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sábado, 28 de julio de 2012

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre gimnasia y nunca se le ocurrió preguntar

Larisa Iordache, la gimnasta preferida de Mediorama Uruguay.


Parafraseando a mi colega Ruy Ramírez, una de las cosas más atractivas de los Juegos olímpicos es que uno se puede volver especialista en un deporte tras mirar 75 segundos de una competencia. Lamentablemente, esto también corre para la mayoría de los comentaristas, que solo aportan  datos redundantes (“la caída del gimnasta de China”… ¡sí ya sabemos que se cayó!) o biográficos (“el gimnasta nacido en 1986, que compite sus segundos Juegos Olímpicos”… A-bu-rri-do). Con suerte los estudios llaman a escena a algún juez o ex gimnasta que explica los elementos de manera más o menos accesible (como un tal Seba de la TV Pública Argentina, quien lanzó ciertos comentarios enriquecedores si ignoramos el hecho de que casi lo único que le importaba era la clasificación de un gimnasta argentino en las anillas). 

Es cierto, podemos tornarnos expertos en casi todas las disciplinas (recomiendo la arquería en esto de comprender deportes que nunca habíamos mirado antes), pero con la gimnasia puede resultar algo complicado. Sin referencias claras de los sistemas de calificación, podemos quejarnos hasta el hartazgo de por qué la gimnasta que clavó su salida obtuvo un puntaje menor que la que prácticamente se da de cara contra la colchoneta. Ojo, ver gimnasia desprejuiciadamente también puede ser gratificante: no hay tensiones, no hay favoritismos (si bien uno tiende a buscar sus simpatizantes de inmediato simplemente por el placer de hinchar por alguien y vivir la catarsis); solo el gusto visual de ver cuerpos atléticos logrando lo imposible. 

Pero quienes quieran visionar la gimnasia artística emitiendo algo más que comentarios del estilo “qué cara de concentración” o "parece que vuela" (lo cual no deja de ser cierto), aquí van algunas claves.

1. La gimnasia artística no es lo mismo que la gimnasia rítmica. 



Cuando menciono que la gimnasia artística es mi deporte preferido de los Juegos Olímpicos, generalmente recibo como respuesta: “Sí, está bueno eso de las cintas”.  ERROR. Las cintas (junto a las clavas, pelota, aro y cuerda) son elementos de la gimnasia rítmica, que es solo femenina, y responde a códigos y reglas completamente diferentes a los de la gimnasia artística (y en los cuales me gustaría estar más versada). La gimnasia artística (u olímpica, como también se la denomina) tiene dos ramas, femenil y masculina, y se ejecuta sobre diferentes aparatos donde los gimnasta combinan elementos acrobáticos y artísticos de acuerdo a un rígido código de puntuación.



Esto es gimnasia rítmica

Esto es gimnasia artística



2. La gimnasia masculina y femenina tienen aparatos distintos.


Las damas compiten en cuatro aparatos (también llamados “eventos”), los hombres en seis. Gimnasia femenina: suelo, viga (o barra de equilibrio), salto (sobre el “potro”, “plinto” o “caballo”) y barras asimétricas. Gimnasia masculina: suelo, salto, barra fija (o barra horizontal), barras paralelas, anillas y caballo con arzones. Habrán apreciado que solo dos aparatos coinciden entre ambos sexos: el salto (generalmente los hombres tienen mayor dificultad, solo porque tienen más fuerza) y el suelo (donde las mujeres tienen música y coreografía y los hombres no tienen música y ni –casi- coreografía).


3. El diez perfecto ya no existe. 


Hace dos días escuchaba a un columnista radial que recomendaba un sitio web donde es posible aprender las reglas básicas de cualquier deporte olímpico en apenas un minuto. Como ejemplo, puntualizó: “Así pueden comprender por qué un gimnasta obtiene un diez”. ERROR. O parcialmente error. El sistema de puntuación ya no tiene al diez perfecto como nota máxima. De hecho, cuando todavía lo tenía, era prácticamente imposible obtenerlo (la última fue Lavinia Milosovici en Barcelona 92). No more Nadias Comanecis.

Ahora, aunque nos produzca más nostalgia y desconcierto, el sistema de puntos es abierto: no hay máximos asequibles. Cuando vean un puntaje de 14.950, no os alarméis: no es que el gimnasta es demasiado perfecto y por lo tanto merece más que un diez. Es que el puntaje se compone de dos puntuaciones: una de dificultad, que generalmente oscila entre los 5.0 y 7.4 puntos; y una de ejecución, que sigue partiendo de diez y descuenta décimas de puntos por las fallas y errores. De la suma de ambos surge la calificación final. Para tener una idea, en gimnasia femenina un puntaje mayor a 15,000 es satisfactorio; mientras que un puntaje menor a 14,000 es preocupante, aunque todo depende de cómo le vaya a las demás y cuál es el aparato.  Los hombres tienen puntajes más altos pues su dificultad es mayor (cuando se acercan a los 16,000 hablamos una buena rutina). Una “caída” supone una deducción de un punto completo. 

4. No hay una sola instancia de competición donde se definan todas las medallas.


El calendario de la gimnasia consta de cuatro pruebas: a) los clasificatorios, b) la final por equipos,  c) la final individual (All-Around), c) la final por aparato. Obviamente, la primera clasifica para todas las demás. En la final por equipos se suman las notas de los gimnastas de cada país en cada aparato (compiten tres atletas por aparato y los tres puntajes cuentan); en la final individual se suman las notas obtenidas por un gimnasta en todos los aparatos; en la final por aparatos compiten los ocho mejores puntuados en la competición clasificatoria. Por regla, en las finales individuales solo pueden competir dos gimnastas por país. 


5. Los Juegos Olímpicos son la competencia MÁS importante para la gimnasia, para la vida de un gimnasta y para todos los fanáticos de la gimnasia.


Mientras que otros deportes tienen torneos más importantes que las Olimpíadas (Mundial de fútbol, Wimbledon en tenis, etcétera), para la gimnasia ésta es LA competencia. Pertenecer a un equipo olímpico (ser un “olimpista”) es, para muchos gimnastas, más importante aún que ganar una medalla en un mundial. Sepan comprender ciertas euforias.


