viernes, 27 de julio de 2012

Por qué el deporte también hace llorar y otros relatos olímpicos



-Pero podés ver los resúmenes en los compactos de los informativos– intenta argumentar inútilmente mi padre cuando le cuento desesperadamente que las competencias olímpicas de gimnasia coinciden con mi horario de trabajo. 
-No. No puedo mirarlo fríamente en diferido conociendo el resultado de antemano. Necesito vivirlo, sufrir, llorar, putear.
Mi padre vuelve a intentar consolarme dando una breve muestra de su único conocimiento sobre gimnasia y su inmenso conocimiento sobre mí. 
- Esperemos las rumanas hagan honor a Nadia Comaneci.




Vivirlo. Sufrir. Emocionarse hasta las lágrimas. Putear hasta tirarle con un almohadón al televisor. Catarsis. Catarsis. Catarsis. Catarsis. La necesidad de identificarse con un yo exterior, ideal, donde se proyectan las aspiraciones frustradas y los deseos más profundos. Un yo exterior que en esta época del año es ineludiblemente un deportista (un remero, un halterofílico, otra vez un jugador de fútbol) y que en todas las épocas de mis años es una gimnasta, rumana. Podría citar a Freud y su “Psicología de las masas y análisis del yo”, pero me es más sencillo linkear algunos argumentos explicativos de por qué amo la gimnasia y por los que Rumania y Uruguay son gemelos en el universo deportivo (acá van otros dos, por si hacían falta: la abreviatura de Rumania en inglés es “ROU”, igual que la sigla de nuestra República; la entrenadora de cabecera del equipo femenino  rumano se llama Mariana, igual que yo).

Gimnasta, remero o halterofílico (deporte con nombre perverso si lo habrá), la cuestión es que esa identidad (o aversión) espectador-deportista solo puede producirse cuando ese personaje es introducido en un drama, un relato, una escenificación. Una historia que se nos narra desde las pantallas, nos involucra, nos mantiene en vilo, hace sacar lo más violento y lo más sensiblero, aunque sea en dosis mínimas e imperceptibles. Los deportes olímpicos nos con-mueven, porque se nos narran. Más allá de la espectacularización, las globalizaciones mediáticas, las multinacionales con sus multillonarios intereses acaparando nuestros televisores y nuestros ojos y nuestras apaleadas y alienadas conciencias. Más allá de todo eso, simplemente me interesa pensar los eventos olímpicos como relatos. Como esos relatos que nos contaban en la niñez y que necesitamos ver reinventados en formas (no tan) diversas al “había-una-vez”.

Ya lo dijeron los griegos


Puede ser que los “grandes relatos”, como predican algunos posmodernistas, hayan caído. Qué importa: tenemos los pequeños relatos.  Que si Michael Phelps se coronará como el atleta más laureado de la historia, quitándole el lugar a la gimnasta soviética Larisa Latynina. Que si los ingleses abuchearán a Suárez en el desfile inaugural. Que una saltadora griega no contuvo su pulsión comunicante y twitteó una bestialidad racista, perdiéndose los Juegos Olímpicos para los que había entrenado toda la vida. Que si la selección uruguaya de fútbol estará a la altura de las expectativas y de las predicciones del 88% de los portales que lo dan como medallista.

Omar Rincón define a las “culturas mediáticas” actuales como un cúmulo de narraciones que responden a la lógica de la sociedad del entretenimiento. Por supuesto, el deporte es uno de los eventos más narrativizados de los medios, desde las infinitesimales películas sobre deportistas hasta los relatos en simultáneo de los partidos. Y bien que nos entretienen, claro.

Y como todo en la vida, lo dejaron registrado en un jarrón.
Pero la relación entre el deporte y el relato es muy anterior al imperio de las pantallas y a la invención del periodismo deportivo. Como todo en esta vida, los antiguos griegos inventaron los deportes olímpicos atribuyéndoles orígenes míticos. Dicen que fue Heracles (más conocido como Hércules) el propulsor de los Juegos en honor a su padre, Zeus, el dios más importante del Olimpo (de ahí la derivación, naturalmente, aunque algunos señalan que la raíz es “Olimpia”, la ciudad de los primeros juegos). También dicen que, cuando los juegos se celebraban cada cuatro años, las guerras se detenían (¿quizás simplemente porque se trata de también de una batalla, pero representada, como persiste en las metáforas bélicas de los comentaristas deportivos?). 

