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miércoles, 3 de agosto de 2011

Viene de ayer sobre Midnight in Paris.

Esta columna podría llamarse “Les nuits avec eux, n’importe quoi except l’ennui (las noches con ellos, cualquier cosa menos aburrimiento) o la importancia de llamarse Woody Allen con ciertas consideraciones filosófico-literarias como extra, o más bien un intento por no arruinar lo que venía bárbaro desde ayer en este intento de columna colaborativa”.

La obra de Woody Allen está poblada y gobernada por la luz desde el punto de vista compositivo del cuadro, y por la luz que proyectan los personajes; y para continuar con los lugares comunes, voy a incurrir en la redundancia de expresar que pocas cosas son tan maravillosas como iluminar desde París.

Y las cosas se dieron como era de esperarse, y la salida de la sala hablaba a través de los rostros de los concurrentes del regocijo por encontrarse con una hermosa película, sí con estereotipos, sí con giros argumentales repetidos que se pueden rastrear hasta treinta años hacia atrás de la misma pluma, etc. ,etc. … Sin embargo, la magia prometida por Allen nos sigue empujando a las salas, a veces, con suerte, más de una vez al año; y lo cierto es que no se puede más que coincidir con aquellos que sostienen que esta es una de esas que entra en la lista de las mejores, según esos Allenólogos de nuestra pop culture que pululan por todo el orbe.

Yo no sé los motivos, siento que tal vez ponerme a escarbar demasiado en el cómo de sus trucos le haga mal al encantamiento que prefiero sostener casi de modo infantil cuando se trata de él.

Por todo eso, dentro de las pocas cosas que quiero subrayar en este pseudoanálisis (que se va a descarrilar para cualquier lado en apenas un par de líneas) es que la performance del reparto en cada escena sobrepasa lo formidable. Pocas veces quedé tan satisfecha por el trabajo actoral de un ensemble magnífico donde todos daban la pauta de estar haciendo algo increíble, el ejemplo más claro tal vez por la intensidad de su casi cameo tan breve como inolvidable haya sido Adrien Brody en la piel, la voz y hasta el acento de Salvador Dalí.

Pero no por lo remarcable de las labores de los actores que encarnaron los pasados me quiero olvidar de los que hicieron del 2010 las pesadillas martirias, las guías -en varios sentidos- o las esperanzas de final feliz de Gil (el protagonista encarado más que muy bien por Owen Wilson).

Personalmente, fui complacida en lo mucho que esperaba de Marion Cotillard, Rachel Mc Adams, Michael Sheen (que por suerte cada vez se le puede ver más en pantalla, y se las sigue arreglando para no descuidar el sitial ganado en la escena londinense -el equilibrio perfecto-) y del propio Wilson como alter ego modelo nuevo milenio de nuestro Allen-loser predilecto. Al respecto de mi calificación sobre este elenco seré categórica: si este cast por lo menos no pelea el SAG (Screen Actor’s Guild) Award 2012 como mejor elenco será por la envidia de sus propios colegas por no haber estado ahí.

Por otra parte, el film Midnight in Paris logra despertar una vasta multiplicidad de intereses que nos pueden conducir a las lecturas y relecturas de obras literarias y plásticas. Es que la calidad y candidez de los retratos de esos personajes que hicieron de esa París de los años 20 de los mejores escritores norteamericanos y el campo de acción de las vanguardias pictóricas como el Cubismo podrían ser objeto de muchísimas más películas, novelas u obras teatrales, además de las que ya existen.

Lo que me gustaría aclarar, y quiero ser estricta al respecto, es que la historia de este filme no se queda en la oda a la nostalgia de la capital cultural de los años veinte, la de las secuelas de la Gran Guerra, la de la Reconstrucción cuando la gran futura tragedia del siglo veinte no se mostraba aun así de amenazante en el horizonte.

Pero lo cierto es que la/el idea(l)- tópico de ensalzar la posibilidad de una Edad de Oro como una epifanía está en la esencia y paisaje de esta película como tesis a ser rebatida y se nos va dando pistas de ello con el paso de los minutos, de los días de Gil en París y se va a confirmar cuando viaje a lo que Adriana (su amada de los años veinte) considera La Edad de Oro (la Belle Époque –fines de siglo XIX-) y a su vez al conocer a Degas, Gauguin y Toulouse-Lautrec le confiesen su predilección por otro periodo más pasado todavía como el Renacimiento.

