“Que no te vaya a ver la Bianchi corriendo por los pasillos, ni cuando vas al baño”, se decía en aquel entonces, cuando yo estudiaba en el Bauzá. Es que cuando sos estudiante todo director te resulta terrorífico. Nunca me la crucé en esa situación, nunca tuve problemas con Graciela Bianchi, directora del liceo Bauzá.
La tan controversial directora tiene más prensa que Pedro Bordaberry luego del “Día del Firmazo”. Es que, en su totalidad, es una persona de combinaciones extraordinarias. Directora de uno de los liceos más grandes de Sudamérica, con un perfil de izquierda independiente, que formó parte del gobierno (y no solo del frenteamplista), que se opuso a las ocupaciones de los liceos durante el gobierno de Julio María Sanguinetti, que no acepta las reglas oficiales de flexibilizar la exigencia educativa y que se peleó –recientemente– con el ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Sumémosle a ello que tampoco se lleva bien con el director de Secretaría General del Ministerio de Educación y Cultura, Pablo Álvarez, quien publicó esta semana en su muro de Facebook un video donde se la ve discutiendo con estudiantes: “cállate la boca”, “a mí no me tuteás” y “la que manda acá soy yo”, son algunas de las expresiones que utiliza Bianchi para hablarle a un grupo de estudiantes que se habían subido a un árbol y le arrojaban cosas a las personas que por allí pasaban.
La pregunta que todos nos hacemos (o nos deberíamos hacer) es: ¿tan mal de la cabeza está esa directora? Evidentemente, si nos apuran, la primera respuesta seguramente sea un rotundo “sí”. No obstante, ni me quiero imaginar lo que significa dirigir un liceo con 3 mil estudiantes. Tampoco logro pensar en un modo eficaz para tratar con alumnos que, lamentablemente, no cuentan con los valores necesarios para comprender el esquema jerárquico que implica la relación director-alumno. Con esto último no me refiero a la relación del director “todo poderoso” con el alumno insignificante y pasivo, como la que había en los colegios de antaño (y que seguramente en algunos centros educativos todavía sobrevive). Apunto a un buen trato y al reconocimiento del lugar que cada uno ocupa en la institución.
En resúmenes cuentas, creo que a “la Bianchi” (como le decíamos hace unos seis años) se le fue la mano con el modo en que le habló a los estudiantes. Pero también creo que el error fue ese, el modo en que se expresó, y no el porqué de esa charla con sus alumnos. De todos modos les aclaro algo: por suerte nunca tuve problemas con esta directora.
Llega el
final de Law and Order Criminal Intent a
las pantallas de Latinoamérica y vuelvo a renovar mi promesa de no engancharme
más con series policiaco-detectivescas que creo ya vi o leí por ahí. Todo se
repite, vuelvo a caer. Este género para mí es un placer culposo. Debajo de un
montón de fotocopias que me quedan por leer escondo a Simenon, pero justo antes
de apagar la portátil, ya acostada, el refilón del lomo rojo de un librito con
una aventura de Maigret me llena los ojos, es tarde pero no importa, solo un par
de páginas, no me va a pasar nada, yo lo dejo cuando quiera…
Maigret, el
detective comisario que habita la obra de Simenon apostado en la base del Quai des Orfèvresposiblemente sea un paradigma dentro
de los detectives del método de proximidad psicológica, lector y traductor de
escenarios de la escena del crimen donde cada tanto despliega el histrionismo
que suele reprimir. Claros ejemplos serían cuando se hace pasar por Emile
Boulay, la víctima de turno en “La colère de Maigret” para
adentrarse en los nuevos negocios y concertar una cita pendiente del occiso que
regenteaba una serie de cabarets en
Montmartre. Las subidas y bajadas en el temperamento del comisario nunca
dejaban de sorprender a los implicados por más que lo conocieran con anterioridad
como los jueces y sus subordinados de la Policia Judicial; y por supuesto para con
los potenciales sospechosos no pocas veces la experiencia resultaba un tanto
extrema. La empatía para con estos el envolvimiento que emana la discursiva de
un sujeto en apariencia demasiado peligrosamente simple, que cuando interroga
parece estar pidiéndote ayuda porque hay cosas que no están claras y
lamentablemente “él es un veterano que cuando está en su oficina vive tapado de
folios listos para pasar a instancia judicial”. Expresiones como: “Esta vez le
tocaba a Maigret hacerse el ingenuo” o “Maigret asintió con un gesto de la
cabeza. Había tomado un aspecto de niño bueno y parecía dispuesto a las
confidencias” operan entre las líneas de diálogo hasta que llegan los “El
comisario echó a reir” “Pareció haber un momento de malestar entre los dos
hombres. Maigret en ningún momento manifestó la intención de no quedarse allí ”.