Los atletas eran venerados; la fuerza y la destreza asociadas a la belleza del cuerpo eran parte de la areté (cualidades enaltecedoras para los griegos); el deporte era una vía para alcanzar la gloria por la que los deportistas sacrificaban todas sus horas. Años de entrega, segundos de competencia, gloria eterna. Sabemos que Aquiles prefirió una vida corta y llena de honra que larga, aburrida, olvidable. Basta conocer la rutina de un deportista de elite para descubrir que las cosas no han cambiado tanto  en todos estos siglos. 

Nadia Comaneci, Carl Lewis, Larisa Latynina, Michael Phelps. Todos nombres que nadie duda de equiparar al estatus de “héroes” o “leyendas”, sobre todo los reportes que tanto han pululado sobre la historia (narraciones otra vez) de los Juegos Olímpicos. Las “hazañas” y los momentos “épicos” también se venden al por mayor en los pseudocumentales, flashes televisivos y artículos web que sirven de antesala el inicio de Londres 2012.


Dramatizar lo irreal


El deporte no es real. Es en sí mismo una representación. Tiene el origen en algo real (la maratón surgió por la necesidad de llevar mensajes de una ciudad a otra) o mítico (la pelota asociada a los astros en el Popol Vuh), pero es siempre una escenificación, un juego, una suspensión de las circunstancias actuales para crear un universo con reglas propias y solo válidas para esas coordenadas espacio-temporales del hecho deportivo. Por eso son “Juegos”, precisamente.

Pero el hecho deportivo no queda allí. Las culturas mediáticas actuales (otra vez Omar Rincón)  deben dramatizar todos los sucesos, incluso los más caóticos, para insertalos en la coherencia de la narración. Así, permanentemente se busca lo narrable de una competencia, se ficcionalizan las acciones, se generan expectativas a través de predicciones anafóricas.

La gimnasia, por ejemplo, nació con una gran historia: Nadia. Antes estuvieron Latynina, Carlavska, Korbut, pero fue Comaneci quien desencadenó la verdadera (r)evolución de la gimnasia y sembró sus arquetipos con aquel primer diez perfecto. El eterno icono  de la perfección que en realidad no fue perfección pero qué importa.

La portada de Time cuando Nadia asombró al mundo


Y son esas historias grandes y mínimas las que me envuelven día a día para que lea decenas de noticias y reportes y previews y análisis de gimnasia en la esfera virtual de la “Gymternet”. La triste historia de la gimnasta que nunca llegó a los Juegos Olímpicos por culpa de una lesión insistente; la de la gimnasta con aires de diva que no pudo volver al gimnasio a tiempo y fracasó en competir en sus segundos Juegos; la del equipo que todos daban por muerto y se recompone en el momento exacto para dar pelea (¿metáforas bélicas, yo?). Los principales eventos de las competencias son con frecuencia catalogados como “storylines” en un fascinante paralelismo con el cine y la TV; las transmisiones de la NBC de Estados Unidos necesita mostrar clips lacrimógenos (llamados “fluffs”) sobre el inmenso esfuerzo de las atletas para luego mostrarlas ejecutando una rutina; la palabra “drama” es utilizada en casi el 47% de los comentarios de los foros cibernéticos sobre gimnasia.

No es simplemente que el melodrama “venda” o “entretenga”. Es también que los simples mortales precisamos las empatías, los personajes detrás de las frías rutinas, los héroes detrás de los deportistas, los dioses detrás de los héroes. 


Y después nadie comprende por qué rompo mi abstinencia de llanto cuando descubro que mi gimnasta preferida tiene una inflamación en el pie que compromete sus posibilidades de medalla. 


No hay comentarios: