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sábado, 28 de julio de 2012

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre gimnasia y nunca se le ocurrió preguntar

Larisa Iordache, la gimnasta preferida de Mediorama Uruguay.


Parafraseando a mi colega Ruy Ramírez, una de las cosas más atractivas de los Juegos olímpicos es que uno se puede volver especialista en un deporte tras mirar 75 segundos de una competencia. Lamentablemente, esto también corre para la mayoría de los comentaristas, que solo aportan  datos redundantes (“la caída del gimnasta de China”… ¡sí ya sabemos que se cayó!) o biográficos (“el gimnasta nacido en 1986, que compite sus segundos Juegos Olímpicos”… A-bu-rri-do). Con suerte los estudios llaman a escena a algún juez o ex gimnasta que explica los elementos de manera más o menos accesible (como un tal Seba de la TV Pública Argentina, quien lanzó ciertos comentarios enriquecedores si ignoramos el hecho de que casi lo único que le importaba era la clasificación de un gimnasta argentino en las anillas). 

Es cierto, podemos tornarnos expertos en casi todas las disciplinas (recomiendo la arquería en esto de comprender deportes que nunca habíamos mirado antes), pero con la gimnasia puede resultar algo complicado. Sin referencias claras de los sistemas de calificación, podemos quejarnos hasta el hartazgo de por qué la gimnasta que clavó su salida obtuvo un puntaje menor que la que prácticamente se da de cara contra la colchoneta. Ojo, ver gimnasia desprejuiciadamente también puede ser gratificante: no hay tensiones, no hay favoritismos (si bien uno tiende a buscar sus simpatizantes de inmediato simplemente por el placer de hinchar por alguien y vivir la catarsis); solo el gusto visual de ver cuerpos atléticos logrando lo imposible. 

Pero quienes quieran visionar la gimnasia artística emitiendo algo más que comentarios del estilo “qué cara de concentración” o "parece que vuela" (lo cual no deja de ser cierto), aquí van algunas claves.

1. La gimnasia artística no es lo mismo que la gimnasia rítmica. 



Cuando menciono que la gimnasia artística es mi deporte preferido de los Juegos Olímpicos, generalmente recibo como respuesta: “Sí, está bueno eso de las cintas”.  ERROR. Las cintas (junto a las clavas, pelota, aro y cuerda) son elementos de la gimnasia rítmica, que es solo femenina, y responde a códigos y reglas completamente diferentes a los de la gimnasia artística (y en los cuales me gustaría estar más versada). La gimnasia artística (u olímpica, como también se la denomina) tiene dos ramas, femenil y masculina, y se ejecuta sobre diferentes aparatos donde los gimnasta combinan elementos acrobáticos y artísticos de acuerdo a un rígido código de puntuación.



Esto es gimnasia rítmica

Esto es gimnasia artística



2. La gimnasia masculina y femenina tienen aparatos distintos.


Las damas compiten en cuatro aparatos (también llamados “eventos”), los hombres en seis. Gimnasia femenina: suelo, viga (o barra de equilibrio), salto (sobre el “potro”, “plinto” o “caballo”) y barras asimétricas. Gimnasia masculina: suelo, salto, barra fija (o barra horizontal), barras paralelas, anillas y caballo con arzones. Habrán apreciado que solo dos aparatos coinciden entre ambos sexos: el salto (generalmente los hombres tienen mayor dificultad, solo porque tienen más fuerza) y el suelo (donde las mujeres tienen música y coreografía y los hombres no tienen música y ni –casi- coreografía).


3. El diez perfecto ya no existe. 


Hace dos días escuchaba a un columnista radial que recomendaba un sitio web donde es posible aprender las reglas básicas de cualquier deporte olímpico en apenas un minuto. Como ejemplo, puntualizó: “Así pueden comprender por qué un gimnasta obtiene un diez”. ERROR. O parcialmente error. El sistema de puntuación ya no tiene al diez perfecto como nota máxima. De hecho, cuando todavía lo tenía, era prácticamente imposible obtenerlo (la última fue Lavinia Milosovici en Barcelona 92). No more Nadias Comanecis.

Ahora, aunque nos produzca más nostalgia y desconcierto, el sistema de puntos es abierto: no hay máximos asequibles. Cuando vean un puntaje de 14.950, no os alarméis: no es que el gimnasta es demasiado perfecto y por lo tanto merece más que un diez. Es que el puntaje se compone de dos puntuaciones: una de dificultad, que generalmente oscila entre los 5.0 y 7.4 puntos; y una de ejecución, que sigue partiendo de diez y descuenta décimas de puntos por las fallas y errores. De la suma de ambos surge la calificación final. Para tener una idea, en gimnasia femenina un puntaje mayor a 15,000 es satisfactorio; mientras que un puntaje menor a 14,000 es preocupante, aunque todo depende de cómo le vaya a las demás y cuál es el aparato.  Los hombres tienen puntajes más altos pues su dificultad es mayor (cuando se acercan a los 16,000 hablamos una buena rutina). Una “caída” supone una deducción de un punto completo. 