6. Estados Unidos, Rusia, China, Rumania.


Los países que deben recordar cuando miren las finales femeninas. Hablamos de las cuatro potencias de la gimnasia, que han acaparado los podios olímpicos durante los últimos treinta o cuarenta años. Quienes me conocen saben con qué país transilvano está mi corazón; pero si soy realista, Estados Unidos tiene todas las de ganar, gracias a un gran nivel de dificultad y una alta consistencia. Rusia es gran candidata –con sus etéreas líneas de bailarina y sus magníficas asimétricas-, pero suelen contar dos o tres caídas entresuelo y viga. China se caracteriza por la pulcritud de su técnica, pero también sufren de inconsistencia. Rumania siempre da pelea con su seguridad y su excelencia en suelo y viga (además de que todo el Uruguay debería hinchar por ellas, pero esa es otra cuestión e intenaré mantenerme neutral).

7. Wieber, Komova, Mustafina, Iordache, Yao, Douglas.


Los nombres a recordar en la final de All-Around femenina, para algunos la medalla más importante de todas las que se disputan. Claro, puede que algunas no clasifiquen y otras no entren in the mix, pero es probable que los tres primeros puestos estén entre estas muchachas: Jordyn Wieber y Gabrielle Douglas (Estados Unidos), Aliya Mustafina y Viktoria Komova (Rusia), Larisa Iordache (Rumania) y Yao Jinnan (China, que también tiene una buena chance con Huang Qiushuang).  

8. Catalina Ponor.


Tienen que admirar esta gimnasta rumana que con 25 años hace elementos más difíciles que ocho años atrás, cuando ganó tres medallas de oro en los Juegos de Atenas. Y eso que se tomó unas vacaciones off-gymnastics durante cuatro años donde no le faltó la buena vida. Recuerden su nombre, ámenla, venérenla. Es la rockstar de la gimnasia.   


Catalina. Ponor. Es. Rock.



viernes, 27 de julio de 2012

Por qué el deporte también hace llorar y otros relatos olímpicos



-Pero podés ver los resúmenes en los compactos de los informativos– intenta argumentar inútilmente mi padre cuando le cuento desesperadamente que las competencias olímpicas de gimnasia coinciden con mi horario de trabajo. 
-No. No puedo mirarlo fríamente en diferido conociendo el resultado de antemano. Necesito vivirlo, sufrir, llorar, putear.
Mi padre vuelve a intentar consolarme dando una breve muestra de su único conocimiento sobre gimnasia y su inmenso conocimiento sobre mí. 
- Esperemos las rumanas hagan honor a Nadia Comaneci.




Vivirlo. Sufrir. Emocionarse hasta las lágrimas. Putear hasta tirarle con un almohadón al televisor. Catarsis. Catarsis. Catarsis. Catarsis. La necesidad de identificarse con un yo exterior, ideal, donde se proyectan las aspiraciones frustradas y los deseos más profundos. Un yo exterior que en esta época del año es ineludiblemente un deportista (un remero, un halterofílico, otra vez un jugador de fútbol) y que en todas las épocas de mis años es una gimnasta, rumana. Podría citar a Freud y su “Psicología de las masas y análisis del yo”, pero me es más sencillo linkear algunos argumentos explicativos de por qué amo la gimnasia y por los que Rumania y Uruguay son gemelos en el universo deportivo (acá van otros dos, por si hacían falta: la abreviatura de Rumania en inglés es “ROU”, igual que la sigla de nuestra República; la entrenadora de cabecera del equipo femenino  rumano se llama Mariana, igual que yo).

Gimnasta, remero o halterofílico (deporte con nombre perverso si lo habrá), la cuestión es que esa identidad (o aversión) espectador-deportista solo puede producirse cuando ese personaje es introducido en un drama, un relato, una escenificación. Una historia que se nos narra desde las pantallas, nos involucra, nos mantiene en vilo, hace sacar lo más violento y lo más sensiblero, aunque sea en dosis mínimas e imperceptibles. Los deportes olímpicos nos con-mueven, porque se nos narran. Más allá de la espectacularización, las globalizaciones mediáticas, las multinacionales con sus multillonarios intereses acaparando nuestros televisores y nuestros ojos y nuestras apaleadas y alienadas conciencias. Más allá de todo eso, simplemente me interesa pensar los eventos olímpicos como relatos. Como esos relatos que nos contaban en la niñez y que necesitamos ver reinventados en formas (no tan) diversas al “había-una-vez”.

Ya lo dijeron los griegos


Puede ser que los “grandes relatos”, como predican algunos posmodernistas, hayan caído. Qué importa: tenemos los pequeños relatos.  Que si Michael Phelps se coronará como el atleta más laureado de la historia, quitándole el lugar a la gimnasta soviética Larisa Latynina. Que si los ingleses abuchearán a Suárez en el desfile inaugural. Que una saltadora griega no contuvo su pulsión comunicante y twitteó una bestialidad racista, perdiéndose los Juegos Olímpicos para los que había entrenado toda la vida. Que si la selección uruguaya de fútbol estará a la altura de las expectativas y de las predicciones del 88% de los portales que lo dan como medallista.

Omar Rincón define a las “culturas mediáticas” actuales como un cúmulo de narraciones que responden a la lógica de la sociedad del entretenimiento. Por supuesto, el deporte es uno de los eventos más narrativizados de los medios, desde las infinitesimales películas sobre deportistas hasta los relatos en simultáneo de los partidos. Y bien que nos entretienen, claro.

Y como todo en la vida, lo dejaron registrado en un jarrón.
Pero la relación entre el deporte y el relato es muy anterior al imperio de las pantallas y a la invención del periodismo deportivo. Como todo en esta vida, los antiguos griegos inventaron los deportes olímpicos atribuyéndoles orígenes míticos. Dicen que fue Heracles (más conocido como Hércules) el propulsor de los Juegos en honor a su padre, Zeus, el dios más importante del Olimpo (de ahí la derivación, naturalmente, aunque algunos señalan que la raíz es “Olimpia”, la ciudad de los primeros juegos). También dicen que, cuando los juegos se celebraban cada cuatro años, las guerras se detenían (¿quizás simplemente porque se trata de también de una batalla, pero representada, como persiste en las metáforas bélicas de los comentaristas deportivos?). 

Los atletas eran venerados; la fuerza y la destreza asociadas a la belleza del cuerpo eran parte de la areté (cualidades enaltecedoras para los griegos); el deporte era una vía para alcanzar la gloria por la que los deportistas sacrificaban todas sus horas. Años de entrega, segundos de competencia, gloria eterna. Sabemos que Aquiles prefirió una vida corta y llena de honra que larga, aburrida, olvidable. Basta conocer la rutina de un deportista de elite para descubrir que las cosas no han cambiado tanto  en todos estos siglos. 

