martes, 16 de agosto de 2011

Uno de patadas

Al igual que la ciencia (y otras cosas poco importantes) el cine tiene  paradigmas que se rotan la cima del poder. Algo que desde hace rato no figura por la cúspide es el cine de acción propiamente dicho, el cine del héroe de acción. Los dueños de restaurantes ya han quedado viejos y las versiones clase B (Van Damme, Seagal, Chuck Norris, etc.) no sabemos si siguen actuando o si tienen algún carrito de chorizos.
Desde hace una década a esta parte ha nacido un nuevo paradigma en el cine de acción y, oh casualidad, ha sido en el sudeste asiático.
Capaz que los nuevos filmes, especialmente los tailandeses, tienen más cercanía con el subgénero “cine en que se parten cosas en la cabeza” que con el cine del héroe de acción; pero es un nuevo paradigma.
Los dejo para que saboreen un poco de esta nueva fórmula del cine de acción. En este caso se trata de un plano secuencia del filme Thai Dragon[1], que es más reconocida bajo el título de Yo quiero mi elefante, debido a que la trama es que a un sujeto le roban el elefante y lo recupera a patadas gritando: Yo quiero mi elefante.

Antes de empezar quiero aclararles que una de las cosas cambió. Porque ahora pasaron de dobles de acción, efectos digitales y acrobacias con cables, a simplemente pegarse. Tony Jaa (el hombre que sube las escaleras) realmente pelea así, lo cual provoca un plus de realidad que nos deja esa sensación de estar jugando a la Double Dragon.



[1] PINKAEW Prachya (2005) Tom yum goong

lunes, 15 de agosto de 2011

El mes de la nostalgia, Parte III: Stop/Rewind/Play

Cuando advertí que finalmente los DVD’s habían colonizado todas las estanterías del videoclub y que ni siquiera quedaban VHS viejos a la venta, me invadió ese sentimiento que nos retiene por segundos en el pasado y nos nubla los ojos ante el presente. Sí, por supuesto: la nostalgia.

La videocasetera fue uno de los regalos más lindos que recibí en mi vida, y el artefacto que más zanjó mi infancia de recuerdos. El videoclub con sus cientos de cajas narradoras de historias luminosas es otro de mis recuerdos más entrañables. Antes de tener un reproductor en casa, mi acceso a las cintas de vídeo se daba en la casa de mi abuela. Me encantaba irme a quedar a dormir y que mi tía me llevara al video a elegir una película. A mis tres años, el local se me hacía una inmensa sala llena de magia donde la sección infantil eran cuentos prontos a cobrar vida en la también mágica pantalla.



Díganme si esta música no es el verdadero himno de nuestra nostalgia veinteañera



Del vals al holograma


Por más que pasara horas mirando embelesada las cajas, mi tía ya sabía cuál película elegiría. La Bella Durmiente. Una y otra vez. La música preciosa de Tchaikovsky me fascinaba tanto como el terror verdoso de Maléfica, la villana más villana de toda la filmografía de Disney. Me levantaba de madrugada, cuando todos aún dormían, y presionaba el “Play” para revivir de nuevo el cuento de hadas animado.


Más que espectadora, era una intérprete más de la película. Al vigésimo quinto visionado –cinta desgastada ya por los sucesivos rewind que cada fin de semana sufría- ya sabía los diálogos y los repasaba ante los ojos atónitos de mi abuelo. Aún hoy me cautiva el vals entre Aurora y su Príncipe, quizás porque me transporta a aquella sensación de ser un poco reina en aquella casa de la calle Asilo.


 
Pero un día –dos o tres años más tarde- La Bella Durmiente se rompió. Es decir, se deterioró la cinta y el videoclub no la repuso. Y entonces conocí a otra heroína que me hizo presionar rewind miles de veces y que también me cautivaba con su música. Solo que ya no era el ballet ruso, sino el más típico pop de los ochenta: Jem and the Holograms. La película compilaba (de esto me enteré más tarde) algunas escenas de la serie animada de televisión que se había extinguido el año de mi nacimiento: 1988.