4. No hay una sola instancia de competición donde se definan todas las medallas.


El calendario de la gimnasia consta de cuatro pruebas: a) los clasificatorios, b) la final por equipos,  c) la final individual (All-Around), c) la final por aparato. Obviamente, la primera clasifica para todas las demás. En la final por equipos se suman las notas de los gimnastas de cada país en cada aparato (compiten tres atletas por aparato y los tres puntajes cuentan); en la final individual se suman las notas obtenidas por un gimnasta en todos los aparatos; en la final por aparatos compiten los ocho mejores puntuados en la competición clasificatoria. Por regla, en las finales individuales solo pueden competir dos gimnastas por país. 


5. Los Juegos Olímpicos son la competencia MÁS importante para la gimnasia, para la vida de un gimnasta y para todos los fanáticos de la gimnasia.


Mientras que otros deportes tienen torneos más importantes que las Olimpíadas (Mundial de fútbol, Wimbledon en tenis, etcétera), para la gimnasia ésta es LA competencia. Pertenecer a un equipo olímpico (ser un “olimpista”) es, para muchos gimnastas, más importante aún que ganar una medalla en un mundial. Sepan comprender ciertas euforias.


6. Estados Unidos, Rusia, China, Rumania.


Los países que deben recordar cuando miren las finales femeninas. Hablamos de las cuatro potencias de la gimnasia, que han acaparado los podios olímpicos durante los últimos treinta o cuarenta años. Quienes me conocen saben con qué país transilvano está mi corazón; pero si soy realista, Estados Unidos tiene todas las de ganar, gracias a un gran nivel de dificultad y una alta consistencia. Rusia es gran candidata –con sus etéreas líneas de bailarina y sus magníficas asimétricas-, pero suelen contar dos o tres caídas entresuelo y viga. China se caracteriza por la pulcritud de su técnica, pero también sufren de inconsistencia. Rumania siempre da pelea con su seguridad y su excelencia en suelo y viga (además de que todo el Uruguay debería hinchar por ellas, pero esa es otra cuestión e intenaré mantenerme neutral).

7. Wieber, Komova, Mustafina, Iordache, Yao, Douglas.


Los nombres a recordar en la final de All-Around femenina, para algunos la medalla más importante de todas las que se disputan. Claro, puede que algunas no clasifiquen y otras no entren in the mix, pero es probable que los tres primeros puestos estén entre estas muchachas: Jordyn Wieber y Gabrielle Douglas (Estados Unidos), Aliya Mustafina y Viktoria Komova (Rusia), Larisa Iordache (Rumania) y Yao Jinnan (China, que también tiene una buena chance con Huang Qiushuang).  

8. Catalina Ponor.


Tienen que admirar esta gimnasta rumana que con 25 años hace elementos más difíciles que ocho años atrás, cuando ganó tres medallas de oro en los Juegos de Atenas. Y eso que se tomó unas vacaciones off-gymnastics durante cuatro años donde no le faltó la buena vida. Recuerden su nombre, ámenla, venérenla. Es la rockstar de la gimnasia.   


Catalina. Ponor. Es. Rock.



jueves, 22 de marzo de 2012

Pongámonos sinestésicos o Músicas para el cambio de estación

Fall Reflections, John Lautermilch


Los uruguayos -o seres humanos en general- atribuimos múltiples fenómenos al “cambio de estación”. Las gripes, las alergias, el mal humor y hasta la propensión a enamorarse. El otoño, claro, viene acompañado de un ánimo más bien nostálgico. No puede haber demasiada efervescencia ante cosas secas que caen sin vida y se apilan desintegrándose, listas para crujir al ser pisoteadas. Sin embargo, como me gusta recalcar ad infinitum, es justamente el “caer” lo que motiva el nombre de esta estación en inglés: “fall”. El mismo verbo que se usa para describir el enamoramiento: “fall in love”. Podría ser un buen título para una comedia romántica yanqui desarrollada en el otoño, a ellos que tanto les gustan los juegos fáciles de palabras. Sea como sea, aunque el otoño sea diametralmente opuesto a la primavera, también es generador de sensaciones agradables igual que el final del invierno, aunque sea el ocaso de nuestro adorado-efímero-espirituoso-quizás-sobrevalorado verano.

Celebrando este proceso transicional climático (a través de una nueva sub-disciplina que nuestro amigo Kolo acertadamente ha denominado “meteorología emocional”),  he querido compartir algunas músicas que me gustan –y mucho- por el hecho de que guardan, en su transcurso, un “cambio de estación”.

A ver si me explico. Ya sabemos que la música es sinestésica por definición. Casi no hay manera de describirla sin recurrir a metáforas provenientes de otras manifestaciones sensibles. Hablamos del “color” de una voz, del carácter “aterciopelado” de un sonido, de la “dulzura” de una melodía, de la “frialdad” de una “tonalidad”… La vista, el tacto, el gusto y quizás hasta el olfato nos prestan sus adjetivos para caracterizar las sensaciones sonoras.

Pero claro, los sonidos producen sensaciones más complejas que estas simples metaforizaciones. Cuando cerramos los ojos y abrimos los oídos, las músicas nos transportan y dibujan sus trazos imaginarios en el oscuro telón de fondo –al menos así lo imagino- de la mente (¿meta-imaginación?). Entre las sinestesias que me surgen, la del “cambio de estación” es una gran preferida. Hablo de piezas musicales zanjadas por un punto de inflexión, una transformación que me lleva a percibir la finalización de una estación, el comienzo de otra.

Desde el punto de vista “objetivo” del análisis musical, estas canciones presentan cambios de texturas, de estructuras, de comportamiento melódico o composición rítmica que, en su recepción subjetiva, comunican un cambio de clima. Ya interviniendo los factores simbólicos (es decir, convencionales) acerca de los sentires y estados de ánimo provocados por cada una de las cuatro estaciones, hasta podría decir cuál es el pasaje estacional que produce ese cambio en el devenir de una canción.

Vivaldi y Piazzolla usaron esas sinestesias estacionales deliberada y magistralmente. Otras músicas las transmiten tal vez sin quererlo (salud por la apertura de interpretaciones). Como muestrario, comparto tres obras musicales que, para mis oídos-ventana-termómetro, representan la transmutación de estaciones. Aquí van. Cuidado con los resfríos.
  
Amsterdam de Coldplay. Adiós  invierno. Holanda primavera

Lo que más me gusta de esta canción es que, pese a no expresar un júbilo absoluto, mantiene una confianza de que, pase lo que pase, todo estará bien. Esa misma idea es representada, metafóricamente, en la aparición de los primeros brotes tras los meses infértiles del invierno. El cambio exacto se da tras el segundo estribillo. El piano agudo que protagoniza el puente instrumental es, para mí, el anuncio del reverdecer de la primavera (minuto 3:33). Ya cuando llega la explosión rítmica (3:57), las flores y pájaros y ríos descongelados y todas las imágenes cursis y trilladas que nos han inculcado desde la escuela sobre la primavera son protagonistas del paisaje, sin olvidar el sol cada vez más caliente cuando empezamos a sentirlo de verdad por la ventanilla del bus.


I remember de Damien Rice. Recuerdos de la sucesión otoño-invierno


El quiebre en esta canción es más radical.  Son, más bien, dos canciones ensambladas: la primera, dulce y suave, interpretada por Lisa Hannigan; la segunda, cruda e intensa, por Damien Rice. En ese quiebre (2:20) entre la primera y segunda canción puede sentirse la transición abrupta entre la relativa placidez otoñal y la furia tormentosa del invierno. Además, es un tema que trata de los recuerdos. Y todos sabemos que los meses fríos son por definición propicios a la nostalgia.


Ixtapa de Rodrigo y Gabriela. Bailar el equinoccio



Desde que un amigo me los presentó, no puedo dejar de escucharlos. Y menos este disco, mezcla de salsa y guitarras flamencosas, éxtasis para mi sedienta alma bailadora. Díganme si el arranque de este tema no grita VERANO. Hasta el minuto 2:00. Ahí cayó la primera hoja, y todo lo que viene después (con sonidos de un extraño instrumento que remite a la música oriental) es otoñal. Hasta que hacia el final explotan acordes primaverales. Me estoy dando cuenta lo extremadamente cursis que suenan mis sinestesias.

"Canon" (Picnic Suite) de Claude Bolling. El ciclo anual en una sola pieza

La titulación de esta obra de Bolling nos introduce en uno de los iconos primaverales por excelencia: el picnic. Esta preciosa suite está compuesta por siete movimientos, todos caracterizados por una brillante mixtura entre melodías clásicas y tonalidades del jazz. La guitarra y la flauta en su ancestral dueto se entremezclan con la batería, piano y contrabajo para crear climas bien diferentes (y sumamente armónicos) a la interna de cada composición.
La pieza llamada “Canon” es mi preferida, justamente, por llevar al extremo esos cambios climáticos: del alegre barroco al soberbio jazz (del verano al otoño, 0:53), del jazz a lo melancólicamente clásico de nuevo (del otoño al invierno, 1:39) y, finalmente, cerrando el ciclo, vuelve la melodía inicial (del invierno a la primavera, 2:33) con matices  que fusionan los componentes clásicos y jazzísticos. Un paralelismo sinestésico que contempla todas las estaciones.


viernes, 18 de noviembre de 2011

Cuba sí, Estadio Charrúa no


Al fin, después de veinte años sin venir, después de diez años que lo espero, después de seis meses de haber adquirido la entrada, llegó el día del concierto de Silvio Rodríguez en Uruguay. Probablemente, si hubiera ocurrido a mis 16 años (esa época en que se citan frases contestatarias o de amor –que no es lo mismo pero es igual- sin comprenderlas bien, solo para afianzar una identificación con alguien admirado) la emoción y la ansiedad habrían sido mucho mayores. De todos modos, aunque éstas ya no sean mis épocas liceales, no dejaba de ser un suceso significativo. Silvio Rodríguez en Uruguay. Al fin, después de tantos casetes escuchados hasta el hartazgo.

Todo estaba predestinado a ser un evento perfecto. Mi madre, mi tía, mi mejor amiga y yo, todas en una espléndida ubicación en el sector VIP, nada de gradas: sobre la mismísima cancha del Estadio Charrúa. Pero si hay algo que debemos aprender, amigos míos, es no todo lo que estaba predestinado a ser, es. Ya la llegada en auto fue un caos absoluto, avanzando metro a metro a merced de los semáforos y el tránsito endemoniado de Avenida Italia en la hora pico. Hora pico + 20 mil personas con el objetivo de llegar a un mismo lugar= 30 minutos para avanzar 200 metros.