Nadia Comaneci, Carl Lewis, Larisa Latynina, Michael Phelps. Todos nombres que nadie duda de equiparar al estatus de “héroes” o “leyendas”, sobre todo los reportes que tanto han pululado sobre la historia (narraciones otra vez) de los Juegos Olímpicos. Las “hazañas” y los momentos “épicos” también se venden al por mayor en los pseudocumentales, flashes televisivos y artículos web que sirven de antesala el inicio de Londres 2012.


Dramatizar lo irreal


El deporte no es real. Es en sí mismo una representación. Tiene el origen en algo real (la maratón surgió por la necesidad de llevar mensajes de una ciudad a otra) o mítico (la pelota asociada a los astros en el Popol Vuh), pero es siempre una escenificación, un juego, una suspensión de las circunstancias actuales para crear un universo con reglas propias y solo válidas para esas coordenadas espacio-temporales del hecho deportivo. Por eso son “Juegos”, precisamente.

Pero el hecho deportivo no queda allí. Las culturas mediáticas actuales (otra vez Omar Rincón)  deben dramatizar todos los sucesos, incluso los más caóticos, para insertalos en la coherencia de la narración. Así, permanentemente se busca lo narrable de una competencia, se ficcionalizan las acciones, se generan expectativas a través de predicciones anafóricas.

La gimnasia, por ejemplo, nació con una gran historia: Nadia. Antes estuvieron Latynina, Carlavska, Korbut, pero fue Comaneci quien desencadenó la verdadera (r)evolución de la gimnasia y sembró sus arquetipos con aquel primer diez perfecto. El eterno icono  de la perfección que en realidad no fue perfección pero qué importa.

La portada de Time cuando Nadia asombró al mundo


Y son esas historias grandes y mínimas las que me envuelven día a día para que lea decenas de noticias y reportes y previews y análisis de gimnasia en la esfera virtual de la “Gymternet”. La triste historia de la gimnasta que nunca llegó a los Juegos Olímpicos por culpa de una lesión insistente; la de la gimnasta con aires de diva que no pudo volver al gimnasio a tiempo y fracasó en competir en sus segundos Juegos; la del equipo que todos daban por muerto y se recompone en el momento exacto para dar pelea (¿metáforas bélicas, yo?). Los principales eventos de las competencias son con frecuencia catalogados como “storylines” en un fascinante paralelismo con el cine y la TV; las transmisiones de la NBC de Estados Unidos necesita mostrar clips lacrimógenos (llamados “fluffs”) sobre el inmenso esfuerzo de las atletas para luego mostrarlas ejecutando una rutina; la palabra “drama” es utilizada en casi el 47% de los comentarios de los foros cibernéticos sobre gimnasia.

No es simplemente que el melodrama “venda” o “entretenga”. Es también que los simples mortales precisamos las empatías, los personajes detrás de las frías rutinas, los héroes detrás de los deportistas, los dioses detrás de los héroes. 


Y después nadie comprende por qué rompo mi abstinencia de llanto cuando descubro que mi gimnasta preferida tiene una inflamación en el pie que compromete sus posibilidades de medalla. 


domingo, 18 de diciembre de 2011

Noche Buena con las Estrellas de #Rwack


Hola :D 
Tengo una propuesta. Hagamos un set list para estas fiestas del fin del mundo. Para no tener que comernos esa lista de temas que pone Humberto de Vargas todos los años, ese random que tiene a Thalia, Chayanne, Luis Miguel y todas esas porongas juntas durante horas. 

¿Ya son las doce, Humberto?

La idea es que, entre todos, armemos una lista re copada para escuchar en estas fiestas. De lo que ustedes quieran. Me dicen, y el post que viene armamos el set :D
¿Les pinta?
Les paso unos temas que para mí tienen que estar.




domingo, 6 de noviembre de 2011

Divagues tardíos sobre el Mundial de Gimnasia, intentos fallidos de burlar la gravedad y el paralelismo sorprendente entre Obdulio y Comaneci

La rumana Ana Porgras en su volátil ejercicio de viga, Tokio 2011 


Durante el mes de octubre se desarrolló el Campeonato Mundial de Gimnasia Artística, uno de los eventos preferidos de mi agenda mediática y personal (lo cual, ya lo sé, habla de lo poco excitante que es mi agenda anual en materia de eventos de índole juvenil, en fin). La cita fue en Tokio, tras muchos dilemas acerca de los peligros nucleares y posibles terremotos que podrían afectar las rutinas de las gimnastas. Mi idea era realizar una crónica o reporte acerca de lo acontecido en la competición, pero ante la distancia temporal que ya nos separa del evento, en lugar de una cobertura en tiempo real desparramaré una sucesión de pensamientos, recuerdos y consideraciones que siempre he querido expresar sobre mi deporte preferido, siguiendo los titulares adelantados en (adivinaron) el título.

Los divagues tardíos


Si bien los mundiales de gimnasia se realizan todos los años excepto el olímpico (la carrera de un gimnasta promedio es muy breve como para darse el lujo de un mundial cada cuatro años), se trató de una edición de particular importancia por ser un mundial pre-olímpico, donde equipos y atletas clasifican a los Juegos. Y los Juegos Olímpicos son algo así como el súmmum del súmmum, la competencia más prestigiosa en el universo gimnástico. Ganar una medalla olímpica es para un gimnasta la máxima gloria que puede alcanzar en su carrera. De hecho, el solo formar parte del seleccionado olímpico ya es casi tan meritorio como ganar una medalla mundial.

 Por supuesto, ni los canales televisivos abiertos ni los de cable ni los diarios han informado sobre el  evento. Creo que emitieron algún clip sobre la competencia masculina como una especie de rareza freaky de lo que puede lograr el cuerpo humano, pero mientras los domingos es frecuente ver partidos de tenis internacionales o carreras de fórmula uno, la gimnasia es una utopía en la televisión nacional. No es de culparse, dados los millonarios precios de los paquetes de cobertura y la poca redituabilidad ante la relativa escasez de seguidores del deporte. Digo relativa porque durante las olimpíadas los teléfonos de los canales arden de llamadas preguntando por la gimnasia, aunque quizás esto no es relevante dada la instantánea conversión al fanatismo deportivo que experimenta la mayoría de los espectadores durante los Juegos Olímpicos.