La protagonista era una cantante típicamente ochentera que en realidad era el alter ego/holograma de una muchacha corriente, heredera de una discográfica. Jem (caracterizada por su pelo rosado y su maquillaje con forma de estrella) y su banda (otras tres muchachas de cabellos de colores) se enfrentaban al trío The Misfits, liderado por una cantante de voz saturadora y pelo verde. Nunca supe si la banda de punk homónima se inspiró en ellas o si fue al revés, o si tan solo fue una coincidencia nominal. La cuestión es que nunca me olvidé de esas canciones. El otro día, gracias a Youtube, pude volver a sentir las melodías.


Truly, truly, truly outrageous…


¿Dije gracias a Youtube? ¿Volver a sentir? Desenterrar esos recuerdos de los rincones del subconsciente no despertó los mismos sentires que esas canciones me provocaban. Al hacer tangible lo inaccesible, esta panacea de la recuperación videosférica que es Youtube genera dosis equilibradas frenesí y desencanto. De todos modos, tenía que volver a encontrarme con esos hologramas. Y todavía me arrancan una sonrisa.

Corina y su hoja que se convertía en medalla

Hay una joya de mi memoria videosférica que Youtube, en su limitada omnipotencia, no me ha sabido recuperar. Es una película que marcó mi vida para siempre, y no estoy exagerando. Alcanzando el cielo, se titulaba, según la traducción al español. Campioana (“Campeona”) es su título original, en rumano, según me enteré varios años después, ya sin la posibilidad de volver a rebobinarla. Esta cinta que tantas decenas de veces alquilé en el videoclub cercano a casa (ya teniendo casetera en mi hogar) relataba la historia de una niña rumana que soñaba con ser gimnasta, entrenaba duro y ganaba el oro olímpico. La inspiración explícita: Nadia Comaneci.

Corina era el nombre de la protagonista, y hay tres cosas que no puedo olvidar: una escena en que atrapaba una hoja de parra con las manos y la convertía en una medalla, los tonos opacos típicos de Europa del Este y la música, melancolía pura ya desde entonces, que la gimnasta usaba para su serie de suelo en las Olimpíadas. Y hay otras tres cosas provocadas por el film, que nunca más se me borraron: el amor por la gimnasia, el amor por Rumania y el amor por la gimnasia rumana. No sé si deseo volver a ver la película, porque perfiero guardar mis tesoros nostálgicos en un refugio cálido de la memoria donde la cinta también se hizo pedazos de tanto stop, rewind, play.


Pero debo admitir que si tuviera la chance de reencontrarme con Corina, no la desperdiciaría.

Play it again, VHSam

Muchas de nuestras nostalgias infantiles pasan por el universo de imágenes que nos rodearon y nos acunaron cuando niños. Entre los recuerdos más queridos, seguramente todos cosechamos aquel dibujito que mirábamos antes de ir a la escuela o los primeros videojuegos que aprendimos. Sí, la nostalgia se aferra a los productos mediáticos de una época (léase músicas, programas de radio, de televisión, películas, revistas), pero también, de alguna forma, a los artefactos que los hacían posibles.

Es verdad, la videocasetera como simple artefacto ha sido sustituida por más avanzados medios de reproducción. Pero lo que no puede sustituirse ni evolucionar son las prácticas ligadas a la apropiación de esos artefactos, prácticas que, al saberse irrecuperables, nos generan la nostalgia.

Y es que las cintas machacadas de Maléfica, Corina y Jem tenían el encanto no del mero visionado, sino del ritual. La reiteración, el rebobinado, el eterno retorno a las mismas historias descubriendo un minúsculo detalle nuevo cada vez conformaban en mis días de infancia una ceremonia única, mágica, donde yo era capaz de edificarme un universo propio para sumergirme a mi manera. Un universo que no tendría otro destino futuro que la nostalgia.




domingo, 14 de agosto de 2011

Eddie, traé el ukulele.

