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domingo, 18 de marzo de 2012

Las locas, brujas, putas y ahora… asesinas

El complejísimo tema del aborto está en el top five de la agenda política por estos tiempos. Y como consecuencia, también le corresponde un sitio bastante privilegiado dentro de los ítems de la información masiva. Como gajo noticioso, pululan notas acerca de mujeres muertas debido a los abortos clandestinos, se retratan denuncias por el mal uso del Misopostrol, se evidencian las mil y una maneras de querer abortar con métodos (míticos) alternativos y se aguardan informes sobre el porqué las mujeres deciden interrumpir voluntariamente sus embarazos.

Mientras tanto, el plan que pretende des-penalizar el aborto tiene media sanción parlamentaria, aunque le queda un largo trecho para convertirse en ley. No quiero hablar de Víctor Semproni porque no es el motivo de mis párrafos, pero quiero dejar en claro que no me extraña que sea una roca obstaculizando la aprobación del proyecto. Digamos que tiene antecedentes de llevar la contra en asuntos importantes.

En la discusión de esta ley no es conveniente la dicotomía. Si alguien está a favor de la despenalización no significa que su postura sea pro aborto; y si otro alguien está en contra de este proyecto no implica que desapruebe los derechos sexuales y más que nunca reproductivos de las personas.

Pero, ¿por qué las relaciones sexuales involucran al menos dos partes y el aborto es una decisión tan solitaria que se deja mayormente en manos de la mujer? Dicho de otra manera, un embarazo: ¿Es otra de las tantas “cosas de mujeres”? ¿Por qué el argumento “este cuerpo es mío y hago lo que quiero” tiene menos peso que el que dice que “si abriste las piernas, hacete cargo”, o el facilismo: “antes de abortar, dalo en adopción”? Todas las mujeres que tienen embarazos no deseados, ¿acaso es porque no se cuidaron y les ganó un momento de calentura? ¿Por qué el hecho de estar biológicamente dotada para albergar el desarrollo primario de una vida nos convierte en homicidas si no lo queremos hacer?

¿Cuál es el rol del hombre ante toda esta situación? ¿Ellos desconocen los mecanismos que disponen para NO ser padres (aparte del abandono, obviamente)? ¿Cuántas han tenido que negociar constantemente el uso del preservativo ante la negativa de su pareja? Pero cuando se trata de aborto, ¿ellos tienen el derecho de juzgar como asesina a la, evidentemente, puta que se encamó vaya a saber uno con quién?

El sexo se aprende rápidamente (que no es sinónimo de correctamente), es gratis; la educación es un proceso lento y la ignorancia es carísima. Nos está costando miles de muertes de mujeres que no conocen cuántos agujeros tienen en su aparato genital ni para qué sirven, que no saben cuáles son los métodos anticonceptivos que dispensa el MSP (y tú, mujer con título y/o con poder adquisitivo mediano, ¿conoces todas las alternativas? ¿Y tú, hombre?). Si tengo que decidir entre comer y pagar la pensión o comprarme un forro, ¿qué hago? No nos olvidemos que las clases pudientes no son noticia por sus (“exitosos”) abortos.

Nos está ganando el conservadurismo de la clase letrada, pero retrógrada, machista (cuidado, con esto no me refiero sólo a hombres) y de pensamiento moderno, cuyo único trasfondo discursivo es que las mujeres nacieron para ser hornos de bebés (porque es algo instintivo, claro). Tú, hombre que no quiere hijos y no tiene pareja estable, ¿alguna vez especulaste, aunque sea remotamente, con realizarte una vasectomía? Tal vez objetarás que eres menos hombre si lo haces, no como las mujeres que pueden ligarse sus trompas como una opción más dentro del catálogo de la carnicería medicinal.

Nos está empapando el pensamiento pseudolaico de que ser madre es una predestinación (por cierto, maldita naturaleza imperfecta que provoca abortos espontáneos). Se ve que la paternidad es una opción que tiene el hombre liberal, por lo tanto, existe la potestad de desdeñarla. Por otro lado, la maternidad es ontología.

Y vos, Iglesia, sí, te tuteo, calladita la boca. Durante siglos y gracias a tus intervenciones políticas las mujeres nos hemos convertido, en el mejor de los casos, en madres… vírgenes. Vaya paradoja. María quedó embarazada sin penetración, parió sin rasgarse el himen, y fue Madre. Más que una Santa, creo que es la identidad secreta de la Mujer Maravilla. Hace dos mil años que las mujeres debemos copiar ese modelo de fémina. Misión, más que imposible, angustiante. Es por esto que las herejes tenían (¿tenemos?) poderes sobrenaturales, éramos (¿somos?) brujas y locas. Corrijo: somos y siempre fuimos tan contraculturales, tomamos tantas decisiones y razonamos por nuestra cuenta tanto como los hombres. Al dogma sólo le puedo contestar con una frase hecha: si los hombres quedaran embarazados, el aborto sería un mandamiento más.

Ahora, llegado el siglo XXI, ¿¡somos culpadas de asesinas!? ¡Basta! ¿Cuántas veces nos detenemos a pensar, como sociedad, cuán asesinos simbólicos somos de toda una franja de mujeres cuando le hacemos beber la cicuta de la estigmatización y del desamparo? ¿Cuándo nos tomamos el tiempo necesario para reflexionar sobre qué tipo de masculinidad hemos construido que hace que le sea imposible forjar un enlace real con un hijo por el solo hecho de que no se encuentra dentro de su cuerpo (distinto sería si partiéramos de la idea de que el límite del cuerpo no termina en lo tangible, en lo empírico, sino que se reconstruye desde lo político permanentemente)?