Jean Gabin como Maigret
Simenon se
refugia en un verbo como “hipnotizar” para hacer explicar al narrador lo que
sentía Maigret por los casos, no podía entender cómo los otros inspectores no
se habían dejado hipnotizar por el caso y prestaban más atención en comparar
sus cañas de pescar para el presente verano, y así repite el citado verbo en
distintos pasajes. El hecho de usarlo de esa manera directamente nos remite a
la idea de humanización, de subjetividad reinante una personalidad y sus
reacciones lo que enriquece los esquemas
del género y abrió la puerta a cambios en el mismo. Hoy parece que se puede ver
eso en muchas versiones unas mejores que otras, menos caricaturizables, etc.
pero el escritor belga como digno testigo del corto SXX at large, (1903-1989), con un estilo claro, una escritura impecable,
contribuyó, y lo digo sin temor a equivocarme, a fenómenos como los de la
novela policial sueca contemporánea, por
ejemplo.
Esta misma foto estaba en uno de mis primeros libros de texto de francés,
primer encuentro cara a cara con el señor.
El hombre en
superficie normal que pierde el control, que duda, el alcoholismo siempre
latente, el estrés, la distancia rutinaria que se establece apenas como paréntesis
de la relación entre el comisario y la Sra. Maigret (sí, así aparece mencionada
en casi toda la saga) se combinan con expresiones como “Maigret fue a sentarse
en el reborde de la ventana, sin saber muy bien por qué había ido al despacho
de Lecoin”, “Recorrió de nuevo la lista con los ojos cerrados para sentir si
encontraba algo nuevo”, “Maigret permaneció inmóvil durante dos buenos minutos,
con los puños cerrados, y por fin, su rostro fue recobrando poco a poco el
color”. Hay lógicas, de las más explicables y de las otras que ni lucen ni actúan
como tales, cuando casi al final y el acusado le pregunta: ¿Nunca ha sentido ninguna
pasión, Sr. Maigret? y éste “finge no haberle oído, dándole la espalda, decidido
a no dejarse conmover” pero que en realidad termina en una gran recaída, sueño
agitado, necesidad casi patológica de caminar y caminar… mostrar eso es parte
del legado de Simenon para con la novela policial.
Si alguno
de ustedes, estimados lectores, siguió alguna vez, algunos episodios de Law and
Order C.I. podría perfectamente jugar a buscar las coincidencias de lo leído en
párrafos anteriores con una descripción somera del Dtve. Robert Goren,
interpretado magníficamente por Vincent D’ Onofrio. Con esto no quiero decir que
Goren sea una copia o apenas una versión de Maigret sino por el contrario
prefiero analizarlo como una construcción genuina, más bien moderna, original
pero a su vez continuadora de una tradición. A través de los años descubrió que
uno de los peores y más perversos criminales con los que lidió era su padre biológico,
se hizo cargo de pésima madre que sufría trastornos psiquiátricos, trató de
encontrar a su hermano que terminara suicidándose una y otra vez, luchó por
salvar a su sobrino, un adolescente que casi termina asesinado en una especie
de cárcel-instituto psiquiátrico, en el que él se hace encerrar como último
recurso con atroces resultados.