El 13 de noviembre, en el Estadio Único de La Plata, toca Pearl Jam. 
Supongo, fiel lector de la columna de #rwack, que ya lo sabías y que ya tenés tu entrada o ya estás haciendo transas para conseguirla. Antes de seguir leyendo, quiero que veas este video y entiendas lo que significa un toque en vivo de esta magnitud.



Pff. A full, ¿no? Dan ganas de estar ahí saltando, ¿verdad? Ya falta menos, falta menos (countdown  // vía @vmseba).


Los Pearl Jam siempre están haciendo algo.
Luego de su último discún de estudio, “Backspacer”, sacaron una reedición del Ten, un boxset con el Vs y el Vitalogy, y un discazo en vivo llamado Live on Ten Legs.  Este año la banda cumple 20 años, y van a sacar una película llamada Pearl Jam Twenty. La gira que los trae acá funciona como la excusa perfecta para promocionar dicho film. 
A todo esto, Eddie Vedder sacó un rico disco solista, Ukulele Songs, sucesor de la banda sonora de Into the Wild. Por algún lugar escuché que el propio Eddie Vedder, solito, puede ser el show que abra a Pearl Jam en La Plata. ¡Traé el ukulele, Eddie, dale!





Intento imaginarme el toque que vamos a presenciar y no me da la cabeza. Seguro que tocan Even Flow, Jeremy, Do The Evolution, Animal, Alive, Porche, Given To Fly, Black y, espero, como tres horas más de canciones. Pero también sé que hay dos millones de temazos más que van a quedar afuera de la lista. Últimamente estoy escuchando mucho el Lost Dogs, que está compuesto por temas raros, y seguro que la única que van a tocar de ahí es Yellow Ledbetter (dejando afuera a Hitchhicker, All Night, Sad, y más). Aaaaaaaaaahhhhhh.
Bueno ta, ésto se me fue de las manos y se transformó en una catarata atropellada de emociones y suposiciones sin sentido.


La verdad que no quiero escribir más. Quiero escuchar Pearl Jam.


Si vuelven a tocar este enganche, mueren 60 mil personas al instante. Después no digan que no avisé.



Trailer de PJ20 con Given to Fly.



Y termino con esta perfecta interpretación de Black, y seguramente también, la más conocida.

viernes, 12 de agosto de 2011

Hay modos y modos de observar

Un análisis, que no escatima en opiniones, sobre la cobertura de prensa que los medios de comunicación hacen del congreso de estudiantes que se realiza en Montevideo.

Esta semana se realiza en Uruguay el Congreso Latinoamericano de Estudiantes (CLAE), instancia en la que jóvenes universitarios de varios países del continente debaten sobre temas vinculados a la educación pública en este siglo, pero también discuten sobre la democratización de los medios de comunicación, la crisis del capitalismo, la unidad de los movimientos sociales, entre otros puntos.

Tengo abismales diferencias sobre el modo en que estos estudiantes debaten -creo que no debaten y que simplemente están todos de acuerdo- y sobre las temáticas que eligen para discutir. Sin embargo respeto su derecho a realizar este tipo de eventos, en parte quizá porque también soy estudiante universitario. Es por eso que no entiendo -o quizá sí lo entienda pero no lo comparta- el modo en que se difunde este evento en los medios de comunicación.

Para mi sorpresa

La prensa hizo una inusual cobertura de este tema, haciendo hincapié en el costo que le implicó a la Universidad de la República (UDELAR) la organización del congreso: superior a los 60 mil dólares. Desde hace más de un mes, y con más fuerza en los últimos días, hablaron varios actores políticos externos a la UDELAR criticando el CLAE, y no solo por su costo, también por su carga ideológica excesiva (crítica que comparto). Pero hoy explotó en mis ojos un artículo de prensa teñido de argumentos falaces, ignorantes y agresivos.