Por último, si se aprueba el proyecto, ¿seremos capaces de ver más allá de su carátula e indagar en cuál sería el próximo paso cultural para aplicar la ley y hacerla, por lo menos, plausible? Les dejo un video de Bendita TV de hace más de tres años como mínima demostración de que con respecto a este tema caminamos como los cangrejos.



Y no, no soy feminista, soy mujer.

sábado, 30 de julio de 2011

El VIH es vida

Afiche de campaña "Hacete la prueba VIH" - MSP

En Uruguay, ayer se conmemoró el Día Nacional de Lucha contra el VIH/SIDA. Lo más importante e interesante fue que en esta ocasión hubo una actividad que acompañó la celebración protocolar –entre el jueves y el viernes– implementada a través de pruebas rápidas, gratuitas y confidenciales de detección del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Con una simple punción digital, el que se acercara a los distintos servicios de salud podría averiguar si era seropositivo o seronegativo en veinte minutos (casi el mismo tiempo que podría llevar contagiárselo).

La pregunta sería de qué hablamos cuando hablamos de VIH. Si tuviera que otorgar una respuesta concisa, diría que es una infección social.

Propongo un ejemplo. Tenés un amigo con gripe. ¿Dejarías de saludarlo con un beso o de abrazarlo mientras estuviera enfermo? ¿Dormirías en la misma habitación para cuidarlo? ¿Compartirías vasos, toallas y ropa con él? ¿Te animarías a tomar unos mates juntos por más de que su voz te indicara que está congestionado? Tal vez dudarías y serías más precavido en tus contactos hacia la persona, pero no te sugestionarías al punto de pensar que te vas a morir si tose cerca de tu cara. Resulta que la gripe (cualquier gripe) es causada por un virus, al igual que el VIH. Es un virus que alcanzó su fama mediática en 2009 con su alias “Gripe A” (y su acepción de “mortal”). El virus N1-H1 es el que provoca todas las gripes. Lo que varía es su cepa, su subtipo. Igual que el VIH. Sin embargo, aunque sean parientes, estos virus no son asimilados con la misma valoración por parte de la sociedad. Entonces, el problema no es si cualquiera puede hacerse un test rápido, es si nos animamos a ir.

El VIH está cargado de mitos desde sus orígenes. Se especuló acerca de si fue un complot o un accidente científico en pos de un rédito económico, de si tiene relación con la vacuna de la poliomielitis, de si fue un tráfico sexual desde la comunidad homosexual de EEUU hacia Haití. Se lo tildó como “cáncer gay”, “peste rosa”, “club de las 4 H” (haitianos, heroinómanos, hemolíticos y homosexuales). Se empleó como sinónimo VIH y SIDA (Síndrome de la Inmunodeficiencia Adquirida), cuando un síndrome es un estadio, un conjunto de síntomas que pueden existir o no. Las personas con VIH no necesariamente algún día tendrán SIDA.

Como la discriminación social viene en paquetes y no en capítulos, es más sencillo informar empleando como herramienta el miedo antes que la salud. No reaccionamos del mismo modo cuando alguien nos dice que tiene hepatitis a cuando nos confirma que es VIH positivo. Asociamos el VIH con promiscuidad (¿qué carajo es la promiscuidad? ¿Quién decide qué es una conducta promiscua?), con miedo, con muerte y con “los demás”.

Esta boca es mía y haz lo que yo digo… pero no lo que yo hago

Julio Toyos
El jueves, en “Esta boca es mía” me llevé una ingrata sorpresa. Por un lado, Julio Toyos confesó que fue “promiscuo” hasta que contrajo nupcias por última vez. En esa instancia se realizó el análisis de sangre y, como le dio negativo, no lo volvió a repetir. A su vez, confió en su actual esposa y desconoce si ella alguna vez se hizo el estudio. Por otro lado, la activista feminista, Lilián Abrascinskas, relató que su última prueba de VIH fue cuando estuvo embarazada (y porque es obligatorio), o sea, hace once años. Rufo Martínez argumentó que le daba “miedo” hacerse el test, no por el análisis en sí mismo, sino porque el tiempo que debía esperar los resultados le generaba una insoportable ansiedad. En cualquiera de los tres casos me pareció patética la actitud.

Julio Toyos peca de una pseudo-prevención. No sólo podría haber estado atravesando un “período ventana” cuando se sacó sangre, lo cual hubiera significado que el virus fuera indetectable, sino que la confianza hacia su pareja –que puede ser muy romántica–, no le garantiza salud. Así como Toyos tiene un historial de sábanas revueltas, seguramente su señora también. Después de años de convivencia, ¿ni siquiera le preguntó si alguna vez se realizó el estudio? Si la mujer tiene diabetes seguramente se lo habrá comentado. Como estamos ante un tema muy tabú, la falta de diálogo es el primer síntoma que uno debe detectar. 

Lilián Abrascinskas
Me extraña de mi estimada Lilián que no se haya vuelto a repetir el análisis. Cuando uno entra a un block quirúrgico o a una sala de partos, es parte del dato clínico indicar si el paciente es HIV positivo o negativo (entre otros tantos índices). ¿Y después? ¿Qué pasa cuando salís? El VIH no se trasmite únicamente por penetraciones anales, vaginales u orales. El instrumental médico y las transfusiones de sangre pueden traspasar el virus accidentalmente.