Llegamos sobre la hora en busca de la bendita puerta cinco. Mientras todas las demás puertas estaban vacías, la nuestra estaba atestada de gente. Nos dispusimos a esperar cerca de la puerta, pensando que, si eran entradas numeradas, no tenía sentido la noción de “colarse”. Una mujer nada simpática que, irónicamente, estaba delante nuestro, nos piantó un discurso eufórico y agresivo sobre  muestra inmoralidad por no haber hecho la cola que ella había tenido que hacer y no sé cuántas cosas más, pobre señora. Claro, entonces nos dimos cuenta que la cola tenía una longitud de miles de cuadras. Lo que tuvimos que caminar para llegar hasta el final fue más de lo que habíamos caminado para encontrar la maldita puerta cinco.

Y es que la cinco no era solo “nuestra” puerta. Era la de casi todo el estadio. Medio estadio entrando por una misma puerta. Y sin portero, sin acomodador, sin nada. Nada de nada. Setecientos pesos en entrada y cualquiera podía meterse por donde quisiera porque nadie controlaba nada. Digamos que fue el peor día de ventas para los revendedores. Decir que era un recital de Silvio Rodríguez y no, por ejemplo, del Indio Solari, porque la cosa podría haber terminado mucho peor. O quizás no, y son meros prejuicios. La cuestión es que la gente mantuvo la calma aún cuando la voz de Silvio empezó a sonar y la mitad de los espectadores nos encontrábamos afuera.

Me perdí el momento ese tan lindo de todo concierto, cuando finalmente el artista sale al escenario. Lo perdí, ya está, nunca lo voy a volver a tener. Al contrario, cuando ya en la cuarta canción logramos entrar al estadio, en vez de disfrutar a Silvio estuvimos largos minutos avanzando en una horda desorientada ante la falta de un mísero acomodador, y luego preguntando sector por sector para ver cuál era el condenado VIP 12b. VIP, un corno. Silvio estaba lejos, naturalmente, pero ni siquiera podíamos divisarlo porque toda la gente que entró sin  respetar su número de entrada (o sin entrada directamente) se había apiñado de pie delante de nuestro sector. Pero al menos ya estábamos allí, y teníamos una pantalla gigante.

La pena es que la desagradable travesía de la entrada empañó, durante los primeros minutos, lo que debería haber sido un momento no sé si mágico, pero al menos especial.  Afortunadamente, Silvio cantó casi tres horas, por lo que hubo tiempo suficiente para quitarse el mal humor y entregarse a sus canciones. Todos sabemos que los recitales de músicos con mucha trayectoria  tienen su mejor parte en la segunda mitad. Antes presentan los temas nuevos, que muy pocos conocen, en melodías de belleza variable. Está bien, ningún artista –salvo Vilma Palma- merece cantar solo canciones del noventa para atrás.


(La captura no es mía, es tomada de un alma amable que compartió su registro en la ciberesfera)

Pero fueron, por supuesto, esas canciones del noventa para atrás las que nos emocionaron. Más que los clásicos Ojalá, Óleo de mujer con sombrero, Por quien merece amor y la preciosa Playa Girón, me conmovieron cuatro canciones quizás no tan conocidas, que siempre había escuchado con el sueño de sentirlas en vivo algún día. 

La maza, la primera que escuché de él y que me asustaba de niña con los golpes de percusión que imitaban un corazón o una maza sin cantera, fue también la primera conmoción de la noche. La gaviota, una pequeña canción de melodía increíble, fue un regalo inesperado. Casi había olvidado que quería escuchar esa canción. Tan rápida, tan detenida. Qué belleza. Luego, El Necio. Canción poderosa como pocas, también inesperada, y más poderosa que nunca. Y después, casi al final, Pequeña serenata diurna. ¿Cómo alguien puede cantar “soy un hombre feliz” en una melodía tan pero tan melancólica y lograr que le creamos profundamente?


(Ya se habrán dado cuenta que este recital tiene una data de largos años, aunque su voz sigue intacta)

Me acuerdo de un amigo que hace años me había regalado un casete con esas dos últimas canciones porque eran sus preferidas y yo nunca las había escuchado. Qué alegría habrá sentido cuando Silvio se las regaló en vivo, desde el lugar del estadio donde se encontrase.

Tal vez el final podría haber tenido una culminación más enérgica. El tercer bis no culminó con Unicornio, el hit que faltó sin aviso, tal vez porque no lo pudo encontrar. Al contrario, el concierto cerró con dos canciones nuevas (es decir, poco conocidas), sin demasiada emoción. Canción urgente para Nicaragua también habría sido un final explosivo. Pero, ¿saben qué? No importa. La ternura de su guitarra vale por cualquier final taquillero.

En fin, la espera de veinte años terminó, la noche esperada terminó, Silvio terminó, y pese a los obstáculos fue una velada linda.  Igualmente me quedo con un “ojalá”: que no se vuelvan a  (des)organizar espectáculos con esta negligencia, ni en el Estadio Charrúa ni dondequiera que sea. Los artistas merecen que se los disfrute con respeto. Quizás la próxima vez la calma de la euforia por su venida aplaque la sed de ir a verlo y todo discurra con mayor tranquilidad. Y que va a venir, es casi cierto: descubrí que las dos palabras que más usa en sus canciones son “corazón” y “porvenir”. Y esas dos palabras juntas solo pueden significar algo bueno.



domingo, 6 de noviembre de 2011

Divagues tardíos sobre el Mundial de Gimnasia, intentos fallidos de burlar la gravedad y el paralelismo sorprendente entre Obdulio y Comaneci