No conozco a Patricia Madrid, quien escribe en El Observador. No dudo que sea una gran periodista, ya que este periódico suele tener muy buenos profesionales a cargo de sus informes. Pero su artículo denominado "Revoluciones bajo el sol" -publicado hoy en dicho medio de comunicación- parece estar aislado de la calidad periodística a la que me tiene acostumbrado este diario.

Madrid (a quien de ahora en más llamaré Patricia para evitar que algún distraido la confunda con la capital española) realiza una crónica en la que da cuenta de la jornada de ayer, en el Palacio Peñarol, cuando los estudiantes tenían su primera charla sobre "crisis en el capitalismo y sus alternativas en la coyuntura internacional". La periodista describe un escenario de jóvenes mal dormidos porque el día anterior tuvieron una fiesta de bienvenida al país. Cuenta sobre "banderas y pancartas alusivas a Eva Perón, al Che Guevara y San Martín". También destaca los cantos críticos hacia el modelo de "educación de Pinochet". Pero el texto reposa sobre la actitud de un número -no especificado- de estudiantes que en medio del debate se retiran del Palacio y salen a "disfrutar del sol sobre (la calle) Galicia". "Igual quedan tres días de congreso. Sobrarán oportunidades para escuchar reflexiones sobre el capitalismo y el imperialismo. También se tocarán otros temas, entre otros -claro- la educación", dice Patricia.

Sobre el margen superior izquierdo de la página 8 de El Observador se deja ver una descripción del tono del artículo: "ACTUALIDAD". No dice que se tratará de un editorial, pero creo que es lo que la periodista hace al escribir "Revolucionarios bajo el sol". A mi juicio era más fácil, y más directo, escribir algo así: "estos estudiantes juran que saben de lo que debaten cuando no tienen idea de la vida" o "que se dejen de hablar del capitalismo y se consigan un trabajo".

Cuando pensaba que ya todo estaba dicho

Los recuadros, gráficas y hasta encuestas son adjuntos que suelen tener sentido con los artículos de El Observador, y esta vez no es la excepción. Publica una encuesta tan desastrosa como el artículo.

Patricia realiza cuatro preguntas a ocho estudiantes de diferentes países: ¿quién es el presidente de Uruguay?, ¿quién escribió El Capital?, ¿dónde surgió el movimiento del 68? y ¿qué piensan sobre la legalización de la marihuana? Evidentemente las respuestas son tremendas, muy pocas son contestadas y mayoritariamente éstas responden a la referente a la marihuana.

Es más, si uno entra a la página de El Observador (http://www.elobservador.com.uy/noticia/207267/los-revolucionarios-se-van-a-examen/) puede ver el video en el que se muestran las reacciones de los estudiantes al tener que responder. Por ejemplo, de los ocho, solo dos estudiantes sabían que José Mujica es el presidente de Uruguay, de los cuales una encuestada era estudiante uruguaya. Ninguno supo decir el origen del movimiento del 68 y la mitad de los consultados no sabían que Carlos Marx había escrito El Capital. Es claro que el adjunto también tiene la intención de atacar al CLAE.

Ahora bien, ¿qué rigor tiene esta encuesta? ¿Científico? Definitivamente no, ya que ocho estudiantes en 5 mil no es un número representantivo. A su vez, no dudo que los dichos de estos estudiantes hayan sido seleccionadas entre las respuestas de un gran número de jóvenes a quienes la periodista también consultó. Siendo más claro, se quedó con los testimonios que más mala imagen le daban al CLAE.

