lunes, 15 de agosto de 2011

El mes de la nostalgia, Parte III: Stop/Rewind/Play

Cuando advertí que finalmente los DVD’s habían colonizado todas las estanterías del videoclub y que ni siquiera quedaban VHS viejos a la venta, me invadió ese sentimiento que nos retiene por segundos en el pasado y nos nubla los ojos ante el presente. Sí, por supuesto: la nostalgia.

La videocasetera fue uno de los regalos más lindos que recibí en mi vida, y el artefacto que más zanjó mi infancia de recuerdos. El videoclub con sus cientos de cajas narradoras de historias luminosas es otro de mis recuerdos más entrañables. Antes de tener un reproductor en casa, mi acceso a las cintas de vídeo se daba en la casa de mi abuela. Me encantaba irme a quedar a dormir y que mi tía me llevara al video a elegir una película. A mis tres años, el local se me hacía una inmensa sala llena de magia donde la sección infantil eran cuentos prontos a cobrar vida en la también mágica pantalla.



Díganme si esta música no es el verdadero himno de nuestra nostalgia veinteañera



Del vals al holograma


Por más que pasara horas mirando embelesada las cajas, mi tía ya sabía cuál película elegiría. La Bella Durmiente. Una y otra vez. La música preciosa de Tchaikovsky me fascinaba tanto como el terror verdoso de Maléfica, la villana más villana de toda la filmografía de Disney. Me levantaba de madrugada, cuando todos aún dormían, y presionaba el “Play” para revivir de nuevo el cuento de hadas animado.


Más que espectadora, era una intérprete más de la película. Al vigésimo quinto visionado –cinta desgastada ya por los sucesivos rewind que cada fin de semana sufría- ya sabía los diálogos y los repasaba ante los ojos atónitos de mi abuelo. Aún hoy me cautiva el vals entre Aurora y su Príncipe, quizás porque me transporta a aquella sensación de ser un poco reina en aquella casa de la calle Asilo.


 
Pero un día –dos o tres años más tarde- La Bella Durmiente se rompió. Es decir, se deterioró la cinta y el videoclub no la repuso. Y entonces conocí a otra heroína que me hizo presionar rewind miles de veces y que también me cautivaba con su música. Solo que ya no era el ballet ruso, sino el más típico pop de los ochenta: Jem and the Holograms. La película compilaba (de esto me enteré más tarde) algunas escenas de la serie animada de televisión que se había extinguido el año de mi nacimiento: 1988.


La protagonista era una cantante típicamente ochentera que en realidad era el alter ego/holograma de una muchacha corriente, heredera de una discográfica. Jem (caracterizada por su pelo rosado y su maquillaje con forma de estrella) y su banda (otras tres muchachas de cabellos de colores) se enfrentaban al trío The Misfits, liderado por una cantante de voz saturadora y pelo verde. Nunca supe si la banda de punk homónima se inspiró en ellas o si fue al revés, o si tan solo fue una coincidencia nominal. La cuestión es que nunca me olvidé de esas canciones. El otro día, gracias a Youtube, pude volver a sentir las melodías.


Truly, truly, truly outrageous…


¿Dije gracias a Youtube? ¿Volver a sentir? Desenterrar esos recuerdos de los rincones del subconsciente no despertó los mismos sentires que esas canciones me provocaban. Al hacer tangible lo inaccesible, esta panacea de la recuperación videosférica que es Youtube genera dosis equilibradas frenesí y desencanto. De todos modos, tenía que volver a encontrarme con esos hologramas. Y todavía me arrancan una sonrisa.

Corina y su hoja que se convertía en medalla

Hay una joya de mi memoria videosférica que Youtube, en su limitada omnipotencia, no me ha sabido recuperar. Es una película que marcó mi vida para siempre, y no estoy exagerando. Alcanzando el cielo, se titulaba, según la traducción al español. Campioana (“Campeona”) es su título original, en rumano, según me enteré varios años después, ya sin la posibilidad de volver a rebobinarla. Esta cinta que tantas decenas de veces alquilé en el videoclub cercano a casa (ya teniendo casetera en mi hogar) relataba la historia de una niña rumana que soñaba con ser gimnasta, entrenaba duro y ganaba el oro olímpico. La inspiración explícita: Nadia Comaneci.