Trató de
dejar, sin éxito al menos evidente aún, los miedos a convertirse en el padre
que había conocido, quien lo obligaba de niño a acompañarlo a visitar a sus
amantes en sus citas, que maltrataba todo a su alrededor y se alejaba de cualquier compromiso con una
mujer entre otras conductas patológicas. Alguno podría decir que el compromiso
con Alex Eames (la eterna compañera, mucho más que solo un complementario apoyo)
va más allá de todo eso, es decir, la renuncia de ambos a la unidad cuando a
ella la nombran capitán y lo primero que le piden en su nueva función es
despedirlo, él renuncia primero para que ella pueda avanzar en su carrera y se
abrazan casi llorando y para sorpresa de todos ella decide presenta su renuncia
pocos minutos después porque la tenía preparada sospechando lo que le pedirían.
Eso se podría observar como una de las mayores muestras de mutua fidelidad
vistas jamás en este tipo de serie. Lo cierto es que hace unos cinco o seis
años NBC y la producción hicieron una
encuesta entre fans para saber qué opinaban de un posible romance entre Goren y
Eames, y en oposición a lo que esperaban, alrededor de un 60% dijo que mejor no.
Algunas opiniones de foro rezaban que eran uno de los últimos grandes ejemplos
en tv de la verdadera amistad entre el hombre y la mujer en caso de que exista.
La relación entre el detective y la bella psychokiller Nicole Wallace merece capítulo
aparte podría decirse que sacó lo más oscuro del tipo visto de las temporadas en
las que estuvo.
La serie ya
tenía final, había cambiado de detectives protagonistas dos veces (interpretados
en una etapa por Chris Noth y en otra por Jeff Goldblum) en estas temporadas
hubo un par de participaciones de D’Onofrio y Katherine Erbe que los fans de la
primera hora agendábamos con esperanzas de más.
Se terminó, pero volvió por ocho episodios con el dúo original (temp. corta
verano 11 U.S.A) dicen que a pedido de fans dentro del propio emporio Comcast dueño
desde 2009 de NBC. El nuevo final, mañana a las 22:00 en AXN.
En fin, la
suerte de poder ver nuevos finales antes de que se acabe el mundo. Gracias por
las horas de entretenimiento y por mostrarme desde adolescente que los peores criminales
andan más cerca de una de lo sanamente esperable… muy bien, por suerte no vivo
en NYC, al menos uso esa excusa como consuelo.
He decidido bautizar el presente post con mi presente nombre con el único cometido de que aparezca en la búsqueda de Google cuando se escriba mi nombre. Así, cuando en un ataque de narcisismo desesperado me busque, encuentre este post y me dé cuenta de lo que soy; un narcisista desesperado.
También mi nombre funciona hoy como puerta a la reflexión porque sucede que yo cargo con este nombre y gracias a tal carga me he dado cuenta de que me espera una gran crisis. Resulta poco común esperar una crisis, tal vez porque el hecho de conocer su advenimiento influye para que se haga algo que impida que ésta no suceda. Pero… hay ciertas cosas que pese a que se conozcan no se puede actuar contra ellas; lo que me pasa a míes algo similar a lo que le sucede a los nórdicos con el Ragnarok. Los dioses sabían que la batalla del fin del mundo llegaría, y con ella su muerte; con eso no podían hacer nada más que esperar hasta que las cadenas del perro Fenrir se rompieran. Y si los dioses no pudieron hacer nada contra el Ragnarok, ¿por qué yo voy a poder hacer algo que me prepare para cuando me encuentre con otro sujeto llamado Ruy?
Foto: Ruy Ramírez
Nunca me he encontrado con otro Ruy, y siento que cuando lo haga voy caer en que otro sujeto está cargando mi nombre; o peor aún, que yo estoy usando el nombre de otro sujeto.
Si por tener un nombre extraño uno se cree especial, ¿cuánta gente con el mismo nombre se creerá especial?Frente a esto, William Shakespeare dijo: "Nothing is so common as the wish to be remarkable"que yo traduciría toscamente como: “No hay nada más común como el deseo de ser extraordinario”.