Este congreso está cargado de ideología,  es un hecho. También lo es que no todos los estudiantes vienen solo por la importancia del debate entre universitarios latinoamericanos. Muchos se interesarán por conocer otro país, por tomar "una" junto a estudiantes de diferentes partes del continente y por qué no, por tener sexo intercultural. No comprendo la eficacia del CLAE más que para generar una instancia de reflexión y diversión en torno a la educación. De todos modos creo que tampoco la comprende la periodista de El Observador a la que hice mención. Ella en mayor medida que yo.

jueves, 11 de agosto de 2011

El mes de la nostalgia, Parte II: Te extraño en todos los idiomas


“Buenos Aires te extraña”, dice un afiche publicitario que invita al turismo en la ciudad del tango. Una pareja de bailarines milongueros se abraza acompañando el eslogan. Y pienso en Gardel, y en su Buenos Aires querido que nunca pudo volver a ver. Sí, ya se asoman las primeras gotas de nostalgia. Buenos Aires extraña a Gardel. Gardel extraña a Buenos Aires. ¿Son ya como dos extraños?
¿Qué queremos decir cuando decimos “te extraño”? ¿Qué sensaciones/sentimientos nos llevan a traducir el deseo en palabras? Y digo “deseo”, ya, porque creo que extrañar es eso: es desear tener cerca a alguien (una ciudad también puede ser alguien) que  se encuentra físicamente lejos. ¿Pero por qué decimos que “extrañamos”? ¿Tiene que ver con lo “extraño” (adjetivo) o con un “extraño” (sustantivo)? Sí. Al menos en nuestro idioma. Cuando ese ser entrañable, que cobijamos en las en-trañas de nuestro afecto, está lejos, ya no lo entrañamos: lo ex-trañamos. Se vuelve una cosa extraña, ajena, lejana. El prefijo “ex” siempre indica algo que está fuera. Y sin embargo, el recuerdo está tan dentro.
En España, no obstante, no se dice “extrañar”. Allí la ausencia sentida se transmuta por la ternura del “te echo de menos”. De nuevo, lo externo, lo que está afuera: “te echo”. Lo nuevo, respecto a nuestro extrañar: la falta, lo que está “de menos”, la parte que nos falta. Las entrañas  del afecto que se van de nuestro vientre y hacen que nos duela el estómago cuando quien amamos está ausente. Es cuando podemos decir: no sabes cuánto te he echado de menos.
John William Waterhouse, Penelope
La falta de lo querido se hace aún más tangible en la –siempre bellísima- expresión francesa: “tu me manques”. Tú me faltas. Así de simple. Tan simple como estremecedor. Cuando se traduce al español, la frase se reescribe como “te extraño”. Pero es mucho más que eso: es “tú formas parte de mí y tu presencia aquí me hace falta”. Me haces falta, es decir, te necesito. Aquí, no allí. El aquí y el allí, desencontrados. También en italiano, si traducimos nuestro “te extraño”, nos encontramos con un “mi manchi”. “Nos encontramos”, sí, aunque esa falta indique todo lo contrario.


El dolor de la falta se materializa en otra faceta del desencuentro cuando pasamos al inglés. “I miss you”, dicen los anglófonos. Pero “miss” no es solo “extrañar”, es también “perder”. Es lo que se tuvo y nos fue arrancado. Te extraño: te pierdo. (Idea Vilariño, siempre: “Como si ya te hubiera perdido alguna vez”). Cuando perdemos algo, significa que no lo podemos encontrar. Permanece perdido hasta que lo (re)encontramos. Perder: “ex-traviar”, asombrosamente parecido a “extrañar”, aunque “extraño”, en inglés, se diga “stranger”. La nostalgia como pérdida, como algo que se nos escapa. El problema es si al final “perdemos” también la batalla contra la distancia.
En portugués (en Brasil) todo es más alegre y colorido. Incluso los sentimientos más dolorosamente indescriptibles. Los brasileños cuando extrañan no usan un verbo, usan un sustantivo: saudade. Tan intraducible como inefable el sentimiento. Puede, quizás, equipararse con nuestra nostalgia, con nuestra melancolía. Pero la "saudade" es más que eso. "Tenho saudade de você" se dice siempre con sonido a Bossa Nova, en algún atardecer oceánico que es la mezcla perfecta entre dulzura y desazón.


Giorgio de Chirico, Il Rittorno di Ulisse, 1968.