La rumana Ana Porgras en su volátil ejercicio de viga, Tokio 2011 


Durante el mes de octubre se desarrolló el Campeonato Mundial de Gimnasia Artística, uno de los eventos preferidos de mi agenda mediática y personal (lo cual, ya lo sé, habla de lo poco excitante que es mi agenda anual en materia de eventos de índole juvenil, en fin). La cita fue en Tokio, tras muchos dilemas acerca de los peligros nucleares y posibles terremotos que podrían afectar las rutinas de las gimnastas. Mi idea era realizar una crónica o reporte acerca de lo acontecido en la competición, pero ante la distancia temporal que ya nos separa del evento, en lugar de una cobertura en tiempo real desparramaré una sucesión de pensamientos, recuerdos y consideraciones que siempre he querido expresar sobre mi deporte preferido, siguiendo los titulares adelantados en (adivinaron) el título.

Los divagues tardíos


Si bien los mundiales de gimnasia se realizan todos los años excepto el olímpico (la carrera de un gimnasta promedio es muy breve como para darse el lujo de un mundial cada cuatro años), se trató de una edición de particular importancia por ser un mundial pre-olímpico, donde equipos y atletas clasifican a los Juegos. Y los Juegos Olímpicos son algo así como el súmmum del súmmum, la competencia más prestigiosa en el universo gimnástico. Ganar una medalla olímpica es para un gimnasta la máxima gloria que puede alcanzar en su carrera. De hecho, el solo formar parte del seleccionado olímpico ya es casi tan meritorio como ganar una medalla mundial.

 Por supuesto, ni los canales televisivos abiertos ni los de cable ni los diarios han informado sobre el  evento. Creo que emitieron algún clip sobre la competencia masculina como una especie de rareza freaky de lo que puede lograr el cuerpo humano, pero mientras los domingos es frecuente ver partidos de tenis internacionales o carreras de fórmula uno, la gimnasia es una utopía en la televisión nacional. No es de culparse, dados los millonarios precios de los paquetes de cobertura y la poca redituabilidad ante la relativa escasez de seguidores del deporte. Digo relativa porque durante las olimpíadas los teléfonos de los canales arden de llamadas preguntando por la gimnasia, aunque quizás esto no es relevante dada la instantánea conversión al fanatismo deportivo que experimenta la mayoría de los espectadores durante los Juegos Olímpicos.

Por estos lares (Uruguay, Sudamérica en general exceptuando Brasil) la gimnasia es un deporte casi exótico, que solo sale a la luz durante las Olimpíadas. En este mismo razonamiento, como no hay mediatización de la gimnasia durante el resto del año, no es importante. Tal vez, para muchos, ni siquiera existe.

En realidad en nuestro país hay unos cuantos clubes dedicados a la práctica de este deporte. Sin embargo, el nivel que presentan las gimnastas más talentosas y avanzadas no está cerca aún del nivel de elite internacional. De hecho, muy pocas naciones –al menos en la rama femenina de la gimnasia- alcanzan esta categoría. Desde hace varias décadas, los podios mundiales y olímpicos casi sin excepción han sido ocupados solamente por cuatro países, considerados grandes potencias de la disciplina: Rusia (ex URRS), China, Estados Unidos y Rumania, seguidos de un puñado de países que bajan y suben del ranking según las estrellas disponibles en su seleccionado.

La cuestión es que mientras en Norteamérica, Europa y Asia los campeonatos de nivel mundial se transmiten por las cadenas de deportes (incluso con comentaristas especializados, es decir, cada país tiene su Kesman y su Da Silveira, solo que generalmente hay alguna mujer en la dupla relatora) aquí para conocer los resultados hay que recurrir –cómo no- a la inmensa red de redes, donde hay una interesante blogósfera dedicada a la gimnasia con autores (más bien autoras) que hasta viajan a los eventos para dar una cobertura en vivo por escrito (al estilo Twitter) en sus respectivos blogs.


The Couch Gymnast, blog de referencia en el mundo de la "Gymternet"

Así, es gracias a estas comprometidas escritoras de la gimnasia (todas en lengua inglesa: sólo he registrado un blog en español sobre el deporte) los fanáticos de este hemisferio nos enteramos de quiénes integrarán cada equipo, cuáles son las expectativas, si alguien se ha lesionado y, finalmente, cómo se repartieron las medallas. Después, con suerte, un alma bondadosa sube a YouTube los videos capturados con su celular o las transmisiones televisivas de su país. Sí, he tenido que escuchar coberturas en chino.

Los intentos fallidos

No dejo de preguntarme qué sería de mi afición gimnástica si no fuera por las potencialidades globalizantes de la Red. Aunque mi enamoramiento del deporte provino de la inolvidable película rumana “Alcanzando el cielo” que homenajeaba a la más inolvidable aún Nadia Comaneci, mi involucramiento con la gimnasia también fue gracias a un evento olímpico, Atlanta 96. Sin Internet, mi contacto con la gimnasia sería exactamente tan excepcional como los 29 de febrero.

 Si mis cálculos no fallan, por la época de Atlanta mi frágil gracilidad ya había ingresado al plantel del club social y deportivo de mi ciudad y había aprendido algunas piruetas con la ilusión de que algún día podría volar por los aires. Hasta había ganado una medalla de bronce y todo. Pero fue con Atlanta que empezó mi vínculo con la gimnasia como espectadora. Qué gran época de la gimnasia. Poco tiempo después abandoné mis intentos vanos y fracasados de volar por el aire. Ni siquiera conservo aquella medalla de bronce. Tal vez fue de esos sueños que después se transmutan en recuerdos.