Por estos lares (Uruguay, Sudamérica en general exceptuando Brasil) la gimnasia es un deporte casi exótico, que solo sale a la luz durante las Olimpíadas. En este mismo razonamiento, como no hay mediatización de la gimnasia durante el resto del año, no es importante. Tal vez, para muchos, ni siquiera existe.

En realidad en nuestro país hay unos cuantos clubes dedicados a la práctica de este deporte. Sin embargo, el nivel que presentan las gimnastas más talentosas y avanzadas no está cerca aún del nivel de elite internacional. De hecho, muy pocas naciones –al menos en la rama femenina de la gimnasia- alcanzan esta categoría. Desde hace varias décadas, los podios mundiales y olímpicos casi sin excepción han sido ocupados solamente por cuatro países, considerados grandes potencias de la disciplina: Rusia (ex URRS), China, Estados Unidos y Rumania, seguidos de un puñado de países que bajan y suben del ranking según las estrellas disponibles en su seleccionado.

La cuestión es que mientras en Norteamérica, Europa y Asia los campeonatos de nivel mundial se transmiten por las cadenas de deportes (incluso con comentaristas especializados, es decir, cada país tiene su Kesman y su Da Silveira, solo que generalmente hay alguna mujer en la dupla relatora) aquí para conocer los resultados hay que recurrir –cómo no- a la inmensa red de redes, donde hay una interesante blogósfera dedicada a la gimnasia con autores (más bien autoras) que hasta viajan a los eventos para dar una cobertura en vivo por escrito (al estilo Twitter) en sus respectivos blogs.


The Couch Gymnast, blog de referencia en el mundo de la "Gymternet"

Así, es gracias a estas comprometidas escritoras de la gimnasia (todas en lengua inglesa: sólo he registrado un blog en español sobre el deporte) los fanáticos de este hemisferio nos enteramos de quiénes integrarán cada equipo, cuáles son las expectativas, si alguien se ha lesionado y, finalmente, cómo se repartieron las medallas. Después, con suerte, un alma bondadosa sube a YouTube los videos capturados con su celular o las transmisiones televisivas de su país. Sí, he tenido que escuchar coberturas en chino.

Los intentos fallidos

No dejo de preguntarme qué sería de mi afición gimnástica si no fuera por las potencialidades globalizantes de la Red. Aunque mi enamoramiento del deporte provino de la inolvidable película rumana “Alcanzando el cielo” que homenajeaba a la más inolvidable aún Nadia Comaneci, mi involucramiento con la gimnasia también fue gracias a un evento olímpico, Atlanta 96. Sin Internet, mi contacto con la gimnasia sería exactamente tan excepcional como los 29 de febrero.

 Si mis cálculos no fallan, por la época de Atlanta mi frágil gracilidad ya había ingresado al plantel del club social y deportivo de mi ciudad y había aprendido algunas piruetas con la ilusión de que algún día podría volar por los aires. Hasta había ganado una medalla de bronce y todo. Pero fue con Atlanta que empezó mi vínculo con la gimnasia como espectadora. Qué gran época de la gimnasia. Poco tiempo después abandoné mis intentos vanos y fracasados de volar por el aire. Ni siquiera conservo aquella medalla de bronce. Tal vez fue de esos sueños que después se transmutan en recuerdos.

Los paralelismos

El punto de inflexión clave de Atlanta 96 (campeonato que vi una y otra y miles de veces en unos videos que me había grabado mi abuela) es que allí comenzó mi inexplicable admiración por las gimnastas rumanas. Había algo de valiente en las integrantes de aquel equipo que, pese a provenir de un pequeño país, conservaban un amor increíble por su gimnasia, una gimnasia que era un tesoro de su tradición y que había hecho famosa a su nación en el mundo, gracias a aquel primer diez perfecto de la pequeña y audaz y perfecta Nadia Comaneci.

Equipo rumano en Atlanta 1996

¿Suena familiar el pequeño país de fama mundial gracias a un deporte, casi el único deporte de su tradición deportiva? ¿Y si les digo que las gimnastas son prácticamente celebridades en la televisión de Rumania? ¿Y que salieron cuartas en el último mundial? Por si no lo notaron, lo que intento argumentar es que los paralelismos entre la gimnasia rumana y el fútbol uruguayo son recalcables. Quizás por eso no he dejado de identificarme con esas heroínas, aún cuando haya otras gimnastas de otras naciones con líneas más perfectas y dificultades más arriesgadas. Me he encontrado a mí misma hinchando por cada rumana como si fuera de mí país. Y quizás sea un poco mi país. Desbocatti dice que Rumania y uruguay son como países gemelos separados en el espacio, y Lonely Planet define a Montevideo como un pedazo de Bucarest en América Latina. Pero, voilá, yo lo había descubierto mucho antes.




Ana Porgras, de Rumania, con un leotardo blanco, celeste y una especie de sol como adorno. ¿Necesitamos más pruebas?


Para quienes quizás se lo pregunten, lamentablemente el mundial de Tokio dejó a mi querida Rumania fuera de las medallas por primera vez desde 1981. Ni una medalla, pese al enorme talento de las integrantes del equipo. Estados Unidos y China, máquinas de fabricar atletas en las disciplinas que se les antojan,  arrasaron con los medalleros. También Rusia, pero no digo nada, porque al menos este país lleva, como Rumania, la gimnasia en su sangre. La esperanza que conservo es que, si se reproducen los paralelismos con Uruguay, Rumania sería campeona del  campeonato Europeo 2012. Y en los Juegos Olímpicos, veremos. Lo cierto es que no sé si  un oro uruguayo en fútbol me emocionaría tanto como escuchar el himno rumano otra vez durante una entrega de medallas.  





lunes, 1 de agosto de 2011

Bienvenidos al mes de la nostalgia


La proyección comercial que en el mes de agosto se hace de la nostalgia, en torno a la ya sacra noche del 24, es una buena excusa para empezar a bucear por ese concepto, ese sentir, esa actitud que tanto define a nuestra identidad imaginaria desde tiempos lejanos.