Rufo Martínez
Finalmente, cuando uno “sufre” el lapso entre la extracción de sangre y la obtención del resultado, tal como le pasó a Rufo, en realidad “sufre” de “cola pajitis aguda”. Si yo conozco mi cuerpo y soy consciente de lo que hago con él, no hay que “padecer”. El laboratorio clínico no tiene la culpa. El autocuidado es dialogar el método de prevención de infecciones y de anticoncepción con la persona que tengo al lado, es usar un profiláctico acordado, es sentir placer, eso sí es salud. Y si no querés cuidar al otro, ¿por qué no querés cuidarte a vos mismo?

¿Entonces?

Respecto al VIH, brindar información no asegura un cambio en las conductas, sino simplemente derramar datos y, como está la situación, democratizar el susto. El cambio empieza con un acto de honestidad personal. Podemos mentirle a un amigo, a una pareja o a un compañero sexual del momento, pero no podemos autoengañarnos.

Sólo vos sabés cuáles son tus prácticas sexuales y cómo las llevás a cabo. Si te cuidás, no hay algo que temer, sino que controlar. Si te da negativo y después no te cuidás, sabés que estás jugando a la ruleta rusa, pero también tenés otra oportunidad para empezar de cero; aprovechala. Si te da positivo, vas a vivir porque vas a empezar un tratamiento que te va a dar la misma expectativa de vida que cualquiera que no posea el virus. En la actualidad, el único peligro es no saber si sos portador.

Hacerse el estudio de VIH es vida. ¿Vos ya te hiciste el test?

sábado, 23 de julio de 2011

Platón vive y lucha

Fotografía: Ruy Ramírez
Apelaré a un ejemplo hartamente empleado –no por ello incierto ni irreflexivo– para diagramar un tema que me hipnotiza y que no agotaré en esta columna. Sabido es que Platón desdeñó la escritura como dispositivo de almacenamiento del conocimiento. Si el hombre ya no tuviera que acudir a su propia mente para confeccionar ideas, puesto que paulatinamente estarían plasmadas en un soporte inerte y a disposición para ser revisadas, ¿qué sería de la producción de conocimiento? ¿Qué distinguiría a los verdaderos sabedores de los meros imitadores que raptan los más acuciantes y profundos enunciados ya creados por otros? ¿Qué sería de la memoria si ella se viera facilitada por una prótesis llamada escritura?

Por suerte Platón nos dejó su legado escrito, así hoy podemos seguir discutiendo sus pensamientos para nada caducos. Esa paradoja platónica –criticar la escritura escribiendo–, envuelta en una tecnofobia poco disimulada, nos parece obsoleta, ridícula, perecedera. ¿Quién argumentaría en contra de la lecto-escritura con los mismos fines que Platón? Sin embargo, la aversión a ciertos hitos tecnológicos, se renueva permanentemente en Occidente.

Puedo hablar de las redes sociales como la última gran avalancha que modifica algunas estructuras comunicacionales, sociales y culturales. También puedo abordar la telefonía móvil (¿o mensajería móvil?) que introdujo un sub-código lingüístico propio antes que el Twitter.

No obstante, me detendré en la televisión porque ella, aun instalada y apropiada, siempre (y lo vuelvo a afirmar: siempre) posee flancos para ser atacada.

No me parece adecuado debatir acerca de ella en los términos de “chatarra” o “no chatarra”. ¿Qué es la televisión chatarra? Para adjetivarla así, primero habría que definir qué es lo que se pretende ver en su programación y en caso de que no cumpliera con las expectativas, señalar qué es lo que no corresponde. Pero, ¿cuándo se enumeró qué debería transmitir la señal televisiva? ¿Qué se supone que debe mostrar la televisión? ¿Ópera? ¿Teatro? ¿Ballet? ¿Documentales? En realidad, ya lo hace. Por otro lado, ¿desde cuándo el estándar es el de la cultura entendida en parámetros elitistas? Estoy segura de que Platón también se rió de algún chiste de Jaimito, es decir, hasta el más erudito debe haberse desprendido en más de una oportunidad de aquellos momentos de alta concentración analítica.

Fotografía: Ruy Ramírez
¿Qué metas perseguimos de la televisión? ¿Que nos eduque? Sinceramente, yo no pesquiso el lenguaje televisivo para que me eduque. Si tomo una matriz de aprendizaje laxa, puedo asegurar que se adquieren conductas y que se adoptan modelos que nos avasallan desde la televisión y que no siempre son los ideales (en un sentido platónico). Entonces, ¿por qué seduce tanto si nos des-educa, nos tuerce, nos desvía? Soy hija de una generación televisiva y como para muchos otros, ese aparato prismático cautivó mis pupilas desde muy pequeña. De todas maneras, mi proceso de socialización fue y es mucho más rico y complejo como para culpabilizar de mi mal-crianza a la televisión. Cierto es que actualmente las subjetividades se van moldeando cada vez más no sólo por una imagen televisiva, sino también por una vida televisada. Cualquier vecino, cualquier edad, cualquier ciudad, puede ser partícipe de un “reality show”. Justamente, de un “show” que simula ser real.  