Corina era el nombre de la protagonista, y hay tres cosas que no puedo olvidar: una escena en que atrapaba una hoja de parra con las manos y la convertía en una medalla, los tonos opacos típicos de Europa del Este y la música, melancolía pura ya desde entonces, que la gimnasta usaba para su serie de suelo en las Olimpíadas. Y hay otras tres cosas provocadas por el film, que nunca más se me borraron: el amor por la gimnasia, el amor por Rumania y el amor por la gimnasia rumana. No sé si deseo volver a ver la película, porque perfiero guardar mis tesoros nostálgicos en un refugio cálido de la memoria donde la cinta también se hizo pedazos de tanto stop, rewind, play.


Pero debo admitir que si tuviera la chance de reencontrarme con Corina, no la desperdiciaría.

Play it again, VHSam

Muchas de nuestras nostalgias infantiles pasan por el universo de imágenes que nos rodearon y nos acunaron cuando niños. Entre los recuerdos más queridos, seguramente todos cosechamos aquel dibujito que mirábamos antes de ir a la escuela o los primeros videojuegos que aprendimos. Sí, la nostalgia se aferra a los productos mediáticos de una época (léase músicas, programas de radio, de televisión, películas, revistas), pero también, de alguna forma, a los artefactos que los hacían posibles.

Es verdad, la videocasetera como simple artefacto ha sido sustituida por más avanzados medios de reproducción. Pero lo que no puede sustituirse ni evolucionar son las prácticas ligadas a la apropiación de esos artefactos, prácticas que, al saberse irrecuperables, nos generan la nostalgia.

Y es que las cintas machacadas de Maléfica, Corina y Jem tenían el encanto no del mero visionado, sino del ritual. La reiteración, el rebobinado, el eterno retorno a las mismas historias descubriendo un minúsculo detalle nuevo cada vez conformaban en mis días de infancia una ceremonia única, mágica, donde yo era capaz de edificarme un universo propio para sumergirme a mi manera. Un universo que no tendría otro destino futuro que la nostalgia.




4 comentarios:

Diego F1 dijo...

Da gusto como se esta explorando la nostalgia en estos escritos, es curioso como este sentimiento puede ser evocado desde lugares diferentes y por personas diferentes. Es decir no compartimos los contenidos de esta nostalgia pero la entendemos perfectamente. Bueno no compartimos todos pero si uno: esta intro de los VHS de Halven es inolvidable pero como tu decís, en formato YouTube desencanta mas de lo que evoca, falta el ruidito del VHS la oscuridad y la ansiedad porque empiece la película. Otro disfrutable post.

Fernando Terreno dijo...

Por saber e imaginar lo jóvenes que son los autores de este blog, me he sorprendido de que se haya instalado el tema de "La Nostalgia". Más allá de que Agosto incluya "La noche de..."

Pero para consuelo de los mayorcitos estoy por concluir que el envejecimiento (y por ende la nostalgia) tiene que ver más con el CAMBIO DE SOPORTE y de FORMATOS en que se presentan las manifestaciones artísticas que con el tiempo cronológico.
Eso es lo que me queda de este homenaje al VHS, junto con el consuelo de que la sociedad de consumo nos igualará pronto a todos, dada esa insaciable necesidad de que todo sea "descartable y provisional" para promover el consumo.

Dejo porque este comentario está envejeciendo mientras lo escribo, ya tendría que hacerlo tipo Twitter o quizá FCB v2.8 ó 2.9 ó...

Bromas aparte, la Comaneci merece todo eso que decís y más.
Un abrazo

Vic dijo...

No pude evitar emocionarme con tu apartado sobre "Alcanzando el cielo". Inmediatamente me sumergí en youtube y afortunadamente encontré la película para ver =) Te dejo el link para que la disfrutes una vez más~

http://youtu.be/3yTVpGfGP-s

Un abrazo ^^

Anónimo dijo...

Hola, justo el día de hoy estaba tratando de recordar el nombre de la película sobre la gimnasta Corina, yo también nací en 1988 y también era fan de La bella durmiente y después de aquella película tan linda. Lo que más recuerdo de la película es el momento en que un niño gimnasta le lleva en las manos un helado a Corina, siempre quise probarlo... Me gustó mucho tu escrito. Saludos! Laura.