En honor a la nostalgia (o a causa de ella), durante mis escritos del presente mes bordearé esta noción desde diversas experiencias y reflexiones. Les invito, desde esta primera entrega, a transitar por los recovecos de mi nostalgia, que tal vez se conecte en algún punto con los refugios nostálgicos de ustedes. Porque todos construimos nuestras nostalgias. Porque ellas nos construyen a nosotros, irremediablemente.
El mes de la nostalgia / Parte I: Los pies que sollozan

“No ves que vengo de un país que está de olvido siempre gris”, cifra el tango La última curda en uno de sus versos –paradojalmente- memorables. Puede que nuestro color simbólico sea el celeste, pero si hay un clima que nos representa es el gris. Ese gris de tango, de tango que mi padre (nacido, casualmente, el primer día de agosto) me ha enseñado a querer tanto. Hay una frase preciosa de Horacio Ferrer que define al tango como “esa tristeza que se baila”. Lagrimones piantaos, nostalgias de sentir su risa loca y amores que se buscan olvidar en una copa son figuras recurrentes en el universo poético del tango. Ese encuentro de los cuerpos que se se danzan en una efusión que está condenada a la tragedia, esos acordes oscuros que nos trasladan a los bajofondos con sus mágicos pesares.
Y si hay una sensación física del dolor, es el calambre, punzante e inmovilizante. El magistral Piazzolla captó en el tango así denominado ese paralizante ardor muscular (y, se sabe, espiritual), pero lo convirtió en música danzable. Es el tango de su autoría que más me gusta, y el que más me gusta de todos en el mundo. Saura lo tradujo en deleite audiovisual en la inolvidable escena ajedrezada protagonizada por Julio Bocca.

           





De tangos y medallas

Lo que me encanta del tango es que, desde sus orígenes arrabaleros-portuarios en el Río de la Plata, ha trascendido para mixturarse con matices contemporáneos (Piazzolla es un emblemático ejemplo) y fusionarse en las más diversas artes. Eso ha ocurrido incluso en el ámbito deportivo, en el deporte que también es dueño de mi honda nostalgia, emanada de lo que siempre quise y habría querido ser. Hablo de (más que hablar, siento) la gimnasia artística.  
Las rutinas de suelo de este deporte-arte combinan danza y ejercicios acrobáticos al ritmo de una música instrumental. El tango ha sido una constante en las rutinas gimnásticas, elegido por legendarias soviéticas de los ochenta e instalándose  como gran tendencia en el último bienio.
Recuerdo una competición olímpica (creo que era Sydney 2000) en que Mario Uberti relataba el evento de gimnasia y, mientras una atleta hacía su salto al potro, se escuchaban los acordes de La cumparsita como telón de fondo. Una gimnasta los estaba interpretando en su rutina de piso. “¡Matos Rodríguez internacional!”, exclamó Uberti, haciendo referencia al legendario compositor. Increíblemente, una gimnasta de algún país que ni siquiera sabemos pronunciar había elegido al himno de los tangos uruguayos como la música de su presentación. Y es que en un país tan chiquito nos da un orgullo bárbaro cuando en otro punto del globo (aun sin saberlo) se nos da presencia. Y entonces los tiempos y espacios y géneros se cruzan sin quererlo: desde el arrabal decimonónico de Montevideo hasta un gimnasio de alto rendimiento en Texas o Moscú.
Esta fusión tan puntual entre el tango y la gimnasia ha dado a luz varias piezas disfrutables. En el mes de la nostalgia, quiero compartirlas con ustedes, para que tal vez empiecen a admirar este deporte tan poco difundido en nuestro territorio (mediático y geográfico). Aunque el desarrollo de la gimnasia sea escaso en Uruguay, al menos el legado musical de estas tierras ha aportado su arte para embellecer al deporte.

De colección: gimnastas de arrabal
Nastia Liukin
Campeona olímpica en los Juegos de Beijing, la estadounidense de sangre rusa (su padre y entrenador fue campeón olímpico representando a Rusia) aprovecha sus líneas alongadas y su soberbia elegancia para entregar la mejor rutina de toda su carrera, al ritmo de tango.



Aliya Mustafina
La emperatriz de la gimnasia durante todo campeonato habido en el 2010 (ahora recuperándose de una delicada lesión de rodilla) conjuga una soberbia actitud rusa y unos ojos cargados de sombra al ritmo de un clásico gardeliano que siempre logra erizarme: Por una cabeza.




Vanessa Atler
Aunque fue una gran promesa de fin de siglo, Atler no participó en los Juegos del 2000, por lo que Uberti no se refería a ella al escuchar nuestra querida Cumparsita. Parece que es un tango popular, porque esta gimnasta estadounidense ya lo había elegido para su poderosa rutina, en una versión orquestal muy clásica.  




Terin Humphrey
Adoré la serie de esta gimnasta en los Juegos de Atenas 2004. Me encanta, sobre todo, la secuencia en el minuto 1:10, donde garabatea la melodía de matices tangueros con sus movimientos giratorios al ras del suelo.





Sandra Izbasa
Rumania es la selección de mis amores en esto de la gimnasia (otro día conocerán la historia). Por eso, no podía faltar una rumana en esta nostálgica selección, aunque sea una pieza demasiado fusionada con la electrónica y los ritmos modernos. Pero, a fin de cuentas, de fusiones se ha tratado esta columna. Y Sandra (oro en suelo en  Beijing) transmite con énfasis la abrumadora pasión de los ribetes tangueros.



Estoy pensando seriamente en escribir una carta a la Federación Rumana de Gimnasia para que la bellísima Ana Porgras ejecute su serie al ritmo de Calambre, o que la prometedora Larisa Iordache lo haga con Libertango.
Como también el vals está impregnado del vaivén de la nostalgia, qué mejor manera de cerrar este primer recorrido nostálgico que con la gimnasia-ballet valseada de la mencionada Ana, mi gimnasta preferida, quien provoca en sus formas elegantes la nostalgia viva de la antigua esencia artística de la gimnasia.




domingo, 31 de julio de 2011

Agora qué Celeste: Sabremos cumplir, sabremos cumplir, sa


Recreando el espíritu dialógico y opinológico de las antiguas ágoras griegas (al menos, como nos gusta imaginarlas), queda inaugurada una nueva sección colaborativa (entre las incorporaciones que se vienen) de Mediorama: el Agora qué. La propuesta es sencilla: un tema, sietes escritos, emanados de la pluma digital de los siete miembros de este colectivo medio serio. En esta ocasión, siguiendo la resaca de rating (y de alegría) que nos ha dejado el desempeño de la Selección, hemos elegido como tema “La Celeste”. Claro que, al primar en los temas el criterio de libertad antes que la estricta literalidad, la camiseta uruguaya no es lo único celeste que aparecerá en las opiniones de esta ágora virtual.


AnBu

Fui de las que estuvo prendida a todos los partidos de la copa. Me detuve en canales de televisión que nunca miro para empalagarme con las repeticiones, leí secciones del diario que habitualmente no me interesan y entré al Twitter de las personas vinculadas al mundo del fútbol. Festejé. Pero ya está. Estirar la hazaña alegando que en 3 millones de habitantes hay tantísimos futbolistas talentosos no me parece un mérito excluyente. Tampoco me agrada ver a nuestro presidente hacer leña política del árbol deportivo. Y mucho menos comparto el sentimiento de identidad o de nación que supuestamente el fútbol forja. Pero más triste me parece que gracias a que estamos en el quinto puesto del ranking FIFA, nos empecemos a hacer notar a tal punto que se acuerden de Rada en los premios Grammy.

Lourdes Nievas

Yo no vi el partido. Los que me conocen y saben de mi apego genuino y antiguo por el fútbol se sorprenderán. Es que quería evitarme la incomodidad de tener que verlo acompañada por mi familia, los otros partidos los había podido ver sola. Además no quería que los comentarios fuera de lugar tanto de mi madre (por ignorancia) y de mi padre (por aburrimiento malicioso típicamente oriental); no iba a soportar el “éste está emputecido del todo” refiriéndose a Forlán o “este viejo infeliz ya no sabe ni cuando mandar los cambios” por Tabárez. Entonces seguí toda la transmisión de 13 a 0 y fui feliz, me guardé toda la alegría para mí encerrada en mi cuarto con la excusa-no-tan-excusa de que tenía que estudiar para un examen. Pero recién dimensioné lo sucedido en su justa medida el lunes bien temprano mientras desayunaba, aprontándome un refuerzo de manteca y dulce de membrillo, como buena hija de Obdulio, y la mañana gris fue celeste.    

Kolo

Gracias, Celeste. Gracias. Nunca viví una fiesta ni compartí una alegría tan linda con tanta gente. Me emocioné y me sentí muy orgulloso de vos. Como aquella primera vez, volviste. Como tantas veces. Sos una cosa de locos. Durante todos los tiempos, generaste opiniones y sensaciones encontradas: felicidad, tristeza, enojo, orgullo, vergüenza, decepción y gloria. Gracias a vos, un país se sintió campeón. Se sintió feliz. 

Ruy Ramírez

Los triunfos del combinado futbolístico uruguayo han puesto al color celeste de moda. Ahora todos hablan y opinan de fútbol sin la necesidad de saber sus antepasados. Como los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, creo que es necesario repasar algunas cosillas que conllevaron a tal hazaña.
• En la cancha de Las Acacias un jugador es mordido por un perro cuando se disponía a patear un corner.
• Se prohíbe que entren niños con los equipos a la cancha debido a que en un clásico las mascotitas armaron una batalla campal antes del cotejo.
• Charly Batista es expulsado a los 40 segundos de un mundial por atentar contra las piernas de un escocés.
• Darío Silva alquila una casa cerca de la concentración y la llena de prostitutas. Cuando la prensa se entera que se escapaba de la concentración para enfiestarse, Darío declara: “Alquilé esa casa para mis primas”.

Mar Payssé

Que los resultados exitosos en el fútbol alimentan la identidad colectiva no es noticia para nadie. Como acontecimiento, el fútbol no se comunica por sí solo, sino que es construido a través de los signos y relatos del periodismo especializado y genérico, el mundo mediático de las letras impresas, las pantallas, las miles de publicidades. Por sí sola, ninguna Copa constituye el mito. El sinfín de palabras que relatan ese triunfo, a la vez, lo construyen. Me encantaría indagar cuántas veces los diarios se han referido a nuestros deportistas como héroes, gigantes, leones, titanes. Hazañas, proezas, hitos históricos… No habría que dejar pasar demasiado tiempo para investigar sobre las construcciones mediáticas en torno al desempeño positivo de la selección, indagando cómo se generan -a través de descripciones y narraciones nada transparentes- las figuras, las identificaciones, los mitos y las resonancias intersubjetivas a partir de goles objetivos que también se escenifican sobre canchas mediáticas.

SClarens

Mi amor por ella comenzó hace años, cuando la vi por primera vez en la televisión. También le dicen “Celeste”, pero no se trata de una selección de futbol, sino de una de las actrices argentinas más lindas que los canales abiertos, dentro de algún empaquetado, pudieron mostrarnos. Celeste Cid se me presentó en 2003 –con 18 años– en aquella novela llamada “Resistiré”, donde cada tanto dejaba ver su cuerpo en escenas candentes. Pero comenzó su carrera en “Chiquititas”, pasó por “Verano del 98” y realizó alguna que otra actividad más en televisión y también en teatro. Hoy que todos hablan de “la Celeste” yo también lo hago, pero prefiero sustituir el artículo “la” por este link: http://www.youtube.com/watch?v=Id7-LVciG-8&feature=related

Diego F1

¡Aguante el Pato Celeste! Por haber estado en las malas y en las peores. Porque en las buenas estuvo bien de boliche y/o hasta las manos con la ley. Porque supo sacarse su cabeza patuna para repartir guantes de local y de visitante. Porque fue de los pocos que pudo hacer unos mangos en épocas de crisis del mercado futbolero uruguayo. Porque es un pato que pone huevo’ y roba gallinas. Por ser mascota de la selección, animador de fiestas, inflador de globos, dealer y vendedor de humo. Por tener entre sus contactos al que manda (el Pepe) y también al que manda de verdad (el Paco). Por ser todo lo que los periodistas deportivos (especialmente ese gordito de cámara celeste) siempre quisieron ser y nunca podrán: amigo de los jugadores, querido por los niños, deseado por las mujeres y respetado por los hombres.

Por ser nuestro Pato. ¡Salu’ maestro!

lunes, 25 de julio de 2011

Lo que la Copa nos dejó

Para seguir con las tradiciones numerológicas de la eufórica fiesta de quince del triunfo celeste, a continuación van quince cosas que nos dejó la Copa América, y que la definieron como el acontecimiento de masas del año.

1. Bienvenidos a Twitterland. En cuanto a las redes sociales, la protagonista indiscutida fue Twitter. Desde los periodistas deportivos dando las primicias en menos de 140 caracteres hasta los jugadores pidiendo algo pa’ comer, la Copa América se vivió a pleno en un mar de tweets.

