jueves, 11 de agosto de 2011

El mes de la nostalgia, Parte II: Te extraño en todos los idiomas


“Buenos Aires te extraña”, dice un afiche publicitario que invita al turismo en la ciudad del tango. Una pareja de bailarines milongueros se abraza acompañando el eslogan. Y pienso en Gardel, y en su Buenos Aires querido que nunca pudo volver a ver. Sí, ya se asoman las primeras gotas de nostalgia. Buenos Aires extraña a Gardel. Gardel extraña a Buenos Aires. ¿Son ya como dos extraños?
¿Qué queremos decir cuando decimos “te extraño”? ¿Qué sensaciones/sentimientos nos llevan a traducir el deseo en palabras? Y digo “deseo”, ya, porque creo que extrañar es eso: es desear tener cerca a alguien (una ciudad también puede ser alguien) que  se encuentra físicamente lejos. ¿Pero por qué decimos que “extrañamos”? ¿Tiene que ver con lo “extraño” (adjetivo) o con un “extraño” (sustantivo)? Sí. Al menos en nuestro idioma. Cuando ese ser entrañable, que cobijamos en las en-trañas de nuestro afecto, está lejos, ya no lo entrañamos: lo ex-trañamos. Se vuelve una cosa extraña, ajena, lejana. El prefijo “ex” siempre indica algo que está fuera. Y sin embargo, el recuerdo está tan dentro.
En España, no obstante, no se dice “extrañar”. Allí la ausencia sentida se transmuta por la ternura del “te echo de menos”. De nuevo, lo externo, lo que está afuera: “te echo”. Lo nuevo, respecto a nuestro extrañar: la falta, lo que está “de menos”, la parte que nos falta. Las entrañas  del afecto que se van de nuestro vientre y hacen que nos duela el estómago cuando quien amamos está ausente. Es cuando podemos decir: no sabes cuánto te he echado de menos.
John William Waterhouse, Penelope
La falta de lo querido se hace aún más tangible en la –siempre bellísima- expresión francesa: “tu me manques”. Tú me faltas. Así de simple. Tan simple como estremecedor. Cuando se traduce al español, la frase se reescribe como “te extraño”. Pero es mucho más que eso: es “tú formas parte de mí y tu presencia aquí me hace falta”. Me haces falta, es decir, te necesito. Aquí, no allí. El aquí y el allí, desencontrados. También en italiano, si traducimos nuestro “te extraño”, nos encontramos con un “mi manchi”. “Nos encontramos”, sí, aunque esa falta indique todo lo contrario.


El dolor de la falta se materializa en otra faceta del desencuentro cuando pasamos al inglés. “I miss you”, dicen los anglófonos. Pero “miss” no es solo “extrañar”, es también “perder”. Es lo que se tuvo y nos fue arrancado. Te extraño: te pierdo. (Idea Vilariño, siempre: “Como si ya te hubiera perdido alguna vez”). Cuando perdemos algo, significa que no lo podemos encontrar. Permanece perdido hasta que lo (re)encontramos. Perder: “ex-traviar”, asombrosamente parecido a “extrañar”, aunque “extraño”, en inglés, se diga “stranger”. La nostalgia como pérdida, como algo que se nos escapa. El problema es si al final “perdemos” también la batalla contra la distancia.
En portugués (en Brasil) todo es más alegre y colorido. Incluso los sentimientos más dolorosamente indescriptibles. Los brasileños cuando extrañan no usan un verbo, usan un sustantivo: saudade. Tan intraducible como inefable el sentimiento. Puede, quizás, equipararse con nuestra nostalgia, con nuestra melancolía. Pero la "saudade" es más que eso. "Tenho saudade de você" se dice siempre con sonido a Bossa Nova, en algún atardecer oceánico que es la mezcla perfecta entre dulzura y desazón.


Giorgio de Chirico, Il Rittorno di Ulisse, 1968.

