miércoles, 10 de agosto de 2011

Algunas consideraciones apenas instintivas al respecto de “Artigas, la Redota”




El pasado lunes a la noche asistí al cine para ver “Artigas, la Redota”, la sala estaba a medio llenar, el público adulto, en promedio mayor de 35 años. Sin embargo el comportamiento era cuasi infantil, “que éste es de la tele”, “sí, pero eso es Colonia, no es Montevideo”, “… ¡Mirá! ¡Cómo van a pasar a Artigas teniendo sexo, qué falta de respeto!”, etc. etc. Y después lo de siempre, los celulares y la ausencia de cualquier tipo de modales para comer o tomar en medio de lo que se esperaba que fuese el clima en una sala para disfrutar realmente de este tipo de espectáculo.

Concretamente sobre el film, debo decir que entra en el límite superior del rango de consideración de lo aceptable.

Respecto a la fotografía y el arte visual en general suple las expectativas previas, sobre todo teniendo en cuenta un conocimiento previo del trabajo de su director César Charlone. Los modos en los que logra asociar su cámara con la obra de Blanes se definen como una de sus mayores conquistas. Además de la mancomunación con la banda sonora de Luciano Supervielle, se supo que en algunas ocasiones la música preexistente inspiró a la cámara en su trabajo en un ejercicio más que interesante.

Tal vez lo más criticable en general sea en algunas secuencias los movimientos erráticos de la cámara, mostrados pareciera incluso desde una lente sucia (lo que me alejaba más aún de la situación narrada) y la deformación que se puede apreciar en un par de secuencias por el uso de una lente similar al ojo de pez, que no tiene a mi criterio un andamiaje claro, solo me creaba confusión.

Todo eso desde el punto de vista estrictamente técnico, sobre el guión (del propio Charlone junto a Pablo Vierci) mis dudas crecen todavía un poco más y me permito cuestionarme otras cosas, no sé si es desde el punto propio de mi ignorancia, pero no podía dejar de sentirme incómoda por el exceso de la voz en off en una especie de soliloquio que se repetía constantemente por parte del espía español, (antagonista o brazo ejecutor del verdadero antagonista -según se quiera ver- Sarratea, encarnado convincentemente por Mario Ferreira), donde la amada era evocada como esperanza de futuro de un modo que rozaba el cliché apoyándose en la representación gráfica de la misma en dibujos separados, los ojos dibujándose en el mar, su cuerpo entre las piedras, etc. Al repetir eso tantas veces uno podría llegar a pensar que dichas remembranzas se iban a ampliar o a profundizar, pero solo retrasan más y enlentecen la acción de dicho personaje sumiendo esos proyectos y sus ganas de alcanzarlos en innecesaridad y superficialidad desde la lectura posible del espectador. También en los usos de epígrafes (textos para indicar lugar por ejemplo) se llega a apreciar esa redundancia aludida… a ver, a la tercera vez que mostrás la Casa de Gobierno en Bs. As. y no se enmarca ninguna otra acción en un lugar similar no es necesaria la aclaración, me parece.

Por suerte, la obra citada me sorprendió por la positiva en el aspecto que más desconfianzas me despertaba en la previa, y que ha sido catalogado como uno de los clásicos problemas del cine nacional, juicio que en los últimos años ha ido revirtiéndose o al menos atenuándose gracias a entre otras a la otra (valga la redundancia) pieza fílmica de Charlone, “El baño del Papa”: el tema del trabajo actoral, la “adaptación” al cine de nuestros actores formados para el teatro, la dirección de actores.

La dificultad en este sentido asomaba desde distintos frentes, la personificación de la Historia nunca es una historia exenta de polémicas o al menos de discusiones en la cinematografía, incluso en las sociedades que ya tienen ejercicio sobrado en la materia.

El Artigas de Esmoris es profundo en presencia y hasta en la expectativa previa a su aparición, en el silencio y en hasta en su voz (inspirada en la de Zitarrosa, según confesión del propio actor), “desmarmolizantemente” humano (más allá de algunas malas pasadas que le juega el ritmo general de la narración), sospechosamente viviente y movilizante; se dio el lujo de develar a un padre de la patria hasta inocente, dubitativo o dolido en gestos más o menos sutiles. Todo encausado hacia los objetivos finales de la película mostrar qué es Artigas y por qué se representa así y no se puede hacerlo de otro modo.

Solo rato después de salir de la sala recordé que era el mismo que presentaba opciones políticas Marxistas-Lenonistas en su personaje de tiempos de campaña, el de “Orientales, la patria o la cumbia” o el de la Antimurga BCG. Nunca se me pasaron por la mente dichos factores al verlo como Artigas. Lo que es inmensamente gratificante para con su trabajo, que encontrará su lugar cada vez más justo en la memoria del cine uruguayo conforme pase el tiempo.

Cabe el destaque a las labores tanto de Rodolfo Sancho como el espía español que navega entre la manifestación de los más variados sentimientos, Aníbal Larra. Este actor español de gran performance aquí es el mismo que interpretara a Antonio en la novela “Amar en tiempos revueltos” en su primera temporada; como a la de Yamandú Cruz en su desempeño como Blanes (cuyos avatares biográficos merecerían film aparte) que mostró de manera explícita que pintar y contar la patria no es ni será jamás tarea fácil.

2 comentarios:

LELE dijo...

No la vi todavía, pero eso de Artigas haciendo aquello me da un poco de cosita.
Por Artigas y por Esmoris, digo, pero tá.

Escuché de todo, desde que está de más hasta que es una cagada, pero me encanta como lo opinaste vos, hasta parece que supieras... jajaja y lo peor es que pareciera que estás madurando y te estás centrando jaja

Harol dijo...

Interesante comentario sobre una película que no se ha visto acá.
Acá también la gente come y anda con los celulares encendidos como si fuera lo último.
Gracias por las palabras de aliento.
Sigue escribiendo y viendo pelis.