Toda esa cadencia máquinico-temporal que podría repetirse retrocediendo hasta quien sabe dónde me remitió casi impulsivamente al discurso de Don Quijote sobre la Edad de Oro (que se encuentra en el capítulo XI de la Primera Parte), del que quisiera citar dos fragmentitos: “…Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia (…) Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos…”

Para el Quijote la Edad de Oro fue antes de la propiedad privada, a tal punto que todavía no existían los términos “tuyo” y “mío” y también recalca sobre la simpleza de la belleza femenina de aquel entonces y de la honorabilidad honesta de hombres y mujeres. Por más que quisiéramos distinguir algo quijotesco en Gil, y así lo hiciéramos, a sabiendas de que los valores utópicos compartidos no sean los mismos por todos los que añoran edades de oro, no deberíamos dejar de observar a la libertad y a cierta pureza espiritual acompañada por una claridad intelectual como valores añorados que se repiten.

A veces el tiempo nos lleva y trae a su antojo, lo digo porque cuando Gil entra a Shakespeare & Co., Sylvia Beach lo recibe aunque no la veamos en todo el film y está terminando la nueva edición del “Ulises” con Joyce discutiéndole en la otra punta del escritorio, por más que haya realizado esa visita durante el día, eso ya no importaba mientras estaba frente a la enorme pantalla en la oscuridad lo creí así.

Alice inmortalizada años después por su amada Gertrude Stein (notablemente interpretada por Kathy Bates) en la novela “Autobiografía de Alice B. Toklas” es la que le abre las puertas de casa a Gil y desaparece del relato, pero cómo es posible no nombrarla.

Su carisma y su inteligencia hicieron de Stein más que musa, gurú, conciliadora, mecenas de los artistas que la rodeaban profesándole una confianza absoluta, su corazón fue hogar y su casa refugio de una interminable lista de (por no decir todos los) talentos de la época. Se dice que al volver a los Estados Unidos por un breve periodo en los años treinta dijo: “Estados Unidos es mi país pero París es mi hogar”. Ella no solo fue protagonista sino que oficio de analista e intérprete de esta época citada en ensayos como “Retratos” análisis de trayectos y obras de pintores como Picasso y Braque, además de “Qué son las obras maestras y por qué son tan escasas” en la que habla de los porqués de los rupturistas: “…En otros tiempos un pintor decía que pintaba lo que veía, como es natural no lo hacía, pero de todos modos podía decirlo, ahora no quiere decirlo porque como lo está viendo no le resulta interesante. Esto tiene algo que ver con las obras maestras y con el porqué de que haya tan pocas de ellas pero no tiene todo que ver…”

Su modo de análisis tan francés y americano a la vez, está metido en nuestra decodificación cultural hasta para leer imágenes, aunque no sepamos su nombre (como le dije a Ruy a la salida del cine).

G. Stein por P. Picasso (1906) según varios especialistas esta obra funciona como transición entre el periodo rosa y el incipiente cubismo en el pintor español.

Para terminar esta columna que le quiso dar fundamento a la nostalgia (tarea difícil e inconclusa) desearía aludir a un personaje que robó de la platea de los mejores momentos de risa, uno de los protegidos predilectos de Miss Stein, y sin duda el más popular de los escritores que aparecen en el film: Ernest Hemingway (interpretado por Corey Stoll).

En “París era una fiesta”, él dedica a Stein los elogios más increíbles y bellos que su clásico pesimismo le permitió realizar, evocando por ejemplo la risa contagiosa y la mirada confidente que lo llenaban de seguridad –al menos por escasos momentos-. Para explicar un poquito mejor lo que sentí al ver a este Hemingway con el que conocía de antes, voy a repasar un pasaje del capítulo III de “Adiós a las armas”: “…yo solamente conocía el humo de los cafés, las noches en que la cabeza nos da vueltas y es necesario mirar un determinado punto de la pared, fijamente, para no seguir girando; las noches, en la cama, borracho, con la creencia de que no existe nada más que aquello (…) y, en la oscuridad, el mundo irreal que nos rodea se repite cada noche, es excitante, y uno lo hace con la convicción de que no existe nada más, y que todo nos es igual. Inesperadamente, algún momento de interés, después el sueño y el despertar por la mañana con la sensación de que todo ha terminado; todo es tan decisivo, tan duro, tan claro (…) Algunas veces la ilusión desaparece, incluso falta la alegría suficiente para salir a la calle. Pero siempre, en perspectiva, un nuevo día y con él otra noche, y la noche siempre es mejor a menos que el día sea claro y frío…”