2. Popurrí de canciones. La celeste es el hit (los hits, mejor dicho) de la temporada. Desde el Fata Delgado hasta Pitufo Lombardo, pasando por los clásicos de Jaime Roos y Canario Luna, todos los artistas uruguayos se suman a los homenajes musicales a la “gloriosa celeste”. El visionario tema de No te va gustar con su “regálame un sol” debe ser la canción más abonada en AGADU. El que no pudo meter su hit fue Diego Torres con su insulsa canción de la Copa América.

3. Popurrí de publicidades. Cuatro de cada cinco publicidades en las pantallas, radios y espacios gráficos del país tienen como eje a la selección y, desde ayer, su triunfo en el campeonato continental. “Gracias campeones” es el nuevo eslogan de organismos públicos, bebidas espirituosas y productos lácteos. Y seguro que a Julio no le pagaron lo mismo que a Lugano, aunque Claro les dé los mismos beneficios.

4. Suárez, Suárez… (léase como cántico). La consagración de Suárez como el mejor delantero de la Selección fue uno de los sucesos más tiernos y merecidos del torneo. Si hasta ahora había quedado algo ensombrecido por los brillos forlanescos, Suárez demostró que puede pasar a la historia por muchos más méritos que haberse convertido en delantero y golero en el mismo partido. Y hasta ganó el derecho a sobrenombre propio: del “Diego de los uruguayos” pasamos a tener también, según la insaciable inventiva de R.R., un “Depredador”. Habrá gritos de gol para rato.

5. Delantera infernal. Y si la delantera uruguaya es considerada como un infierno por locales y extranjeros, esa parece haber sido la consigna inspiradora de algunas muchachas que encontraron en las coberturas televisivas de los partidos una oportunidad de exhibir sus estereotipadas curvas y obtener algunos segundos de atención por parte de periodistas siempre desagradablemente listos a celebrar la presencia de las mujeres en el fútbol solo por sus atributos carnales.

6. La sorpresa incaica. Perú fue la gran sorpresa del torneo, superando en estadísticas (puntos y goles y efectividad) a Paraguay. Es decir, en esta Copa América el ganador de la medalla de bronce fue mucho más que el de la plata. Además, el tercer puesto siempre se va ganando, mientras que el sub-campeón se va con una derrota. La sensación que queda es que las Eliminatorias serán feroces…

7. Las revelaciones. Ni Coates ni Perú. Las revelaciones de esta copa fueron la posibilidad de que Brasil errara cuatro penales seguidos y la creencia de los chilenos de que eran los grandes favoritos.

8. Las confirmaciones de la copa. Por supuesto, no todo fueron revelaciones. También se confirmaron cosas, simples pero ciertas: a los venezolanos les va lo del cariño vertiginoso con los rivales de fútbol, los jóvenes noteros enviados desde Uruguay son grandes ladrones de gallinas. Pero sobre todo que la celeste es una camiseta con identidad propia.

9. La invisibilidad del hombre invisible. La pregunta es la siguiente: ¿dónde está Paco? Y no nos referimos a su paradero físico, sino a dónde se encuentra en el discurso de los uruguayos. Desapareció, se fue, no está. Claro, no sabemos dónde está pero sí lo que está haciendo: contando billetes. De igual forma por no turbar la conciencia en tiempos de festejos, “Gracias Paco”.

10. Del sergiogorzysmo. Su ausencia en la publicidad pronosticando el campeonato para Uruguay confirma la teoría de que pudimos haber ganado el mundial de no ser porque este señor se mandó la secada del siglo. La caída en picada de la imagen pública de “El periodista del bombo” expresada en cierta cartelería de último momento, puede ser consecuencia de varias características de este personaje que no agradan al uruguayo medio (que somos todos pero sobre todo Scotti). Pero a no subirse al carro de “péguenle a Gorzy” porque con eso no nos aseguramos las eliminatorias.

11. Minutos y minutos de cobertura mediática. Ante estos eventos deportivos y, sobre todo, estos logros de los representantes de Uruguay, los espacios mediáticos casi se orientan exclusivamente al fútbol, en sus aspectos genéricos y sus más minuciosos detalles. Cualquier cosa ocurrida en estos últimos días de julio careció de trascendencia en comparación a la prioridad dada a la Copa. Bordaberry eligió un buen momento para morirse, si lo que quería era pasar desapercibido. Si esta Copa se hubiera dado en el 2009, la Gripe A no hubiera existido.

12. Periodismo a ambos lados del rio: Ver cómo vivieron nuestros hermanos argentinos la Copa a través de su periodismo deportivo fue sin duda alguna uno de los placeres más grandes que nos dio este campeonato. Lo que preocupa es la incapacidad de los periodistas de la supuesta cadena internacional Fox para hablar dos minutos seguidos de otro país sin mencionar a la Argentina. “La Argentina mereció ganar” le escuchamos decir a muchos con un nudo en el pecho. Como dice Niembro: “basssta, no entienden nada”. En serio, no entienden nada.

13. Relatos, siempre relatos. Y no solo los literales, estrictamente efectuados por los relatores. Lo que la Copa nos dejó fueron más relatos que, a la vez que describen, construyen: fórmulas repetidas hasta el hartazgo como “qué lindo ser uruguayo”, referencias innumerables a los números que han marcado la historia y que hoy se renuevan, paralelismos entre el ayer y hoy, los relatos sobre la grupalidad fuera de la cancha y el corazón dejado dentro de ella… Todos estos relatos se reciclan en forma de sentimientos de identidad, de pertenencia, de admiración, que hacen que todo el país y el sentir colectivo e individual se proyecten en un grupo de talentosos deportistas vistiendo una camiseta con color celestial. ¿Eficacia simbólica lo qué?

14. Volver a la escuela. La Copa (la jugada y la ganada) nos dejó el poder confiar en el trabajo y en los valores por encima de las cábalas y otras supersticiones. Sí, teníamos prontos los festejos antes del partido pero la selección ganó con autoridad. Y cuando decimos la selección ganó, queremos decir: la selección ganó y el pueblo acompañó. Porque no hay que olvidar que ellos son los que salieron a pelearla aunque todos les paguemos el sueldo. Hoy se le pide a toda América que aprenda de Uruguay pero ¿qué aprendimos los uruguayos y uruguayas de todo esto? Ya es hora de dejar atrás eso de “somos el país en el mundo que más veces ganó el torneo de su propio continente” (sergiogorzismo) y quedarse con el profesionalismo, el trabajo, el respeto por los compañeros, la planificación, la humildad, la paciencia y la entrega por lo que cada uno hace, y ahora no nos referimos al futbol.