Hay un precioso capítulo de Milan Kundera en su novela-ensayo La ignorancia, donde recorre las variaciones  idiomáticas de la nostalgia asociadas a las ansias de volver a la tierra natal (el eterno retorno de Ulises, la eterna espera de Penélope). Allí menciona otro sinónimo del verbo “extrañar”: “añorar”. La añoranza no solo comparte con la extrañeza la letra ñ. Como explica Kundera, añorar viene del verbo catalán “enyorar”, que a su vez deriva del latín “ignorare”. Esa génesis de la añoranza en la ignorancia no se da solo etimológicamente sino pragmáticamente, en el sentir. Añoramos porque ignoramos. “Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país está lejos, y no sé qué ocurre en él”(1). Es por eso que extrañamos tanto. Cuando menos sabemos, cuanto más dolorosa es la incertidumbre, mayor el deseo de disolver las distancias.
Y aquí viene mi ligazón entre ambos verbos, extrañar y añorar (además de la ñ que comparten): lo ignorado, lo desconocido, es al fin y al cabo lo “extraño”. El “stranger”, en inglés, que pensábamos nada tenía que ver  con el enternecedor “I miss you”.
Kundera cuenta que “nostalgia” se compone de los vocablos griegos nostos y algos. El primero significa regreso, el segundo, sufrimiento. La nostalgia se revela como “el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”. Regresar a nuestra tierra, al lugar que añoramos. Regresar a la persona que para nosotros es nuestro lugar. Regresar a lo que éramos, y ya tal vez no sea. Regresar para progresar, tal vez. Regresar, volver. Volver a vernos. Y el deseo incumplido: la nostalgia. Agridulce, sigilosa, serena, poderosa. La nostalgia que nos aprisiona pero que es una de las sustancias más potentes para mantener con vida los deseos, aunque solo sean deseos de regresar, de volver el tiempo atrás. A fin de cuentas, deseos de lo ilógico, casi de lo imposible. Y también deseos que son antídotos contra el olvido.


Francesco Primaticcio, Ulises y Penélope
Pero ¿qué pasa cuando sentimos que extrañamos lo que aún tenemos cerca?
 ¿Se puede tener una nostalgia anticipada? ¿Una nostalgia del futuro? ¿Pero… cómo? Quizás simplemente la nostalgia también lleve en su regazo ese deseo de retornar eternamente.








(1)  Kundera, Milan, La Ignorancia. Tusquets Editores, Barcelona, 2000. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Algunas consideraciones apenas instintivas al respecto de “Artigas, la Redota”




El pasado lunes a la noche asistí al cine para ver “Artigas, la Redota”, la sala estaba a medio llenar, el público adulto, en promedio mayor de 35 años. Sin embargo el comportamiento era cuasi infantil, “que éste es de la tele”, “sí, pero eso es Colonia, no es Montevideo”, “… ¡Mirá! ¡Cómo van a pasar a Artigas teniendo sexo, qué falta de respeto!”, etc. etc. Y después lo de siempre, los celulares y la ausencia de cualquier tipo de modales para comer o tomar en medio de lo que se esperaba que fuese el clima en una sala para disfrutar realmente de este tipo de espectáculo.

Concretamente sobre el film, debo decir que entra en el límite superior del rango de consideración de lo aceptable.

Respecto a la fotografía y el arte visual en general suple las expectativas previas, sobre todo teniendo en cuenta un conocimiento previo del trabajo de su director César Charlone. Los modos en los que logra asociar su cámara con la obra de Blanes se definen como una de sus mayores conquistas. Además de la mancomunación con la banda sonora de Luciano Supervielle, se supo que en algunas ocasiones la música preexistente inspiró a la cámara en su trabajo en un ejercicio más que interesante.

Tal vez lo más criticable en general sea en algunas secuencias los movimientos erráticos de la cámara, mostrados pareciera incluso desde una lente sucia (lo que me alejaba más aún de la situación narrada) y la deformación que se puede apreciar en un par de secuencias por el uso de una lente similar al ojo de pez, que no tiene a mi criterio un andamiaje claro, solo me creaba confusión.