Los paralelismos

El punto de inflexión clave de Atlanta 96 (campeonato que vi una y otra y miles de veces en unos videos que me había grabado mi abuela) es que allí comenzó mi inexplicable admiración por las gimnastas rumanas. Había algo de valiente en las integrantes de aquel equipo que, pese a provenir de un pequeño país, conservaban un amor increíble por su gimnasia, una gimnasia que era un tesoro de su tradición y que había hecho famosa a su nación en el mundo, gracias a aquel primer diez perfecto de la pequeña y audaz y perfecta Nadia Comaneci.

Equipo rumano en Atlanta 1996

¿Suena familiar el pequeño país de fama mundial gracias a un deporte, casi el único deporte de su tradición deportiva? ¿Y si les digo que las gimnastas son prácticamente celebridades en la televisión de Rumania? ¿Y que salieron cuartas en el último mundial? Por si no lo notaron, lo que intento argumentar es que los paralelismos entre la gimnasia rumana y el fútbol uruguayo son recalcables. Quizás por eso no he dejado de identificarme con esas heroínas, aún cuando haya otras gimnastas de otras naciones con líneas más perfectas y dificultades más arriesgadas. Me he encontrado a mí misma hinchando por cada rumana como si fuera de mí país. Y quizás sea un poco mi país. Desbocatti dice que Rumania y uruguay son como países gemelos separados en el espacio, y Lonely Planet define a Montevideo como un pedazo de Bucarest en América Latina. Pero, voilá, yo lo había descubierto mucho antes.




Ana Porgras, de Rumania, con un leotardo blanco, celeste y una especie de sol como adorno. ¿Necesitamos más pruebas?


Para quienes quizás se lo pregunten, lamentablemente el mundial de Tokio dejó a mi querida Rumania fuera de las medallas por primera vez desde 1981. Ni una medalla, pese al enorme talento de las integrantes del equipo. Estados Unidos y China, máquinas de fabricar atletas en las disciplinas que se les antojan,  arrasaron con los medalleros. También Rusia, pero no digo nada, porque al menos este país lleva, como Rumania, la gimnasia en su sangre. La esperanza que conservo es que, si se reproducen los paralelismos con Uruguay, Rumania sería campeona del  campeonato Europeo 2012. Y en los Juegos Olímpicos, veremos. Lo cierto es que no sé si  un oro uruguayo en fútbol me emocionaría tanto como escuchar el himno rumano otra vez durante una entrega de medallas.  





lunes, 1 de agosto de 2011

Bienvenidos al mes de la nostalgia


La proyección comercial que en el mes de agosto se hace de la nostalgia, en torno a la ya sacra noche del 24, es una buena excusa para empezar a bucear por ese concepto, ese sentir, esa actitud que tanto define a nuestra identidad imaginaria desde tiempos lejanos.

En honor a la nostalgia (o a causa de ella), durante mis escritos del presente mes bordearé esta noción desde diversas experiencias y reflexiones. Les invito, desde esta primera entrega, a transitar por los recovecos de mi nostalgia, que tal vez se conecte en algún punto con los refugios nostálgicos de ustedes. Porque todos construimos nuestras nostalgias. Porque ellas nos construyen a nosotros, irremediablemente.
El mes de la nostalgia / Parte I: Los pies que sollozan

“No ves que vengo de un país que está de olvido siempre gris”, cifra el tango La última curda en uno de sus versos –paradojalmente- memorables. Puede que nuestro color simbólico sea el celeste, pero si hay un clima que nos representa es el gris. Ese gris de tango, de tango que mi padre (nacido, casualmente, el primer día de agosto) me ha enseñado a querer tanto. Hay una frase preciosa de Horacio Ferrer que define al tango como “esa tristeza que se baila”. Lagrimones piantaos, nostalgias de sentir su risa loca y amores que se buscan olvidar en una copa son figuras recurrentes en el universo poético del tango. Ese encuentro de los cuerpos que se se danzan en una efusión que está condenada a la tragedia, esos acordes oscuros que nos trasladan a los bajofondos con sus mágicos pesares.
Y si hay una sensación física del dolor, es el calambre, punzante e inmovilizante. El magistral Piazzolla captó en el tango así denominado ese paralizante ardor muscular (y, se sabe, espiritual), pero lo convirtió en música danzable. Es el tango de su autoría que más me gusta, y el que más me gusta de todos en el mundo. Saura lo tradujo en deleite audiovisual en la inolvidable escena ajedrezada protagonizada por Julio Bocca.