Hay un precioso capítulo de Milan Kundera en su novela-ensayo La ignorancia, donde recorre las variaciones  idiomáticas de la nostalgia asociadas a las ansias de volver a la tierra natal (el eterno retorno de Ulises, la eterna espera de Penélope). Allí menciona otro sinónimo del verbo “extrañar”: “añorar”. La añoranza no solo comparte con la extrañeza la letra ñ. Como explica Kundera, añorar viene del verbo catalán “enyorar”, que a su vez deriva del latín “ignorare”. Esa génesis de la añoranza en la ignorancia no se da solo etimológicamente sino pragmáticamente, en el sentir. Añoramos porque ignoramos. “Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país está lejos, y no sé qué ocurre en él”(1). Es por eso que extrañamos tanto. Cuando menos sabemos, cuanto más dolorosa es la incertidumbre, mayor el deseo de disolver las distancias.
Y aquí viene mi ligazón entre ambos verbos, extrañar y añorar (además de la ñ que comparten): lo ignorado, lo desconocido, es al fin y al cabo lo “extraño”. El “stranger”, en inglés, que pensábamos nada tenía que ver  con el enternecedor “I miss you”.
Kundera cuenta que “nostalgia” se compone de los vocablos griegos nostos y algos. El primero significa regreso, el segundo, sufrimiento. La nostalgia se revela como “el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”. Regresar a nuestra tierra, al lugar que añoramos. Regresar a la persona que para nosotros es nuestro lugar. Regresar a lo que éramos, y ya tal vez no sea. Regresar para progresar, tal vez. Regresar, volver. Volver a vernos. Y el deseo incumplido: la nostalgia. Agridulce, sigilosa, serena, poderosa. La nostalgia que nos aprisiona pero que es una de las sustancias más potentes para mantener con vida los deseos, aunque solo sean deseos de regresar, de volver el tiempo atrás. A fin de cuentas, deseos de lo ilógico, casi de lo imposible. Y también deseos que son antídotos contra el olvido.


Francesco Primaticcio, Ulises y Penélope
Pero ¿qué pasa cuando sentimos que extrañamos lo que aún tenemos cerca?
 ¿Se puede tener una nostalgia anticipada? ¿Una nostalgia del futuro? ¿Pero… cómo? Quizás simplemente la nostalgia también lleve en su regazo ese deseo de retornar eternamente.








(1)  Kundera, Milan, La Ignorancia. Tusquets Editores, Barcelona, 2000. 

3 comentarios:

Diego F1 dijo...

Estar vivo es una suerte complicada, no hay consuelo nunca para el entendimiento de ser seres finitos en el cruce de dos infinitos. Por eso da lo mismo si se trata de tiempo o distancia, uno duele cuando se desencanta, en este caso, de creerse omnipresente de un momento. ¿No es la nostalgia la resaca de la felicidad?
Pero la nostalgia nunca nos mata, porque al mismo tiempo que desea retornar, desea poder dejar ir lo que nunca se tuvo.

Lourdes Nievas dijo...

A tu pregunta creo que sí se puede añorar el futuro. El deseo se asocia tan ajustadamente bien a la lontananza.Te lo dice una persona cuyo segundo nombre es Desirée. Pero fuera de joda, no sé cómo decirlo para que quede más claro, la nostalgia es un sentimiento fundado por la epopeya como género por sus raíces en lo histórico, heroico, en sus triunfos y victorias, para el propio Kundera "La Odisea" es configurante de un tipo de nostalgia como sentimiento superior que atraviesa el pensamiento de occidente, por eso un Ulises bajo su lupa es tan cercano y atemporal a la vez.
La nostalgia de futuro existe y nos rodea, la terminamos de percibir cuando alguien cercano se está por ir y lo sabe, y todos alrededor lo sabemos e intentamos proyectar un futuro posible aunque menos perfecto sin ellos.

El Santi dijo...

Bueno Mar, los gallegos dicen "te echo de menos"

Y entonces cambia todo.

"No estás,
te busco y ya no estás
qué largas son las horas
ahora que no estás"

jeje, una rima interna un poco boluda pero linda.

La nostalgia no es la resaca de la felicidad.
Es la resca de la juventud, que en el recuerdo es siempre feliz aunque haya sido infeliz.
Porque lo que nos jode es estar cada vez más cerca de la muerte y cada vez más lejos del nacimiento.
Y sabemos que nacimiento hay uno solo.
Y se puede tener nostalgia del futuro que nunca va a ser.
Y de lo que nunca fue.
Lo jodido es cuando la nostalgia se extiende como una mancha de aceite y llega un día en ya no hay más nada para adelante, ya no hay más nada que nostalgia. Perdemos la capacidad de inventar y solamente podemos nostalgiar. Porque bajamos los brazos.
Disculpen, es que son las 8 de la mañana y nunca me despierto a esta hota y me había tomado un parnox.
besotes
El Padrino