Otro disparo que se atina sobre la televisión es su finalidad de lucro. La tele quiere vender... sus productos. Con este punto disiento en el cimiento mismo. No es un descubrimiento que sea una empresa y, según las leyes capitalistas, debe ser rentable. Seguramente el supermercado de tu barrio también quiere que sus números no estén en rojo. Quizás esa casa de zapatos te descuente el IVA para que te lleves dos pares en vez de uno. La casa de electrodomésticos permitirá que abones en cuotas con tu tarjeta de crédito el LCD que, contradictoriamente, te llevarás orgulloso a tu casa para observar las chatarras que no te educan, en la comodidad de tu domicilio y con alta definición. Probablemente, la maldición y bendición de la televisión es el de ser una empresa “pública”, de la que cualquiera pueda hablar.
 
Tal vez dentro de 25 siglos alguien se detenga a observar cómo criticábamos la televisión con la misma devoción que la devorábamos. Y quizás arriben a la misma conclusión que nosotros respecto a Platón y la escritura. Es cierto que con la misma técnica se escribieron maravillas y al mismo tiempo pesadillas. Con todo, no es culpa de la tecnología, ella está a nuestro servicio, hay que resolver qué hacemos con ella y qué hacemos de ella. Por lo tanto, nosotros, ¿qué hacemos con la televisión?

sábado, 9 de julio de 2011

Orientales, la patria o... el carajo

F. Acuña de Figueroa - Óleo D. Sabater (1941)
Debido a la presentación simultánea de nuestras selecciones nacionales de fútbol en sus divisiones Sub 17 y Mayor en dos campeonatos, estas semanas estamos escuchando el himno nacional como si fuera un hit del ranking de Bilboard, –aunque recortado y adaptado a las circunstancias deportivas, claro está–. Entonces, me tenté de compartir con ustedes una faceta diferente del autor de la letra de la rapsodia uruguaya. 

Francisco Acuña de Figueroa, “el poeta de Montevideo”, con su pluma transitó por los episodios más críticos de la capital, pero no por ello dejó de incursionar versátilmente por diversas aristas de la literatura.  

Me quiero detener en un poema satírico vinculado netamente con la sexualidad, que se titula “Nomenclatura y apología del carajo”. En la tercera estrofa se dan algunos indicios acerca de qué trata el escrito.


“Pero hay de grande aprecio entre los hombres,
Un cierto pajarraco, o alimaña,
Que tiene más sinónimos y nombres
Que títulos tenía el Rey de España”.

Acuña de Figueroa menciona exactamente, con talante exultante, 73 sinónimos que definen al carajo. Entre ellos, priorizo los que todavía nos suenan familiares a pesar de la metamorfosis lingüística: nabo, pepino, chorizo, rábano, tripa, banana, instrumento, polla, guasca, pito, pistola, poronga y la infaltable pija.

Dentro de su listado, el autor hace apreciaciones conceptuales-anatómicas.

“En el estilo vulgar, llámanle el rabo
Y algunos el peludo... ¡Impropio nombre!
Pues por más pendejudo que sea un hombre
No tiene tales pelos en el nabo!”

Más veces de las que creemos, construimos analogías y metáforas aferrándonos a elementos de la sexualidad, básicamente de nuestra genitalidad. Luego, con el uso dentro de la comunidad, adquieren el estatuto de frases muletillas y vox populi. Un matiz curioso es que, en la época de Acuña de Figueroa, se empleaba una comparación que nosotros hemos modificado.

“Palabra comodín, que entra al destajo
En todo, pues se dice sin reproche,
Fría como un Carajo está la noche
O caliente está el sol, como un Carajo”.

Es así que por más semejanzas que persistan, si nos basamos en este ejemplo, podemos afirmar que cambió el objeto que define la comparación, pero no la función que se atribuye al objeto. Actualmente decimos que hace “un calor de la concha de la madre” o un “frío de la concha de la lora” (yo me inclino más por la primera opción, porque si la concha es la vagina, siempre está templada. Tal vez también se podría incluir para los días de humedad, pero creo impropio acoplarla al frío).

Cuando se acerca la sección apologética, el poema ensalza las aptitudes del “miembro viril” y enfatiza lo codiciado que es por las pobres mujeres, que únicamente tienen ocho nombres que hagan alusión a su órgano genital por excelencia. Hijo de la misoginia sin disimulos de su época, Acuña de Figueroa desprecia las dotes femeninas, y engrosa las masculinas por más “imperfectas” o múltiples que sean.

Mi adorado Robert Mapplethorpe
“Hay de Carajos variedad bastante,
Largos, cortos, redondos, puntiagudos!
Derechos y torcidos, servigudos!
Y romos y de punta de Diamante”.

El legado de los siglos XVIII y XIX sugiere el tratamiento artístico de la sexualidad mediante un código eufemístico (aun hoy entendible para nosotros). De todas maneras, en el siglo XXI seguimos apelando a los eufemismos para no llamar a las cosas “por su nombre”, e incluso hemos inventado algunos nuevos. Lo cual no quiere decir que los calificativos “científicos” sean más objetivos o correctos. La biología incorporó conceptos de la naturaleza y de la vida cotidiana para nominar sus descubrimientos. En ese sentido, estoy de acuerdo con una estrofa del autor homenajeado por esta columna.

“No me vengan hipócritas devotos,
Tratando de indecentes mis razones,
Ellos dicen testículos y escrotos,
Y se asustan de huevos y cojones”.

 De mi parte, siéntanse libres de bautizar como quieran a sus genitales, pero sin descuidar el respeto que se merece el otro y los propios genitales, más cuando ellos se encargan mayormente de darnos placer sin perseguir rédito alguno.

sábado, 2 de julio de 2011

Ojo con el show

El martes pasado se celebró un año más del Día Internacional del Orgullo Gay. El 28 de junio de 1969, en un boliche de Nueva York, el Stonewall Inn, hubo una fuerte represión policial sobre gays, travestis, lesbianas, drag queens[1], prostitutos y jóvenes sin hogar que frecuentaban el pub. Por aquel entonces era bastante común la violencia física –aparte de la simbólica– sobre ciertos sectores “marginales” de la sociedad. Baste nombrar el más reconocido movimiento contracultural de la década del 60 como fue el hippismo. También la comunidad afro-descendiente y las personas que se manifestaban en contra de la guerra estaban en la nómina de los más perseguidos.

Lo que algunos llaman “Disturbios de Stonewall” y otros “Rebelión de Stonewall”, fue la instancia en que esa gran comunidad se resistió espontáneamente frente a la fuerza policial y con la misma violencia. El episodio no acabó esa noche-madrugada. Al día siguiente comenzaron protestas que se extendieron durante semanas y así lograron conformarse los primeros grupos activistas que reclamaran derechos. Al inicio se exigió, simplemente, buscar lugares específicos en donde se tuviera la libertad de manifestar la orientación de deseo de cada uno sin la coerción de poder ser arrestados. Pasados seis meses se habían creado organizaciones de activistas gays, que imparablemente fueron persiguiendo y reivindicando derechos de diversa índole, que me acotaré a decir que se pueden rotular como “derechos a ser personas”.

El 28 de junio de 1970, en Los Ángeles, comenzó a conmemorarse el Día del Orgullo Gay, que rápidamente tuvo una acogida mundial. Actualmente se puede hablar del Día Internacional del Orgullo LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales).

Particularmente en Uruguay, junto con el festejo, este año se lanzó la campaña a favor del matrimonio igualitario. En los últimos cinco años, en nuestro país, se legalizaron la unión civil de parejas homosexuales, la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo, así como está habilitado el cambio de nombre y sexo (aunque puede ser solo de nombre y entonces sería un cambio de género).

Ahora bien, lo que a mí me huele a “misión incumplida” es el propio mecanismo de las marchas como instrumentos políticos y como modalidad de lucha. Me suenan más a campanadas y campañas mediáticas, que a verdaderos forjadores de sensibilización. Que no se malinterprete, no estoy en contra del reclamo ni de que se manifieste a través de una marcha, estoy en contra del show. El eje medular es mucho más profundo y se ve deslizado por un montón de gente que se exhibe espectacularmente (mediante un espectáculo) con tintes de diversión. Creo que no es lo que se pretende, pero es lo que acapara la atención del periodismo para abarcar esta clase de eventos y por qué no, para generar ciertos clientelismos políticos, más que una sensata concientización. No estoy convencida de que en este caso el fin justifique el medio.

Por otra parte, según la actual decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, la escribana Dora Bagdassarian, “el matrimonio naturalmente es entre un hombre y una mujer porque es la pareja que se puede reproducir”. El derecho, como dispositivo de control social, considera el matrimonio en función del núcleo llamado familia. Es decir, por más que uno esté en pareja (homo o hetero) y que se pueda estar amparado legalmente, si no hay legado biológico, descendencia, no hay familia que proteger con derechos ni que exigir con obligaciones.

Entonces, ¿estamos tan seguros de que el mejor camino hacia la igualdad es el reclamo de este tipo de derechos que de todas maneras oprimen, discriminan y cercenan porque las propias instituciones son las que están ancladas rígidamente y les cuesta cambiar? Dicho de otra manera: ¿homenajeamos las fojas legales? ¿Eso da para festejar? ¿Alcanza?

Yo estoy más del lado que anuncia la campaña institucional de Portugal que les dejo, cuyo lema versa por el “derecho a la indiferencia”.

En Uruguay, además, cada año se celebra la Marcha de la Diversidad, todos los 1°de octubre (o en la fecha más cercana que se pueda), en honor a Juan José Quintans, un profesor de literatura uruguayo, activista. Habrá que ver cómo se promueve en este 2011.


[1] Gruesamente se puede decir que son hombres vestidos de mujeres, que actúan exageradamente. Técnicamente son transformistas.

sábado, 25 de junio de 2011

Placer, simplemente placer

Señoras y señores, con ustedes: ¡el orgasmo! ¡Cómo me gusta este tema! Es una experiencia que nadie sabe describir, que todos quieren sentir, de la que muchos se avergüenzan de comentar (perdón el improperio, pero ¡carajo!, ¡cómo nos cuesta hablar de placer!) y que seguro nadie tiene la suficiente prueba de que alguna vez la vivió. 

Sexológicamente el orgasmo es parte de la respuesta sexual. Es más, la investigación acerca de la respuesta sexual emprendida por Masters y Johnson en la década del ‘60 y proseguida por Kaplan en el correr de la década del ‘70 (aunque no únicamente por estos autores), condujo indirectamente a la creación de la Sexología como disciplina.

