Kate han presentado la novedad de ser la primera boda real (al menos con miembros de renombre) desde el auge de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Miles de sitios en Internet, desde los portales de noticias hasta páginas sobre moda, acompañaron la cuenta regresiva y alimentaron los más ínfimos e íntimos rumores sobre los detalles de esa mañana de abril tan esperada para los ingleses y los televidentes del mundo entero. Incluso en las transmisiones televisivas (como es habitual en los últimos tiempos) fueron permanentes las referencias a informaciones y comentarios procedentes de Twitterlandia y alrededores.

Por ejemplo, la CNN, en su falta de material nuevo dentro de una maratónica emisión, daba como “noticia” el comentario vía Twitter de una señora mexicana muy compungida por el llanto de su hija, que ahora perdía la posibilidad de casarse con su príncipe de ensueño (como si todos los simples mortales tuviéramos las mismas posibilidades objetivas para desposar un miembro de la realeza inglesa).

Los lamentos de la señora mexicana y esa forma de involucrarse con la boda ocurrida en la pantalla son los síntomas claros de que, como una y otra vez han repetido los cronistas del evento, hemos sido testigos de “un cuento de hadas” hecho realidad. Se itera la eterna fórmula de la doncella devenida princesa, del poder de un amor puro e incondicional capaz de llevar a una simple plebeya universitaria a los palcos del palacio de Buckingham. Si Kate Middleton, hija de los dueños de una tienda de chascos, es ahora la futura reina de Inglaterra, ¿por qué el resto de las señoritas del mundo tiene impedido soñar con su final de Cenicienta?

(Claro que no todas las señoritas tienen padres tan pudientes –parece que el negocio de los chascos funciona– como para costear la Universidad a la que asiste el mismísimo heredero al trono de Inglaterra, aunque es éste un mínimo detalle económico).

¿Por qué en un pequeño país como Uruguay los quioscos de revistas promocionan ejemplares con distintos ángulos de la flamante pareja que algún día reinará sobre las islas británicas? ¿Realmente tiene ello alguna incidencia en alguna dimensión de nuestra vida política o cotidiana? La fascinación que ha provocado este casamiento se explica, sencillamente, por su carácter de cuento de hadas (y me atrevería a decir, en las versiones de Disney) re-editado, instantáneo, produciéndose a todo color justo delante de nuestras narices, en nuestros televisores, computadoras y hasta celulares.

Algunos autores explican que el placer experimentado por el niño al oír los cuentos tradicionales se debe al justo equilibrio entre la seguridad de lo ya conocido y la dosis sorpresiva de los ingredientes nuevos. Ello se aplica también al carácter predominante de nuestros consumos culturales: necesitamos el confort de las viejas historias repetidas ad infinitum, aunque bajo la máscara delgada de una apariencia nueva. Los príncipes y las princesas que antes sólo vivían felices para siempre en las ilustraciones de los cuentos ahora empiezan ese final pero en high definition. Las técnicas de contar han cambiado, pero los relatos permanecen. Lo real (ahora sí, en su doble acepción de realeza-realidad) no solo imita la ficción, invirtiendo los clásicos términos miméticos, sino que la crea. Solo resta esperar la película sobre esta preciosa y noble historia de amor. Las ficciones terminan imitando a las ficciones, pero qué importa, si siguen comiendo sus perdices.