Todo eso desde el punto de vista estrictamente técnico, sobre el guión (del propio Charlone junto a Pablo Vierci) mis dudas crecen todavía un poco más y me permito cuestionarme otras cosas, no sé si es desde el punto propio de mi ignorancia, pero no podía dejar de sentirme incómoda por el exceso de la voz en off en una especie de soliloquio que se repetía constantemente por parte del espía español, (antagonista o brazo ejecutor del verdadero antagonista -según se quiera ver- Sarratea, encarnado convincentemente por Mario Ferreira), donde la amada era evocada como esperanza de futuro de un modo que rozaba el cliché apoyándose en la representación gráfica de la misma en dibujos separados, los ojos dibujándose en el mar, su cuerpo entre las piedras, etc. Al repetir eso tantas veces uno podría llegar a pensar que dichas remembranzas se iban a ampliar o a profundizar, pero solo retrasan más y enlentecen la acción de dicho personaje sumiendo esos proyectos y sus ganas de alcanzarlos en innecesaridad y superficialidad desde la lectura posible del espectador. También en los usos de epígrafes (textos para indicar lugar por ejemplo) se llega a apreciar esa redundancia aludida… a ver, a la tercera vez que mostrás la Casa de Gobierno en Bs. As. y no se enmarca ninguna otra acción en un lugar similar no es necesaria la aclaración, me parece.

Por suerte, la obra citada me sorprendió por la positiva en el aspecto que más desconfianzas me despertaba en la previa, y que ha sido catalogado como uno de los clásicos problemas del cine nacional, juicio que en los últimos años ha ido revirtiéndose o al menos atenuándose gracias a entre otras a la otra (valga la redundancia) pieza fílmica de Charlone, “El baño del Papa”: el tema del trabajo actoral, la “adaptación” al cine de nuestros actores formados para el teatro, la dirección de actores.

La dificultad en este sentido asomaba desde distintos frentes, la personificación de la Historia nunca es una historia exenta de polémicas o al menos de discusiones en la cinematografía, incluso en las sociedades que ya tienen ejercicio sobrado en la materia.

El Artigas de Esmoris es profundo en presencia y hasta en la expectativa previa a su aparición, en el silencio y en hasta en su voz (inspirada en la de Zitarrosa, según confesión del propio actor), “desmarmolizantemente” humano (más allá de algunas malas pasadas que le juega el ritmo general de la narración), sospechosamente viviente y movilizante; se dio el lujo de develar a un padre de la patria hasta inocente, dubitativo o dolido en gestos más o menos sutiles. Todo encausado hacia los objetivos finales de la película mostrar qué es Artigas y por qué se representa así y no se puede hacerlo de otro modo.

Solo rato después de salir de la sala recordé que era el mismo que presentaba opciones políticas Marxistas-Lenonistas en su personaje de tiempos de campaña, el de “Orientales, la patria o la cumbia” o el de la Antimurga BCG. Nunca se me pasaron por la mente dichos factores al verlo como Artigas. Lo que es inmensamente gratificante para con su trabajo, que encontrará su lugar cada vez más justo en la memoria del cine uruguayo conforme pase el tiempo.

Cabe el destaque a las labores tanto de Rodolfo Sancho como el espía español que navega entre la manifestación de los más variados sentimientos, Aníbal Larra. Este actor español de gran performance aquí es el mismo que interpretara a Antonio en la novela “Amar en tiempos revueltos” en su primera temporada; como a la de Yamandú Cruz en su desempeño como Blanes (cuyos avatares biográficos merecerían film aparte) que mostró de manera explícita que pintar y contar la patria no es ni será jamás tarea fácil.

martes, 9 de agosto de 2011

13to festival de invierno: a elegir películas a través de los prejuicios más raros

Ruy Ramírez
Hace poco ha comenzado ( y ya esta por terminar) el festival de invierno de la cinemateca (cinemateca son esas salas de cine con sillas incómodas, “pseudointelectualoides” en pantuflas, viejas “comebizcochos” y una selección de películas meditada). Sé que no es el festival propiamente dicho, pero nunca es un mal momento para ver filmes que uno normalmente no vería.
La cuestión es: ¿cómo elegimos un filme para ver del cual no tenemos idea? Pues cada uno tiene una batería de prejuicios para seleccionar esos títulos en azul que aparecen en el librillo naranja de cinemateca. A partir de ahora algunos preconceptos míos.