           





De tangos y medallas

Lo que me encanta del tango es que, desde sus orígenes arrabaleros-portuarios en el Río de la Plata, ha trascendido para mixturarse con matices contemporáneos (Piazzolla es un emblemático ejemplo) y fusionarse en las más diversas artes. Eso ha ocurrido incluso en el ámbito deportivo, en el deporte que también es dueño de mi honda nostalgia, emanada de lo que siempre quise y habría querido ser. Hablo de (más que hablar, siento) la gimnasia artística.  
Las rutinas de suelo de este deporte-arte combinan danza y ejercicios acrobáticos al ritmo de una música instrumental. El tango ha sido una constante en las rutinas gimnásticas, elegido por legendarias soviéticas de los ochenta e instalándose  como gran tendencia en el último bienio.
Recuerdo una competición olímpica (creo que era Sydney 2000) en que Mario Uberti relataba el evento de gimnasia y, mientras una atleta hacía su salto al potro, se escuchaban los acordes de La cumparsita como telón de fondo. Una gimnasta los estaba interpretando en su rutina de piso. “¡Matos Rodríguez internacional!”, exclamó Uberti, haciendo referencia al legendario compositor. Increíblemente, una gimnasta de algún país que ni siquiera sabemos pronunciar había elegido al himno de los tangos uruguayos como la música de su presentación. Y es que en un país tan chiquito nos da un orgullo bárbaro cuando en otro punto del globo (aun sin saberlo) se nos da presencia. Y entonces los tiempos y espacios y géneros se cruzan sin quererlo: desde el arrabal decimonónico de Montevideo hasta un gimnasio de alto rendimiento en Texas o Moscú.
Esta fusión tan puntual entre el tango y la gimnasia ha dado a luz varias piezas disfrutables. En el mes de la nostalgia, quiero compartirlas con ustedes, para que tal vez empiecen a admirar este deporte tan poco difundido en nuestro territorio (mediático y geográfico). Aunque el desarrollo de la gimnasia sea escaso en Uruguay, al menos el legado musical de estas tierras ha aportado su arte para embellecer al deporte.

De colección: gimnastas de arrabal
Nastia Liukin
Campeona olímpica en los Juegos de Beijing, la estadounidense de sangre rusa (su padre y entrenador fue campeón olímpico representando a Rusia) aprovecha sus líneas alongadas y su soberbia elegancia para entregar la mejor rutina de toda su carrera, al ritmo de tango.



Aliya Mustafina
La emperatriz de la gimnasia durante todo campeonato habido en el 2010 (ahora recuperándose de una delicada lesión de rodilla) conjuga una soberbia actitud rusa y unos ojos cargados de sombra al ritmo de un clásico gardeliano que siempre logra erizarme: Por una cabeza.




Vanessa Atler
Aunque fue una gran promesa de fin de siglo, Atler no participó en los Juegos del 2000, por lo que Uberti no se refería a ella al escuchar nuestra querida Cumparsita. Parece que es un tango popular, porque esta gimnasta estadounidense ya lo había elegido para su poderosa rutina, en una versión orquestal muy clásica.  




Terin Humphrey
Adoré la serie de esta gimnasta en los Juegos de Atenas 2004. Me encanta, sobre todo, la secuencia en el minuto 1:10, donde garabatea la melodía de matices tangueros con sus movimientos giratorios al ras del suelo.





Sandra Izbasa
Rumania es la selección de mis amores en esto de la gimnasia (otro día conocerán la historia). Por eso, no podía faltar una rumana en esta nostálgica selección, aunque sea una pieza demasiado fusionada con la electrónica y los ritmos modernos. Pero, a fin de cuentas, de fusiones se ha tratado esta columna. Y Sandra (oro en suelo en  Beijing) transmite con énfasis la abrumadora pasión de los ribetes tangueros.



Estoy pensando seriamente en escribir una carta a la Federación Rumana de Gimnasia para que la bellísima Ana Porgras ejecute su serie al ritmo de Calambre, o que la prometedora Larisa Iordache lo haga con Libertango.
Como también el vals está impregnado del vaivén de la nostalgia, qué mejor manera de cerrar este primer recorrido nostálgico que con la gimnasia-ballet valseada de la mencionada Ana, mi gimnasta preferida, quien provoca en sus formas elegantes la nostalgia viva de la antigua esencia artística de la gimnasia.




lunes, 27 de junio de 2011

Radiografías de oído para el desolvido

El cassette, solo un icono rodeado de humedad
(Foto: Ruy Ramírez)
Aunque las vidrieras de los shoppings ya no exhiban pasacassettes para su venta, de seguro en más de una casa se conservar, casi como pieza de colección, algún radiograbador macizo y obsoleto. Probablemente todavía funcione, si es que nos atrevemos a concretar aquel remoto gesto de introducir un cassette, presionar el botón de "Jugar" y dejar que su mecanismo analógico, lleno de sonidos maquínicos, se ponga en marcha. Comprobado: la vieja casetera no ha dejado de funcionar. Aun cuando haya pasado de moda, aun sustituida por tecnologías más pulcras, eficientes, digitales.

Recuerdo la revolución que habían supuesto en mi cotidianidad musical los primeros discos compactos (y el no tener que esperar horas de rebobinación), ahora enormes artefactos que ocupan demasiado espacio y revelan el paso del tiempo: se rayan, se descascaran, se pierden en estuches que no les corresponden.

Esos problemas tan físicos y táctiles han desparecido en la liviandad incorpórea de la música digitalizada, intangible, reproducible hasta el hartazgo sin riesgo alguno de degastar los soportes. Lejos de implicar un mero cambio de formato, el mp3 ha supuesto una significativa transformación de la producción y recepción musical. Por "recepción" no me refiero a inaprensibles consumos abstractos, sino a las prácticas cotidianas por las que escuchamos música, la grabamos, la pausamos, la re-producimos y la re-reproducimos (sé que suena como un spot de televisores para la Copa América). Y de qué práctica receptiva hablar con mayor propiedad que de la mía propia. Here we go.

