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| Jean Gabin como Maigret |
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| Esta misma foto estaba en uno de mis primeros libros de texto de francés, primer encuentro cara a cara con el señor. |
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| Jean Gabin como Maigret |
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| Esta misma foto estaba en uno de mis primeros libros de texto de francés, primer encuentro cara a cara con el señor. |
“Un mes pasa y trae otro mes.
Lo que viene uno fácilmente lo adivina:
son aquellas mismas cosas fastidiosas de ayer.
Y llega el mañana ya a no parecer mañana.” 1
A lo que yo le contesté en un pedazo de papel que metí en su agenda: “Te tengo dos preguntas: 1- ¿Tan aburrido estás o le estás dando un poco de color? El futuro es de lo más lindo que tenemos, me importa un carajo los que dicen que ya fue todo y todo es lo de siempre. 2-¿De dónde sacaste eso? ¿No me vas a contar?... No te olvidés que yo te paso la data de todo lo que leo, jajaja.” No es que mi memoria sea tan exacta, mi amigo hace poco me regaló un libro y me trascribió dicha notita para mi enorme beneplácito.
Tal vez haya sido este hecho, el libro-regalo como parte de este reencuentro, su regreso lo que hoy me motiva a recomendarles a un autor que él me hizo conocer: Constantino Kavafis.
Al principio mi relación con él fue delicada, aquel mismo amigo embarró la cancha sin querer cuando me dijo que había un poema de él superconocido (Itaca), que se había popularizado en estos lares por aparecer en un libro de Paulo Coelho. Entonces se me pasó mágicamente la curiosidad por un tiempo, no lo mencionábamos en las charlas, tan solo desapareció. Al tiempo, al año, también “desapareció” el amigo, es decir, se perdió un poco el contacto, las facultades, los trabajos, las rutinas. A finales del año pasado lo que sucedió fue que leyendo un artículo en internet se lo mencionaba y me encontré leyendo una antología “Cien poemas”, y ese poemario se convirtió en una de mis lecturas predilectas de este 2011.
“Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.”
Siempre nos resulta increíble encontrarnos y reencontrarnos, pocas veces sentí que alguien hablaba desde mi adentro casi corpóreo como este alejandrino menudito intelectual, sufrido, escandalosamente detallista, ecléctico (cristiano y politeísta antiguo), distante e íntimo a la vez, erótico ("Recuerda, cuerpo" posiblemente sea el más conocido al respecto) y culpable. Lleno de mitologías y sabiduría griega atemporal, rechaza las retóricas, y se mete casi sin nombrarlas en las historias y en las ciudades que él mismo vio convulsionar, la Londres de finales de siglo XX, los disturbios que desencadenaron en la ocupación británica de Egipto en 1885, el París del 1900. Además no podría terminar esta invitación sin explicitar que gran parte del crecimiento en número y lugares de lectores desde los años sesenta (murió en 1933) se ha explicado en su advenimiento como icono cultural adoptado por la comunidad gay internacional.
| VINO A LEER Vino a leer. Están abiertos dos, tres libros: historiadores y poetas. Pero apenas leyó unos diez minutos, y los dejó. En el sillón dormita. Pertenece por entero a los librospero tiene veintitrés años, y es muy hermoso; y hoy después de mediodía pasó el amor por su carne ideal, por sus labios. Por su carne que es toda belleza el ardor erótico pasó; sin pudor ridículo por la forma del placer... | TEMETHOS, ANTIOQUENSE: 400 D.C. Versos del joven Témethos apasionado de amor. Con el título de "Emonidis"- de Antíoco Epifanes el querido compañero: un hermosísimo joven de Samosata. Pero si los versos resultaron cálidos, emocionados es porque Emonidis (tomado de aquella época antigua: ¡el ciento treintisiete del reinado de los griegos! - acaso también un poco antes) fue colocado en el poema como un simple nombre: apropiado sin embargo. Un amor de Témethos el poema expresa, bello y digno de él. Nosotros los iniciados sus amigos íntimos; nosotros los iniciados sabemos para quién se escribieron los versos. Los antioquenses ignorantes leen Emonidis. |
| SUPLICA El mar a sus abismos llevóse un marinero.- Su madre, sin saberlo, va y enciende un alto cirio delante de la Virgen, para que vuelva pronto y el tiempo le sea benigno y de continuo tiende hacia el viento el oído(…) | TERMOPILAS Honor a aquellos que en sus vidas se dieron por tarea el defender Termópilas. Que del deber nunca se apartan; justos y rectos en todas sus acciones, pero también con piedad y clemencia; generosos cuando son ricos, y cuando son pobres, a su vez en lo pequeño generosos, que ayudan igualmente en lo que pueden; que siempre dicen la verdad, aunque sin odio para los que mienten. Y mayor honor les corresponde cuando prevén (y muchos prevén) que Efialtes ha de aparecer al fin, y que finalmente los medos pasarán. |
Post-scriptum: Para los que no lo saben aún y los que puedan piensan que mi sabático IPA me borró parte del disco duro, los versos alejandrinos son los versos de catorce sílabas.
Mientras terminaba el post anterior, pensando las cosas buenas del verano pasado, concluí que respecto a las lecturas dentro de lo mejor que había encontrado estaba una antología de cuentos de Anton Chejov. Tal vez más conocido en su faceta dramatúrgica (“El jardín de los Cerezos”, “Tío Vania”, “Las tres hermanas”…) fue también creador en cientos de oportunidades de páginas dentro de, a mi entender, el formato más perfecto de la literatura.
En la selección con la que me encontré (alrededor de cincuenta cuentos) destacaba “La dama del perrito” y “La cerilla sueca” como parte del título del volumen, sin embargo haré breve referencia a otra pieza: “El arte de la simulación”. La historia podría sintetizarse (ajena a otra contemplación que no sea pragmática con el argumento) en el engaño que un viejo terrateniente devenido campesino ejecuta contra la generala del pueblo que es también una especie de doctora improvisada a la que acude la gente. El sr. Kuzmich “curado” se apersona no solo para agradecerle entre lisonjeros halagos frente a todos los que esperaban ser atendidos sino también para “molestarla” viendo si con sus extraordinarias capacidades también podía ayudarlo en su miseria (le pide una vaca, que le ayude a arreglar su casa y con la educación de su hija). Yéndose con lágrimas en los ojos pierde un papelito que luego abre la generala viendo en las pastillas con las que supuestamente se había curado días atrás. Más tarde la generala discurre en soledad “sobre una nueva verdad que empieza a roer su corazón. Una mala verdad. ¡La de la hipocresía humana!”
Sin dudas una pequeña historia como esta te puede llevar la cabeza para cualquier lado, una y otra vez me he preguntado si esa clase de engaños no son el máximo riesgo de falsedad indolente en la persuasión que no deja nunca de parecernos tan atractiva. ¿Tanto nos gusta hacer creer a los demás que los necesitamos para luego aprovecharnos de ellos? ¿O dejamos que se aprovechen de nosotros para acentuar su deseo (a veces muy cimentado en la realidad) de acrecentar su dominio? Todo suena peligrosamente seguro, yo prefiero despedirme hasta el miércoles creyendo que se puede no mostrar todos los aspectos de las cosas y se puede reservar para uno ese margen de indefinición.[1]