Harvey Pekar en el filme Esplendor Americano[1] (y por ende en su vida) se hace una pregunta similar.Se ve que también es común preguntarse porque hay cosas que atentan contra la capacidad de ser especial que uno tiene.
Al parecer, todo lo que proclaman los libros de autoayuda es mentira: no somos especiales. Toda la gente que afirma ser la reencarnación de Cleopatra, Juana De Arco, Julio Cesar o Jimmy Hendrix miente. En caso de existir, la reencarnación sería en otro hijo de vecino, igual que ellos.
¿Cómo recibiré a mis otros yo? ¿Es cómo una película de las hermanas Olsen? ¿Es como Homero frente a Cosme Fulanito, pero sin el perro con la cola peluda? ¿Va entenderme mejor que nadie? ¿Va a crearse un lazo mágico tipo película de artes marciales? ¿Voy a matarlo en camino de ser el único?
Todo aquello que puede ser nombrado es cierto. Por lo tanto mi nombre es lo único que tengo, es aquello que me convierte en verdad, ¿y tengo que compartirlo con otros?
No hay respuestas ni conclusiones para tal dilema narcisista, que sin embargo es común a todos, ya lo dijo Shakespeare. Creo que lo mejor será esperar caminando por la llovizna hasta encontrar a otro Ruy Ramírez que conozca la respuesta a mi problema, perdón… nuestro problema.
Hoy quería recordar a una de las bandas más increíbles que vio nuestro país: Bufón.
Foto de Pata Torres
Cada vez que recuerdo que Ossie no está vivo, las mismas tres palabras resuenan mi mente: "la puta madre".
Tuve la suerte de poder disfrutarlos en vivo un montón de veces, me encantaba la banda. Siempre que me daban las monedas iba a verlos.
Recuerdo bailar hasta más no poder y saltar lo más alto posible cada vez que escuchaba: "Manicomio underground", "Nene de cumpleaños (la torta)", "El viaje del botija", "Plateado", "Cobra en mi jardin", "A mi buñuelo", "Marianelas", "La octava de Octavio" y "Dios salve al bufón" todas las que incluyeran en la lista esa noche.
Después de la muerte de Ossie, me costó mucho volver a escucharlos. No sé. Me ponía mal. Las letras las interpretaba de manera distinta. Me bajoneaba. No me inspiraban esa alegría y ese enchufe a 220 en las venas. Hasta que un día los volví a escuchar. En ese momento me di cuenta de que la mejor manera de mantener viva su música, su energía, es dándole al play a cualquiera de sus canciones. Escucharlos. Salú, Orson. Salú, Bufón.
El título de mi columna es injusto y poco feliz
de plano, digo esto porque la personalidad en cuestión fue mucho más que una de
las grandes amigas y miembro privilegiado del entourage de la Piaf. Sin embargo me tomo estas licencias
dado que quiero narrar parte de la historia de vida y no me siento lo
suficientemente capaz de emitir juicio atinado respecto de la calidad de la
Monnot como compositora, lo único que podría decir es lo que muchos
especialistas concluyen: gran parte de la sonoridad dramática de las canciones
del eterno gorrión de París se debe a la mistura de chansonette valsera que
Mommone le dio a las músicas de muchos de sus hits.
El dramatismo divo, etéreo, femenino, que
escoltaba las incomparables habilidades vocales y la expresividad teatral del gesto
que correspondía a cada pieza del repertorio de Edith eran potenciados por el oído,
las manos y la sensibilidad de otra mujer debajo del escenario a la sombra
respecto de los flashes y los atisbos de tormentosas relaciones.
Estoy hablando de las músicas, que eran lo
suyo, durante casi veinte años, la diva
interpretó casi una treintena de canciones con sus melodías, ya sean escritas
para o con ella, o para otras enormes
intérpretes como Annette Lajon o Marie Dubas.