Tal vez por ello se dé la presencia así marcada casi identificativa de Gil con él, ambos viven sus crisis, aunque de modos distintos. Deambular es el encanto, y de allí que deba ser a causa de un escape del que nosotros fuimos testigos por la voluntad maestra de Allen.

El delirio y la genialidad protegidos por la noche no parecen bajo estos preceptos como tan irrealizables.



domingo, 31 de julio de 2011

Cien post no es nada




Todos sentimos un afán conclusivo con los números divisibles entre 10. Alguna fuerza sobrenatural nos pone en la ardua tarea de movilizarnos hacia replantear, repasar y revivir nuestras vidas. La necesidad de movilizar al pasado nace de la cantidad de dedos de nuestras manos y de un ordenamiento árabe. ¿Por qué será? No es el mejor momento para responder, ya que ocurre el post número 100 del presente blog y habrá que rememorar los post pasados. 

AnBu recomienda a Mar Payssé

Si uno indaga en el mágico universo idiomático, ya no por ser el código de comunicación por excelencia sino por el placer de explorarlo destacando sus propios misterios, es imposible no asombrarse, no deleitarse, no hipnotizarse. Un ejercicio aconsejable es suspenderse en la palabra, pensarla, atribuirle textura, profundidad, historia, origen, recorrido, metamorfosis. Enriquecer el lenguaje no implica únicamente aumentar el caudal lingüístico, es apropiarse de ese patrimonio intangible que, no obstante, construye una realidad entre tantas. La escritura, visual por definición, habita en comunión con la fragilidad del sonido. Sin embargo, por más diáfana que sea la grafía, los sentimientos a los que nos remite pueden ser inefables. Entonces, sólo se nos ocurre exclamar que nunca habíamos visto-escuchado Una palabra así de linda.

Lourdes Nievas recomienda a  SClarens



Las notas de Santiago son, a mi entender, el corazón del anclaje de Mediorama con nuestra realidad local. Y en estos días en los que ha resurgido la cuestión de los cómo de la construcción de la noticia y las presiones externas, sobre todo desde las declaraciones del presidente y la distribución de pautas publicitarias según una responsabilidad en el orden y el espacio que se le da a la crónica roja; quería recomendarles la re-lectura de Off the record que vio la luz bloguera el viernes 8 de julio.
La invitación a esta lectura no responde a una similitud en los temas tratados con lo reciente a lo que leí sino porque se adentra un tanto en esa relación de interdependencia entre periodista y político, particularmente cuando el primero ve al segundo como fuente, y éste se percata de la potencialidad como canal difusor de aquél. En el primer caso desde las sombras prácticamente con el futuro mote de fuentes consultadas; mientras que en la segunda instancia cuanto más cerca de la spotlight mejor porque ese polítiquito en el que pienso (aspirante a abandonar el anonimato popular en el que no pocas veces lo sume los 132 nombres de la lista de nuestros parlamentarios) anhela pegarse aunque sea por unos minutos al rating de un programa, al prestigio de sus periodistas o a la consideración que sus superiores en el partido tienen de ese medio. Y los que ya tienen todo eso quieren mantenerlo e ir a más quieren ser más, que el foco siga sobre ellos como protagonistas y el hecho sea un accesorio resultante de sus cualidades cuasi-mágicas performáticas. Entre toda esa maleza sale el periodista con una azada a veces con poco filo, que a veces no puede tomar del mango pero trata de carpir alrededor para que veamos que en ese mismo sitio un jardín es posible