Días de radio de ayer y hoy
En estos días en que las voces radiales son mis compañeras de amaneceres y atardeceres en largos trayectos suburbanos, las agujas de la nostalgia no tardan en punzar. Al pasar de una emisora a otra me asalta la niñez con aquellas tardes de domingo pobladas de escuchas radiofónicas.
Colecciones de canciones rotuladas con lapiceras...
(Foto: Maite Domínguez)


Mil novecientos noventa y ocho. Horas y horas girando la ruedita del dial hasta sintonizar una canción que me hiciera sonreír. Cuando al fin una se asomaba, lo hacía con una emocionante duda: ¿era el estribillo inicial o, lamentablemente, el del final? En su versión completa o segmentada, iba grabando ("record-ando") las canciones que me gustaban en un eterno cassette transparente donde se solapaban capas de música mal sintonizada, con ese brillo inconfundible del ruido de antena o el eco de otra emisora vecina colado de manera subrepticia. Cuando las cintas se enredaban, las alisaba con la ayuda de una lapicera que introducía en los "ojos" del cassette.

Tenía una magia irrepetible el hecho de que esa canción que se esfumaba y que no había podido ser registrada, quizás nunca volviera a ser escuchada. Por más que anotáramos su nombre, no había demasiados caminos para reencontrarla.


¿Por dónde viaja la música digital?
(Foto: Jorge Pérez)

Con la panacea de Internet y los programas corsarios de subibajas musicales, esos caminos se han multiplicado en proporciones infinitesimales. Desnudas y accesibles, todas las canciones pueden hallarse en sus incontables versiones a través de la red. Pero al desaparecer una dificultad, ha desaparecido también la magia: ya no tienen sentido -como dijo una vez Dobrich en su columna radial- los tracks escondidos en los álbumes, ya no grabamos las canciones en pedacitos para armar nuestros collages personales, ya no hay riesgo de perder eternamente aquella melodía que nos erizaba. Manipulamos, eso sí, toneladas de datos, incluso discografías enteras de décadas enteras. Mi temor es que por la desaparición del miedo a perder las canciones, también se deteriore la forma de quererlas.

Los afamados cambios que han zanjado la transición al siglo veintiuno han sido de tal aceleración que incluso nosotros, individuos en los veintitantos, tenemos nostalgias. Nostalgias que también involucran a las tecnologías, terreno medular de los cambios, noción tan fría y aséptica como el plástico utilizado para fabricar las cajitas del casette, pero en torno a la cual cada uno instituye sus prácticas, sus rutinas, sus apropiaciones singulares que, al compartirse, como estoy haciendo ahora, incrementan esas melancolías colectivas.

martes, 24 de mayo de 2011

Confesiones de una típica onicofágica

Aunque hace unos veinte años que la padezco, no hace mucho descubrí que la compulsión irrefrenable a comerse las uñas se denomina “onicofagia”. Causas posibles: ansiedad, inseguridad, adicción de las papilas gustativas a la piel que habita debajo de las uñas, adicción del tejido epidérmico de los dedos a alguna sustancia narcotizante proveniente de los dientes, miedo de una niña de tres años ante la terrible noticia de que ese avión chiquito que desaparecía en el cielo llevaba en su interior a su querida Tía Helena.
Consecuencias: manos antiestéticas, dedos de monstruo, cutículas ensangrentadas, pequeñas infecciones, desgaste de los incisivos, riesgo bucal ante múltiples bacterias, riesgo de aislamiento social ante múltiples rezongos de las personas que no disfrutan ver a una joven y dulce muchacha destrozándose las yemas de los dedos, posible formación de una masa de uñas en el estómago que podría provocar indigestión e incluso muerte.

Pero lo más interesante de todo (y esto lo descubrí unos segundos después de conocer el nombre técnico de mi trastorno alimenticio), es que “onicofagia” es un precioso anagrama de “iconofagia”, es decir, la compulsión irrefrenable a devorar imágenes. Es el término que un teórico brasileño llamado Norval Baitello acuñó para caracterizar esta sociedad plagada de lo visual, donde permanentemente devoramos imágenes y somos devorados por ellas. Y lo más fascinante de esta coincidencia etimológica entre ambas “fagias” es que también la “onicofagia” es una manera particular de engullir imágenes, en este caso, la autoimagen, que se resquebraja con cada acto de autofagia. Con cada desayuno de uñas, también digiero la posibilidad de una despampanante mano con uñas rojas y pintadas y perfectas como las de las publicidades, como las que hay que usar (aunque mejor rojas no, sino con un brillito) para las entrevistas de trabajo.

Tratamientos recomendables: intentos exhaustivos de autocontrol, doblar y desdoblar un papel cada vez que percibimos concientemente las ganas de comerse las uñas, utilizar un esmalte con sabor a picante (aunque puede tener contraindicaciones si lo terminamos ingiriendo, como seguramente sucederá), usar uñas postizas, más autocontrol, cubrir con curitas los dedos al mejor estilo Michael Jackson, intentar autocontrolarse (“no te muerdas, no te muerdas”), no tomar el 175 con la esperanza de llegar en hora al trabajo, cortarse los dedos, escribir durante las 16 horas diarias de vigilia posts sobre onicofagia para mantener los dedos ocupados.