De izq a der. Odette Laure, Marguerite Monnot y Edith Piaf
Frente a la biografía de la Piaf la suya parece
en principio de lo más tranquila, hija de
una maestra y un pianista, profesor y compositor de música litúrgica en la
pequeña ciudad de Decize resulta una prodigio del piano que a los dieciséis años
ingresa al Conservatorio de París habiendo rechazado poco tiempo antes un lugar
como músico de la corte española, ante la incredulidad de sus padres. Su fama
crece, a los dieciocho su carrera de concertista llega a su fin, decide no
subir al escenario en Nueva York, ya nunca más tocará en público, los rumores
sobre su pánico, posible locura y compleja personalidad no tardan en
reproducirse, y por su inmensa timidez jamás pudieron ciertamente rebatirse.
Recién a los veintidós logró volver al ruedo,
pero ya de la mano de otros sonidos: los de la nueva música popular parisina,
para horrorizar a su familia entre otras cosas. La historia sostiene que su
primer canción fue “Ah! Les mots d’amour!” (las palabras de amor). Cuatro años después
gana el gran premio de la Academia del disco francés por un tema llamado “L’étranger”
(el extranjero). Tal vez sea por esto que el letrista Raymond Asso decide
presentarla a una nueva cantante que interpretaba su éxito por los bares de
toda la ciudad. De más está decir que el trío Monnot-Asso-Piaf trabajó en temas
románticos que calaron hondo, que sonaban a tristeza y melancolía inseparables
a las historias de amor de la guerra en tiempos de guerra: “Le fanion de la Légion”,
“J’entends la sirène”," Mon Légionnaire”, “Je n’en connais pas la fin”.
La ocupación nazi mantuvo a ese grupo de jóvenes
amigos más unidos que nunca, los éxitos musicales se continuaban, se destacaba "Où sont-ils donc mes petits copains". Tras la guerra, los
años cincuenta deparan más éxitos para la dupla y la banda en general, se
suceden las giras, Piaf está en su mejor momento, es la artista mejor paga del
mundo.
Monnot al piano junto a Piaf y M. Cerdan.
Llega el
año 1950 y las historias de amor embargan la vida de las dos amigas: Marguerite
se casa con el cantante Paul Peri y Edith inicia el romance de su vida con el
boxeador campeón del mundo Marcel Cerdan.
En lo artístico
se suman al grupo Yves Montand, un casi adolescente Charles Aznavour y Georges
Moustaki, con el que años después Monnot compondría el gran suceso
internacional que marcó un regreso a la cima de los rankings: “Milord”. Antes
de eso, tras el fallecimiento de Cerdan en un accidente aéreo, las dos
compusieron codo a codo: “L’hymne à l’amour” dedicada al malogrado enamorado. Dos
clásicos incuestionables.
Tiempo
después una gran pelea marcó el fin de la amistad porque para la obra de teatro
“Irma, la douce” (uno de los musicales más famosos del teatro francés y uno de
los pocos que traspasó fronteras) la compositora decidió dar el protagónico a una
actriz y no a una Piaf cada vez más irresponsable para con el trabajo que
estaba cayendo cada vez más bajo en su adicción a los calmantes y el alcohol. Los
ataques de todo tipo por parte de la diva, los conciertos suspendidos, el
desmayo en el recital del Waldorf Astoria, el dominio de la vida de la estrella
por parte de un entorno muy perjudicial fueron decantando la prohibición de la
sola mención de la Guite (como también llamaban a Marguerite) que no pasaba ni
siquiera por enfrente del estudio de Boulevard Lannes; todos estos factores se
atenuaron o maquillaron por la llegada de otro joven pianista a la vida de la
Piaf: Charles Dumont cuyo talento le regalaría un último gran tema: “Non , je
ne regrette rien”.
Por
aquellas mismas épocas, Marguerite Monnot moría, algunos dicen que se dejaba
morir, la depresión que había inundado su adolescencia y primera juventud había
vuelto en los cincuenta y pico, la voz de su música la había abandonado, ella
creía que el fin de una relación o la no realización de un trabajo no podía
terminar con una amistad tan fuerte. Se equivocaba. Según su marido cada vez
estaba peor y esa operación por una apendicitis que había dejado avanzar le dio
el motivo para dejarse ir. La noticia ganaba los cafés en la madrugada del 12
de octubre de 1961, hace hoy exactamente cincuenta años, la leyenda dice que un
parroquiano grito en un barsucho bohemio de Montmartre: “Brindo por el talento
verdadero detrás de una jovencita desgraciada que sin ella se volvió una diva
en decadencia, nuestra copa y nuestra lástima para las dos”.