KoLo sobre Diego F1

Hola. A mí (“mí” es KoLo) me tocó elegir un post de Dieguito Efeuno, para, si nos leés por primera vez, leas su mejor post (a mi entender, si vos tenés otro entender lo entiendo y recomiendo que leas todos sus post y me digas cuál es el mejor, en caso que concuerdes o discrepes conmigo). Elegí elegir Noche buena con las estrellas. Me encantó cuando lo leí y me encanta cuando lo releo. Una historia típica del under barrial mezclada con el delirio y la soltura de una conversación en confianza entre amigos. Un ejercicio que todos alguna vez nos podríamos hacer (en caso de que surja semejante pregunta), y que puede suscitar a una charla muy entretenida con argumentos (algunos muy racionales, otros infundados y otros rozando lo pasional). En aquella oportunidad comenté lo siguiente, y lo sigo sosteniendo.
“Resucitaría a Kurt. Sabelo. Pero sería inútil porque se pegaría un tiro de vuelta. 
Resucitaría a Jim, y vos elegís cuál.
Resucitaría Lennon, sin dudas. También resucitaría a Mateo. Resucitaría a Gardel. Resucitaría a Rodrigo y a Marley (de verdad esos no me importan un carajo).

Resucitaría al Rock. A ese, seguro.”
    

Ruy Ramírez sobre KoLo

Para Ruy hay cosas más sencillas de lo que parecen. Decidir el mejor post del ciudadano autoproclamado KoLo surgió de una manera tan fácil como lo hizo aquel grito del hincha de Peñarol. Para mí recordar tal hecho es recordar cuando ponía el Unplugged de Nirvana y señalaba al reproductor en el momento indicado. Saber de tal hecho es saberse parte de una generación perdida entre el MTV con escenografías sucias, Micromanía, el quinquenio, aquellos contactos selectos que tenían copiadoras de CD, las maquinitas de Baltimore, los vaqueros rotos por las circunstancias de la vida y otras nostalgias. Al fin y al cabo conocer que Kurt Cobain era carbonero es  conocerse a uno mismo. Y eso es bastante para 1998 caracteres.

Mar Payssé sobre Ruy Ramírez

Su nombre es Ruy y son ya unos cuantos años trabajando en conjunto en las más diversas empresas cognitivas. Cientos de charlas (materializadas o no sobre el espacio de una hoja en blanco), intercambios  y mutuos enriquecimientos han consolidado en mí un profundo respeto hacia este polifacético creador y “reflexionador” (“pensador” es una palabra que suena al Siglo de las Luces o a la filosofía griega). Sus múltiples abordajes en Mediorama  son solo un muestrario de las muchas dimensiones hacia las que fluye su creatividad, desde storylines doblemente ficticias hasta entrevistas y acontecimientos de humorística verosimilitud, pasando por interesantes buceos en el mar de YouTube y verborrágicas palabras suscitadas por los temas que lo conmueven. Pero es cuando se lanza a la reflexión sobre su gran pasión, el cine, cuando más gusto me da leer sus escritos. Y más aún cuando la mirada sobre el fenómeno cinematográfico se embebe de lo semiótico y filosófico. Eso ocurre de manera altamente disfrutable en La ficticia frontera fractal: Primer episodio, donde se intenta recorrer ese complejo y movilizador vínculo entre el cine y la realidad y, por definición, entre éstos y el plano de la ilusión. No puedo esperar el advenimiento de los próximos episodios

SClarens sobre Lourdes Nievas

Debo confesar lo poco que sé de las temáticas en las que incursiona. Es más, lo que ahora sé fue por leer sus artículos. Por ejemplo, cuando escribió Flores rojas en mi camino me di cuenta que mirar una rosa y sentir que dice más de lo que aparenta no es de “flojito”. Su artículo me hizo acordar a la relación que el Principito (Le Petit Prince),  tiene con la Rosa a quien ama, y a la que poco a poco va descubriendo. En fin, les hablo de Lourdes Nievas, quien por el solo hecho de haber estado en Francia tiene bastante más cancha que yo para escribir sobre flores y sobre pinturas de artistas cuyos nombres no puedo pronunciar correctamente. En el artículo mencionado Lourdes dice que tal vez “el desafío es querer seguir abriendo los ojos”. Comparto totalmente, pero para llegar a eso me hace falta prestar más atención, por lo menos, a los “cuadritos” que hay colgados en las paredes de mi casa.