Les cuento el resultado final de esos estudios. La respuesta sexual es pentafásica –tiene cinco fases–. Uno desea, se excita, transita por una meseta, alcanza el orgasmo y deviene la resolución. Apelando a una analogía gastronómica (otro de los placeres terrenales), sería como tener hambre, escuchar los gorgoritos en la panza, comer por un lapso, sentir el deleite de saciedad emanando un intenso suspiro, y hacer provechito. Por un rato no vas a querer más alimentos. Biológica y bioquímicamente pasa lo mismo con el orgasmo. Vas a estar satisfecho hasta que se reanude de alguna manera el deseo.

Pero por suerte no todo es biología. Y así empieza la diversidad. ¿Cómo te gusta? ¿Con muchos condimentos? ¿A punto? ¿Una porción grande o te servís varias veces? ¿Sos glotón/a? ¿Picoteás entre horas o tenés un horario fijo a rajatabla? No estoy hablando de comida, sino de placer sexual. Perdón si hubo confusión.

No es un aspecto menor integrar el deseo dentro de nuestra respuesta sexual, ya que permite mejores tratamientos terapéuticos en caso de presentar disfunciones sexuales. Es decir, puede haber problemas únicamente en el orgasmo que son tratables de manera independiente sin pensar que la persona es “impotente” o “frígida” (erradiquemos esas palabras de nuestro lenguaje, por favor).

Además –y este es un punto altamente positivo–, incorporar el deseo en nuestros contactos íntimos permite valorar la vivencia y los sentidos como elementos complementarios y componentes de toda la respuesta sexual. El vínculo con el otro (o con los otros), hace que cualquier tipo de penetración o de estímulo sexual no sean el medio para alcanzar un orgasmo de escasos segundos como meta, sino que se atiende a todo un contexto, dándole a ese encuentro único e irrepetible el cetro que se merece.

En ese sentido, tenemos la libertad de cambiar de rumbo a piacere, descuidándonos del programa hormonal que tenemos. Podemos deambular de la excitación hacia la meseta y volver a la excitación, o de lo contrario continuar hacia el orgasmo; después del orgasmo se puede retornar a la meseta; cuando llega la resolución se puede alimentar inmediatamente el deseo para generar una nueva excitación, etcétera, etcétera, etcétera.

Hablaré de cómo se manifiestan las distintas etapas de la respuesta sexual en el hombre y en la mujer en otros espacios. Es decir, afortunadamente nos quedan muchos orgasmos por delante.

sábado, 18 de junio de 2011

Soy sabio o soy linda

Fotografía: Federico Pérez
Pensemos en atributos como la valentía, la sabiduría, la fuerza, el honor. Asociémoslos con algún sector de nuestro cuerpo y percibamos si los sentimos como innatos o como adquiridos. Por último, analicemos si esas cualidades son asignables a mujeres o a varones.

Hagamos el mismo ejercicio, pero esta vez con la belleza, la delicadeza, la pureza, el miedo. 

Por lo general, los rasgos enumerados en primera instancia son calificativos masculinos que suponen un esfuerzo constante por conseguirlos (y un logro si se obtienen) porque histórica e insistentemente reproducimos esos valores intangibles como moldes que los masculinos están obligados a perseguir.

Fotografía: Ruy Ramírez
Por otro lado, la listita del segundo párrafo nos conecta con la feminidad. Ya no se trata necesariamente de metas o características alcanzadas, sino de propiedades que se tienen, que las dota la naturaleza.

Ese mecanismo supone una complementariedad casi perfecta, en donde la completud se adquiere con la unión de opuestos, es decir, cuando cada uno busca lo que le falta en otras personas.

Una de las grandes consecuencias que acarrea este dispositivo es dicotomizar a las personas, dividirlas binariamente, y obligarlas a jugar del lado de un único bando. Otro resultado es diagramar permanentemente estereotipos que con el correr del tiempo modificarán sus cláusulas, pero no el tipo de contrato al que todos nos sometemos. Todos estamos estereotipados. 

Si bien esto conduce a ciertas relaciones de poder asimétricas entre varones y mujeres y a metas rígidas de subjetividad, ahora quiero que hagamos una última reflexión que va por otro lado. Cuestionémonos qué nos sucede si no logramos acoplarnos al canon hegemónico que se nos impone. ¿Qué pasa si soy un varón “afeminado”? Por lo menos soy un puto, un marica, o un chupa pija ¿Y esa mujer que se identifica con aptitudes masculinas? Es una marimacho, un Carlitos, una macho Bartolo.

Complejicemos la situación con una variable como la orientación del deseo erótico-afectivo: ¿cómo tratamos a un homosexual como sociedad? ¿Cómo adjetivamos a un o a una transexual?

Fotografía: Ruy Ramírez
Aquellas personas que poseen características “híbridas” –masculinas y femeninas– habitualmente son desplazadas del rótulo de “normales”, seriamente discriminadas y simbólicamente asesinadas. Forman parte del sistema (por más que se ubiquen en un margen) ya que gracias a ellas nos sentimos más cerca del estándar que diariamente nos martiriza por su insaciabilidad, intolerabilidad y despotismo.