La Piaf le
sobrevivió exactamente dos años, es decir, murió en octubre de 1963 a los
cuarenta y siete años tras una larga agonía en la que la fiebre delirante le
hacía invocar personajes de su pasado según contara su último marido Theo
Sarapo (y también como lo interpretara de forma magnánima Marion Cotillard frente
a la cámara de Olivier Dahan). La môme solía clamar por Marguerite pidiéndole
que se acercara al piano que esta noche trabajarían en una nueva canción mientras
tomaban champagne.
Como epílogo se podría agregar que hace un par de años se descubrió entre
viejos archivos y papeles de Piaf listos a ser rematados que Marguerite Monnot
había compuesto la música de la canción emblema de la estrella más grande de la
música francesa:“La vie en rose”.
Nunca la
firmó, no se sabe por qué, Emanuel Bonini habla del vínculo como de interdependencia
pero con sentimientos de megalomanía por parte de la intérprete y de inferioridad
por parte de la compositora, el no soy lo suficientemente buena para ella
gobernaba el pensamiento de Monnot por más que antes y después de Piaf e
incluso durante la pianista de Decize escribió teatro y compuso música para
otros cantantes y para bandas sonoras de unas cuantas películas.
Al final
todo se reduce a una historia de amistad, hermandad, decepción y dolor; todo
eso es amor dentro y fuera de sus canciones.
El otro día un sujeto en un bar le comentaba al mozo: Qué falta de respeto, primero vaqueros gays y ahora vaqueros chinos ¿acaso no era el vaquero el último recinto estoico del cine? John Wayne nunca pudiera haber sido un chino. El mozo se detuvo un segundo a pensar y respondió: El personaje de Jackie Chan en esa película con Owen Wilson se llamaba Chong Wang que fonéticamente es muy parecido a John Wayne. Luego y sin cruzar más palabras el sujeto y el mozo se sumergieron en una apasionada batalla de golpes de puños y artes marciales.
Pese a la posición del sujeto (que terminó ganando la lucha cuando desfundó un revolver y llenó de plomo al mozo) yo creo que los oxímoronu oxímorones como lo westerns asiáticos – ergo, oesteros del este - son lindos y que me resultan interesantes cuando los géneros cinematográficos mutan; deja la sensación de que uno está frente a un momento histórico.
Pues hoy viene de westerns asiáticos y les dejo dos reseñas exploratorias que tienen como único fin decir: Miren que por otros lados se hacen filmes.
Ustedes podrán buscarlas por ustedes ya saben que vías o mandando un mensaje simbólico a una distribuidora de cine prendiendo fuego a otra distribuidora y posterior amenaza.
Zhang Yimou (Héroe[2], La casa de las dagas voladoras[3], La maldición de la flor dorada[4] y también organizador de las ceremonias de los últimos juegos olímpicos) director chino por excelencia (seguro del momento y capaz que también de la historia) nos trae una versión de Simplemente sangre[5], ópera prima de los hermanos Coen.
Lo primero que suena interesante es que haya hecho una remake de una película que originalmente no es un western, en clave de western, aunque tampoco la nueva versión es un 100% western. Si tuviera que clasificarla en género diría que: mantiene la trama de policial de la original, la cinematografía es un western épico y la dirección de arte es una cosa rara medio pasada de ácido.
Me excedí en todo lo que sabemos antes del filme y no tanto en éste porque realmente toda la descripción es más interesante que el propio filme. No es que sea un mal filme pero, la promesa de Zhang Yimou + Simplemente sangre + Western es más grande que el resultado. A modo de consuelo queda una película que cruza fronteras como ella sola y que solo con nombrar sus características causa un interés.