Diego F1 sobre AnBu

Realmente me ha costado cumplir la consigna de este escrito teniendo que recomendar un post de esta escritora. Los que leemos Mediorama sabemos que AnBu tiene un campo bien definido que le permite moverse con comodidad, y un estilo propio que hace plácida la experiencia del lector. Entonces,  ¿cuál elegir? Para salvar la disyuntiva decidí pensar en los que no la conocen todavía. A ellos les recomiendo que lo hagan con Los vaqueros sin pistola. Por comenzar a un nivel personal, por la sencillez pero lo llamativo de la idea, por el desarrollo de la misma en la dimensión de la sexualidad, porque al ser uno de los primeros es un buen ejemplo de todo lo que viene después, por mostrarnos que la ropa no solo esconde piel y por hacernos pensar mientras miramos vidrieras. Como ya dije, fue difícil elegir un post, así que más que nada yo recomiendo a la escritora.

lunes, 25 de julio de 2011

Lo que la Copa nos dejó

Para seguir con las tradiciones numerológicas de la eufórica fiesta de quince del triunfo celeste, a continuación van quince cosas que nos dejó la Copa América, y que la definieron como el acontecimiento de masas del año.

1. Bienvenidos a Twitterland. En cuanto a las redes sociales, la protagonista indiscutida fue Twitter. Desde los periodistas deportivos dando las primicias en menos de 140 caracteres hasta los jugadores pidiendo algo pa’ comer, la Copa América se vivió a pleno en un mar de tweets.

2. Popurrí de canciones. La celeste es el hit (los hits, mejor dicho) de la temporada. Desde el Fata Delgado hasta Pitufo Lombardo, pasando por los clásicos de Jaime Roos y Canario Luna, todos los artistas uruguayos se suman a los homenajes musicales a la “gloriosa celeste”. El visionario tema de No te va gustar con su “regálame un sol” debe ser la canción más abonada en AGADU. El que no pudo meter su hit fue Diego Torres con su insulsa canción de la Copa América.

3. Popurrí de publicidades. Cuatro de cada cinco publicidades en las pantallas, radios y espacios gráficos del país tienen como eje a la selección y, desde ayer, su triunfo en el campeonato continental. “Gracias campeones” es el nuevo eslogan de organismos públicos, bebidas espirituosas y productos lácteos. Y seguro que a Julio no le pagaron lo mismo que a Lugano, aunque Claro les dé los mismos beneficios.

4. Suárez, Suárez… (léase como cántico). La consagración de Suárez como el mejor delantero de la Selección fue uno de los sucesos más tiernos y merecidos del torneo. Si hasta ahora había quedado algo ensombrecido por los brillos forlanescos, Suárez demostró que puede pasar a la historia por muchos más méritos que haberse convertido en delantero y golero en el mismo partido. Y hasta ganó el derecho a sobrenombre propio: del “Diego de los uruguayos” pasamos a tener también, según la insaciable inventiva de R.R., un “Depredador”. Habrá gritos de gol para rato.

5. Delantera infernal. Y si la delantera uruguaya es considerada como un infierno por locales y extranjeros, esa parece haber sido la consigna inspiradora de algunas muchachas que encontraron en las coberturas televisivas de los partidos una oportunidad de exhibir sus estereotipadas curvas y obtener algunos segundos de atención por parte de periodistas siempre desagradablemente listos a celebrar la presencia de las mujeres en el fútbol solo por sus atributos carnales.

6. La sorpresa incaica. Perú fue la gran sorpresa del torneo, superando en estadísticas (puntos y goles y efectividad) a Paraguay. Es decir, en esta Copa América el ganador de la medalla de bronce fue mucho más que el de la plata. Además, el tercer puesto siempre se va ganando, mientras que el sub-campeón se va con una derrota. La sensación que queda es que las Eliminatorias serán feroces…

7. Las revelaciones. Ni Coates ni Perú. Las revelaciones de esta copa fueron la posibilidad de que Brasil errara cuatro penales seguidos y la creencia de los chilenos de que eran los grandes favoritos.