La número 15. Precisamente eso: la copa y la fiesta tan esperada.




jueves, 21 de julio de 2011

Ese pe

Un uruguayo como yo (o al menos parecido a mí) puede tener muchas cosas en la cabeza en este momento, pero seguramente ninguna lo tenga tan entusiasmado como el fútbol, y cuando digo fútbol digo la Copa América y cuando digo la Copa América digo ¡Uruguay noma’!

Como Uruguay no hay

Celeste soy yo
Lo que nos tiene emocionados no es precisamente mirar los números de nuestra mitología (¿nuestra numerología?), no son los dos trofeos olímpicos ni los dos mundiales ni las 14 copas América ni todos lo otros resultados divididos por ese otro número nuestro, que ya todos sabemos y no hace falta nombrarlo.
Lo que nos tiene así, con ganas de decir 3 millones de cosas a la vez y no tener palabras para eso, es justamente no entender un carajo lo que está pasando pero disfrutarlo a pleno.
Algunos integrados podrán decir que es la sensación de lo que dejó Sudáfrica y lo que está dejando esta Copa, es decir lo que están dejando los jugadores en la cancha que además son buenos tipos, se llevan bien y juegan bien porque no están para la plata ni para las fotos, éstos juegan por la camiseta. Pero no, no es eso, hay algo más. Y entonces otros más apocalípticos dirán que es la exaltación de la uruguayidad (si es que existe tal cosa) donde toda la publicidad sale a explotar la nueva tendencia de moda, ser uruguayo o mejor dicho ser celeste. Pero para mí tampoco es eso, y tratando de saber qué es lo que nos está pasando me tomé a mí mismo como objeto de estudio en circunstancias donde la emoción sería altamente observable.


Anacrónica

Sábado 16 de julio (esta historia empieza 61 años antes), 19:15, explanada de la Intendencia, llegué con el partido empezado buscando a mis colegas entre el tumulto que cantaba, gritaba, saltaba y miraba el choque futbolístico mas importante de los últimos años frente a la pantalla gigante de IMPO. El clásico más viejo del mundo, la rivalidad futbolística (rivalidad, no enemistad) con más historia sumaría un capítulo más donde unos se quedan con la gloria y otros con unas vacaciones bien pagas. Que la igualdad de partidos ganados (13 para cada uno) y seguir con la posibilidad de convertirse en la selección que más veces ganó la Copa, honor compartido por argentinos y uruguayos con 14 Copas cada uno, que si Messi es argentino, que si Gardel es uruguayo, que si tenemos garra pero no tenemos fútbol, que todos los periodistas deportivos de la vecina orilla no hacen más que desagradar al uruguayo promedio (que somos todos), que si nunca ganamos con Amarilla de juez, que el Hormiga Alzamendi diciendo le arruinamos el pastel, que si Forlán no moja o no quiere mojar, que si Zaira y hasta el Tano Pasman.

Llega la hora de la verdad, el partido:

5’ GOOOOOL EL RUSO NOMA! (Gol tempranero, raro ya que a nosotros nos gusta sufrir para ganar)

17’ NUUUU… SILENCIO (se empiezan a emparejar las cosas pero nosotros funcionamos con desventaja)

39’ PATADOOOON EL RUSO NOMA! (después de no conseguir nada de pelota quieta Diego Pérez vuelve a ser el héroe dándole esa desventaja que tan bien le hace a Uruguay)

Termina primer tiempo y me doy cuenta de que me empezó a arder la garganta, pero lo normal de cantar bajo el frío y mandar algún que otro improperio.

Segundo tiempo

Y acá más que nada imágenes: el peligro que generaba Uruguay con un hombre de menos, la impotencia del seleccionado argentino por no saber qué hacer con el balón para que se metiera debajo de esos tres palos bien custodiados. Hasta Jimmy Jump que entró en el minuto 13 a ponerle el famoso gorro a Agüero y se llevó de recuerdo unos buenos golpes.

Por el minuto 75 más o menos, tuve la sensación de que los rivales de turno no podían ganar de ninguna manera, como si estuvieran destinados a perder, lo que por lógica sería que estábamos destinados a ganar para aumentar la mitología celeste, y de repente…

’86 ANDATE BURRO %$#@! (expulsan a Mascherano, la cosa se vuelve a emparejar, cosa que sabemos que es mala o buena porque uno empezaba a creer que este Uruguay ya no era solo el David frente a Goliat, ahora era psicológicamente fuerte y capaz de soportar cábalas y contra-cábalas).

Alargue

La gente ya a esta altura gritaba un despeje del Mono Pereira como si fuera un gol de afuera del área. Tumultos de personas cantando y saltando, mucha ansiedad pero seguíamos disfrutando el partido, lo que era todavía mas raro, es decir, Argentina no podía ganar porque le faltaba huevo y Uruguay tampoco porque nadie estaba sufriendo. Por suerte Messi se encargó de darnos tranquilidad, haciéndonos sufrir, desplegando todo su arsenal de toques mágicos, ahora sí podíamos ganar. Muslera, bueno, no sé como decirlo, Muslera. Todo estaba muy cargado, hasta quedaba tiempo para que Suárez, Forlán y el Palito (sí señores Álvaro Palito Pereira) le pegaran un susto a los porteños. Y ahí una imagen que no voy a olvidar jamás: el mejor jugador del mundo, el más cotizado, el más laureado, intenta todo lo que puede y la pelota no entra, queda rendido tirado boca abajo frente al arco con la banda de capitán en su brazo. Recordé lo que era la compasión.

Penales

Ya todos saben, yo me quedo con el festejo de Forlán, el festejo de Scotti, la frustración de Tévez, el Pelado Cáceres y… ¡BOOM! Fiesta, historia, sin palabras, afonía. No recuerdo más nada. 

 
Por ahí estoy yo, cómo voy a estar este domingo. 
Si vez a alguien gritando un gol de Uruguay, soy yo.

No solo ese partido me redujo la voz, sino que no supe qué es lo que nos tiene así. Dudando si escribir o no un post como este por no ser yeta para este domingo, ¿qué razón iba a tener para publicar esto? 

Al otro día del partido me enteré que el Estadio Centenario se construyó en las afueras del Montevideo de esa época y que la ciudad siguió construyéndose alrededor de él. Tal vez esa es la explicación, no solo el fútbol puso a Uruguay en el mapa, Uruguay puso al fútbol en su mapa, bien en el centro, cerca del corazón.