Al igual que el título de la anterior, éste también es más que atendible, cada palabra trae consigo una carga de interés, veamos:
Sukiyaki – Es una comida (no es la primera vez que a los westerns le ponen epítetos culinarios) muy barata, fácil de hacer y que es un revoltijo de todo un poco.
Western – No hay necesidad de explicar
Django – Protagonista del filme homónimo interpretado por Franco Nero que luego de venir de la guerra arrastraba un ataúd con una gran metralleta adentro.
A partir de estas tres palabras obtenemos un western japonés remake de un italiano. Western asiático que lleva excéntricamente una violencia rara, que es bien posmoderno y que tiene de todo un poco mezclado adentro (Shakespeare, nieve, samurais, Tarantino, tesoros, gente con problemas de bipolaridad, todos). Para tal desafío la persona indicada fue el prolífico y desafiante Takashi Miike (prometo que algún día va a faltar en un articulo del cine asiático; pero hoy no es el día).
Una película que no es muy fiel al original y por momentos cae en la chanchada abusiva del exceso cinematográfico, pero por momentos es también excesivamente atendible y maravillosa, además de ser siempre entretenida aunque solo sea porque uno no sabe qué esperar.
El mejor western asiático (bautizado sukiyaki western por el momento) y el filme emblema de este neonato subgénero que puede causar el desbarrancamiento de mi vida.
Estaba ahí. Fue el miércoles pasado, en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, eran las 20:30hs (21:30 de acá). Cada tanto los trenes pasaban por el costado del estadio, tocaban la bocina y todos los asistentes le gritaban.
Treinta mil personas estaban esperando hace horas, mirando el escenario, donde está desplegado un telón blanco enorme, con el logo de la banda proyectado.
Hace varios minutos que la gente está coreando “olé, olé, olé, System, System”.
De repente, las luces del estadio se apagan, las luces del escenario se apagan, la multitud enloquece, suena el primer acorde de “Prison Song”… QUÉ MOMENTAH!!!!!!
Después de esa intro cae el telón, parece mentira, pero ahí estaban los System of a Down.
Miren lo que fue eso.
Recuerdo que después vino el enganche de “Soldier Side” con “BYOB”, como en el Mezmerize.
Fueron 30 canciones, donde viajaron un paseo por todos sus discos, y nos hicieron viajar a nosotros. Dos horas sin parar, sin bises y con niveles excesivos de energía y pogo.
La entrega, la performance de todos los integrantes, fue increíble.
John en la bata, bajando el hacha constantemente, haciéndote temblar los tímpanos y los costados de tu cabeza con cada golpe del bombo.
Shavo es una especie de Gollum con un bajo colgando, se desliza, salta, enloquece, se retuerce, no para de bailar.
Lo de Daron en la viola es impactante. Es un demente en el escenario y nunca podés predecir cuál va a ser su siguiente movimiento: se tira en el piso, gira, grita, deja de tocar, se manda un solo de la re puta madre, mientras sigue gritando, girando y abusando de esa guitarra.
Y Serj Tankian es uno de los tipos con la voz más versátil que vi en vivo. Canta súper alto con sus gritos característicos, mete voces tan agudas como si fuera una ardilla y después te pega un grito tan grave de ultra tumba que te deja mal.
System of a Down nunca tuvo un disco que no supere las expectativas, siempre fueron mejorando. Escuchar en vivo su música potente, compacta, cambiante, con momentos de distorsión y de armonía alucinantes: te dejan sumamente agradecido, satisfecho y con las ganas intactas de volverlos a ver.
Comparto con ustedes el toque completo que dieron en el Rock in Rio. Ellos tocaron ahí gracias a que la gente la votó por como la banda que más ganas tenían de ver. Después que tocaron, 50 mil personas se retiraron y no vieron a Axl Rose con su barakutanga. Los temas están prácticamente en el mismo orden que el show que dieron en Buenos Aires, solamente que en Argentina tocaron un tema más: ATWA, que desde el 2005 no la tocaban.