Distinto sería si todos comprendiéramos que somos seres diversos. Por un lado, dejaríamos de taxonomizar a los sujetos en hombres, mujeres, putos y marimachos. Por el otro, no andaríamos  tan angustiados por no poder ser lo forzosamente sabios o lo suficientemente bellas.

sábado, 11 de junio de 2011

Cómo se edifica la hipocresía

Fotografía: Analía Buffa
 
Planteemos una situación hipotética, pero verosímil. Una mujer está embarazada de 36 semanas. En su vientre hospeda y nutre a su tercer hijo que llamará Ringo. Una noche, esta mamá ve sus manos hinchadas, siente fuerte dolores de cabeza, su panza-hogar está entumecida y no percibe movimientos del bebé. Inmediatamente concurre a un centro asistencial.

El doctor constata los síntomas y comienza su hermenéutica médica. El dato clínico registra hipertensión arterial en la madre, una cantidad de proteínas encontradas en el análisis de orina que superan los 150 mg (lo que se denomina proteinuria), y el diagnóstico es preeclampsia o toxemia. Estas palabras frías, técnicas, mecánicas, para la madre solo significan ansiedad. Los malos pronósticos no tardan en llegar. Habrá que realizarle una cesárea de urgencia con las probabilidades de que los pulmoncitos de Ringo no toleren el oxígeno del mundo exterior. La madre se convierte en la angustia hecha persona. El desenlace es trágico. La criatura fallece en la matriz uterina y su destino será una autopsia. Es inefable describir los sentimientos de esa mujer y su entorno.

Agreguemos un cierto contexto a la historia. Esa mujer pertenece a una familia pudiente. De hecho, mientras ella estaba internada, su madre estaba vacacionando en Europa. Con tantos recursos, ¿podría haber prevenido el final fatídico? ¿Habrá controlado rigurosamente su embarazo?, o mejor dicho, ¿habrá protegido a su hijo? En esta ocasión no hay obstáculos económicos que puedan emplearse como excusa. La duda se cuela entre los huecos del relato.

Sigamos adicionando detalles. Esa muchacha embarazada acarreaba espesos problemas con su concubino desde que su pareja había descubierto la infidelidad de ella cuando estaba de 31 semanas de gestación. ¿Qué es lo primero que hay que pensar? Sí, que es una puta.

Con ánimos de seguir ahondando, incluyo otro aporte. Ella, su madre, su abuela, su marido y su amante son personajes célebres del Río de la Plata. Sin querer, pero queriendo, el par de amantes se mostró besándose en un lugar público. Quedaron tatuados para la posteridad. ¿Y ahora? No solo es una puta, es una hija de puta.

Para colmo, esa mujer-madre-amante-artista, no tiene buen trato con el periodismo, lo cual conlleva a que se la pueda manosear y vituperar gratuitamente por el solo hecho de acarrear antecedentes de relaciones antipáticas con los medios masivos. Definitivamente no hay dudas de que Juana Viale es una malparida.

Ahora bien, rebobinemos un poco y descuarticemos algunos puntos que interceptan las valoraciones que estamos tentados de hacer. En primer lugar se cruza la dimensión de la monogamia. ¿Es lo mismo que un hombre viole el contrato de fidelidad a que lo haga una mujer? No. El hombre puede ir con la cabeza en alto cuando tiene sus “huesitos” desperdigados por fuera de su hogar conyugal. La mujer carga con el estigma eternamente.

Por otro lado, pensemos someramente en cómo construimos la maternidad. Se nos hace muy difícil –y hasta asqueroso– aceptar que una mujer embarazada siga siendo sexual, que se excite, que tenga ganas de recibir mimos, de sentir orgasmos, de experimentar su cuerpo. El legado que seguimos transmitiendo generacionalmente es que una mujer fecundada automáticamente se convierte en un horno, en una incubadora, en una fábrica de hacer bebés. Cualquier cosa, menos una persona con derecho a proseguir con su vida sexualidad intacta. ¿Qué clase de autonomía es esa? ¿Y qué pasa con el hombre que se siente atraído por la mujer embarazada de otro hombre? Nada.

Finalmente, pertenecer a una dinastía artística engrosa los cimientos con los que todos construimos la hipocresía porque nos sentimos con la potestad de decir lo que se nos antoja ya que son figuras sociales permanentemente expuestas. No confundamos. Estamos juzgando a la mujer que perdió un hijo deseado con la vara de la joven que nunca tuvo afinidad con los flashes del espectáculo. Tenía que ser mujer… en una sociedad heteronormativa.

lunes, 6 de junio de 2011

La mafilia ferpecta

Karina Vignola: modelo, reportera deportiva en Argentina, periodista de carnaval en Uruguay, actriz. Gaspar Valverde: actor iniciado con Núbel Espino, músico de una banda, trabajó con Cacho y Maxi de la Cruz y Omar Gutiérrez.

Como amigos hicieron “Ojo al piojo” (Canal 4), y como novios “Terapia de pareja” (Canal 4). Una dupla que desde sus inicios amorosos fueron televisivos y televisados. En ese tránsito tuvieron una hija (Luana).

Hoy ambos integran “Prueba que me amas” (Canal 10). Son jóvenes, se divierten sanamente y se muestran sumamente enamorados.

No obstante, hubo un hito en su explosión mediática y en el perfeccionamiento de su pareja modélica –aunque coincidió con la rescisión del contrato con Canal 4–. Se casaron. Es decir, elevaron su estatus social de concubinos al de matrimonio. Aun cuando sea válido criar hijos sin papeles, ahora formaron una familia.