8. Las confirmaciones de la copa. Por supuesto, no todo fueron revelaciones. También se confirmaron cosas, simples pero ciertas: a los venezolanos les va lo del cariño vertiginoso con los rivales de fútbol, los jóvenes noteros enviados desde Uruguay son grandes ladrones de gallinas. Pero sobre todo que la celeste es una camiseta con identidad propia.

9. La invisibilidad del hombre invisible. La pregunta es la siguiente: ¿dónde está Paco? Y no nos referimos a su paradero físico, sino a dónde se encuentra en el discurso de los uruguayos. Desapareció, se fue, no está. Claro, no sabemos dónde está pero sí lo que está haciendo: contando billetes. De igual forma por no turbar la conciencia en tiempos de festejos, “Gracias Paco”.

10. Del sergiogorzysmo. Su ausencia en la publicidad pronosticando el campeonato para Uruguay confirma la teoría de que pudimos haber ganado el mundial de no ser porque este señor se mandó la secada del siglo. La caída en picada de la imagen pública de “El periodista del bombo” expresada en cierta cartelería de último momento, puede ser consecuencia de varias características de este personaje que no agradan al uruguayo medio (que somos todos pero sobre todo Scotti). Pero a no subirse al carro de “péguenle a Gorzy” porque con eso no nos aseguramos las eliminatorias.

11. Minutos y minutos de cobertura mediática. Ante estos eventos deportivos y, sobre todo, estos logros de los representantes de Uruguay, los espacios mediáticos casi se orientan exclusivamente al fútbol, en sus aspectos genéricos y sus más minuciosos detalles. Cualquier cosa ocurrida en estos últimos días de julio careció de trascendencia en comparación a la prioridad dada a la Copa. Bordaberry eligió un buen momento para morirse, si lo que quería era pasar desapercibido. Si esta Copa se hubiera dado en el 2009, la Gripe A no hubiera existido.

12. Periodismo a ambos lados del rio: Ver cómo vivieron nuestros hermanos argentinos la Copa a través de su periodismo deportivo fue sin duda alguna uno de los placeres más grandes que nos dio este campeonato. Lo que preocupa es la incapacidad de los periodistas de la supuesta cadena internacional Fox para hablar dos minutos seguidos de otro país sin mencionar a la Argentina. “La Argentina mereció ganar” le escuchamos decir a muchos con un nudo en el pecho. Como dice Niembro: “basssta, no entienden nada”. En serio, no entienden nada.

13. Relatos, siempre relatos. Y no solo los literales, estrictamente efectuados por los relatores. Lo que la Copa nos dejó fueron más relatos que, a la vez que describen, construyen: fórmulas repetidas hasta el hartazgo como “qué lindo ser uruguayo”, referencias innumerables a los números que han marcado la historia y que hoy se renuevan, paralelismos entre el ayer y hoy, los relatos sobre la grupalidad fuera de la cancha y el corazón dejado dentro de ella… Todos estos relatos se reciclan en forma de sentimientos de identidad, de pertenencia, de admiración, que hacen que todo el país y el sentir colectivo e individual se proyecten en un grupo de talentosos deportistas vistiendo una camiseta con color celestial. ¿Eficacia simbólica lo qué?

14. Volver a la escuela. La Copa (la jugada y la ganada) nos dejó el poder confiar en el trabajo y en los valores por encima de las cábalas y otras supersticiones. Sí, teníamos prontos los festejos antes del partido pero la selección ganó con autoridad. Y cuando decimos la selección ganó, queremos decir: la selección ganó y el pueblo acompañó. Porque no hay que olvidar que ellos son los que salieron a pelearla aunque todos les paguemos el sueldo. Hoy se le pide a toda América que aprenda de Uruguay pero ¿qué aprendimos los uruguayos y uruguayas de todo esto? Ya es hora de dejar atrás eso de “somos el país en el mundo que más veces ganó el torneo de su propio continente” (sergiogorzismo) y quedarse con el profesionalismo, el trabajo, el respeto por los compañeros, la planificación, la humildad, la paciencia y la entrega por lo que cada uno hace, y ahora no nos referimos al futbol.

La número 15. Precisamente eso: la copa y la fiesta tan esperada.