Criterios generales

Duración: Mientras más breve mejor, no es lo mismo comerse un bodrio de tres horas a uno de hora y media.

Subtítulos: Si tienen subtítulos digitales bájenle la puntuación. Son incómodos, se desincronizan y están afuera de la pantalla, se trancan y por todo esto te enojan.

Soporte: No solo es la diferencia de calidad lo que hay entre lo filmado en 35mm y lo digital. También la diferencia se da en que cuando aparece una cinta en fílmico significa que ya anduvo por la vuelta en otros festivales y por lo tanto tiene varias aprobaciones. En cambio algo en digital puede llegar de cualquier manera y sin mayor criterio.

Nacionalidad: Esto es más complicado y depende del gusto propio pero hay ciertos parámetros generales sobre los que no voy a explayarme (pero existen). Quedémonos con esto. Por la positiva: Estados Unidos, República Checa, Rumania, Sudeste Asiático, Brasil (siempre y cuando no sea en un focus). Por la negativa: España, Irán, India, Italia. Francia y Argentina entran en una categoría propia de “extremadamente peligrosa”.

Recomendaciones (obviamente no vi ninguna, me llevo por los prejuicios, por mi séptimo sentido y por un espíritu lúdico)

Todos mienten[1]: Una argentina de un tal Matías Piñeiro (trajeron muchas pelis de este sujeto). Puede llegar a ser interesante ya que la reseña connota un estilo similar a Sábado[2] o Como un avión estrellado[3]; una película sobre la incomunicación es interesante. Además dura 75 minutos, breve es bueno.

Matchmaking Mayor[4]: Un documental sobre la emigración del campo a la  ciudad. El librillo dice que tiene un vínculo a la comedia que siempre es algo importante para que estos documentales no sean un bajón. Lo más interesante es que es una colaboración de la Republica Checa y Eslovaquia (estos sujetos saben de dicotomías y especialmente saben hacer documentales).

Bucharrestless[5]: Un documental rumano que se presenta algo así como el hombre y la cámara pero de la decadente Bucarest actual. No tiene diálogos, que puede ser peligroso, pero le tengo fe en aspectos técnicos y estructurales.

Cracks de Nácar[6]: Una de dos viejos hablando de cuando jugaban fútbol de botones en la infancia. Para mí es una gran candidata a ser un tremebundo embole y presiento que si la veo (cosa que no voy a hacer) me van a dar ganas de poner un juego de fútbol en el Playstation.

Hogar dulce hogar[7]: Es la única uruguaya y nos muestra a gerontes españoles de una casa de ancianos que con Nostalgia recuerdan cuando eran felices. No sé usted, pero para mí tiene todo para ser 56 minutos de una tortuosa pérdida de tiempo.

Flamenco, Flamenco[8]: Creo que con decir que es un filme de Carlos Saura es suficiente y es de lo que viene lo único con la chapa de consagrado.


[1] PIÑEIRO, Matias (2009) Todos mienten
[2] VILLEGAS, Juan (2001) Sábado
[3] ACUÑA, Ezequiel (2005) Como un avión estrellado
[4] HNÍNKOVÁ, Erika (2010) Matchmaking Mayor
[5] DORONBANTU, George (2011) Bucharestless
[6] DIELEKE, Edgardo, CASABÉ Daniel, (2011) Cracks de Nácar
[7] VIERA VIGNALE, María (2010) Hogar dulce Hogar
[8] SAURA, Carlos (2010) Flamenco, Flamenco