Además, son populares. Empezaron a saturar su exposición con publicidades y tapas de revistas juntos. (No es casualidad que ella pertenezca al programa infantil “Jungla Mágica” en Canal 10. Es madre y señora de. Es un buen ejemplo para los niños). Son una mafilia ferpecta porque representan un paradigma pretendido.

Mi reflexión se aproxima a cuestionar la familia como referencia de aspiración social. La familia nuclear (hacia la que se dirigen Karina y Gaspar) es un artificio relativamente reciente, hija de una revolución industrial que tecnificó las relaciones humanas. La institución familia es parte de la razón instrumental capitalista. Actualmente nos horrorizamos ante su crisis, ¿o es que ya no ocultamos sus defectos? La convivencia entre cuatro paredes es uno de los mecanismos más perversos de las agrupaciones humanas.

¿Realmente pensamos que ese conjunto de seres que obligatoriamente tienen que amarse y protegerse, es la única y mejor manera de cohabitar? Se habla de familia nuclear, extendida, ensamblada, adoptiva, monoparental, desligada, homosexual, pero eso no abre posibles alternativas. No se cuestiona la familia en sí misma como célula social.

Al contrario, los eslóganes televisivos lo festejan, y como la familia es parte del modo de producción, se cotiza. Lástima que Karina y Gaspar no se casaron antes. Su plusvalor tendría intereses. Chicos, les doy un consejo atrevido. Ni se les ocurra divorciarse.

sábado, 4 de junio de 2011

Clave mediática

El carnaval uruguayo es un patrimonio simbólico y artístico valioso, más cuando está inscripto en un país que se vive jactando de no tener identidad. Dentro de la categoría de las murgas, una que se destaca es La Clave. Venida de San Carlos (Maldonado), se ganó el reconocimiento merecido de la gente, y los jurados de carnaval están bajándole el valor del impuesto al derecho de piso. No es fácil ingresar a las ligas mayores del concurso ni acoplarse a temáticas que, si bien atañen a la realidad nacional (aunque no siempre), muchas veces se ciñen a matices que involucran únicamente a la metrópolis.

En su espectáculo 2011, un fragmento del “cuplé de los paros” recita lo siguiente: “Y cuando juega Forlán, paran los informativos. Mientras que duró el mundial, no hubo hechos delictivos. Aflojó la sensación, paró la crónica roja. Hay que parar de mirar lo que a ellos se les antoja”. No me parece mal que la crítica se haga respecto a uno de los dispositivos constructores de nuestra realidad como son los medios masivos de comunicación. Hay miles de argumentos –incluso de más peso–, para hacerla.

Sin embargo, así como los medios recortan situaciones para exhibirlas con ciertos sesgos, una murga también lo hace. Selecciona, jerarquiza, incluye y construye un discurso estético sobre datos y hechos relevantes de la actualidad mediata. ¿Qué archivo emplea la murga como fuente de sus espectáculos? ¿Cómo sabe cuál es la agenda pública?

¿Fue a entrevistar al sindicato que hizo paro? ¿Estuvo todo el día en el parlamento cuando hubo una interpelación? ¿Hizo guardia para conseguir la palabra de ese personaje tan solicitado por la decisión que tomó? La respuesta a esa corta lista de preguntas es no. Tampoco tiene por qué hacerlo. Figuran agentes e instituciones encargados de esa porción de la vida cotidiana.

Entre ellos me interesa aludir a los periodistas y a los medios de comunicación. La misión del periodista no es alarmar, es informar. La función de los medios no es provocar caos, es transmitir acontecimientos. Sé que es una explicación vaga y llana. Simplemente son etiquetas que atribuyo gruesamente. Existen filtros entre el hecho, lo que periodista capta, lo que el medio valora como trascendente y la difusión definitiva. Existen intenciones y presiones, muchas presiones. 

Claramente la murga se refirió al informativo televisivo de Canal 4 que, ante tanto ataque y debido a los resultados de estudios estadísticos, disminuyó sus minutos dedicados al periodismo rojo. De todas maneras, evitemos la metonimia. ¿Es la única oferta informativa? ¿El periodismo solo informa crónica roja?

Los efectos que puede acarrear una noticia son vastos. Pero eso ya concierne a otro tipo de actores que no son los medios ni los periodistas sino los receptores, un  universo que apropia e interpreta lo que sucede basándose en lo que piensa, en cómo cada ideología lo permea, en su subjetividad. En ese grupo estamos cada uno de nosotros, por tanto, ¿qué miramos? ¿Siempre somos criteriosos ante la abundancia de mensajes que nos saturan? La murga aconseja “parar de mirar lo que a ellos se les antoja”. Yo soy menos extremista y propongo ser más selectivos y analíticos.

Asimismo, en el sector receptivo se halla la propia murga, con la diferencia que ella se reposicionará como emisora de un perfil que elabora con nuevas intenciones y presiones. Entonces, ¿no es tan forjadora de realidad como un medio, desde el momento que su espectáculo es visto por cientos de personas y es difundido por la prensa, la televisión, la radio y además es inmortalizado a través de la red virtual? ¿Ella no es parte de lo que a los medios se les “antoja” mostrar?

No olvidemos la función de servicio que cumplen los medios (lo cual no implica que siempre estaremos conformes con lo que nos brinden). Si reflexionamos acerca de La Clave (mediática), observaremos que existe la posibilidad de escoger dentro de su menú, por ejemplo, los deleitosos sonetos que propone La Clave (a secas).